LECTURAS JUEVES 21 DE AGOSTO 2014

Lectura del libro del Profeta Ezequiel 36,23-28.
Yo santificaré mi gran Nombre, profanado entre las naciones, profanado por ustedes. Y las naciones sabrán que yo soy el Señor -oráculo del Señor- cuando manifieste mi santidad a la vista de ellas, por medio de ustedes.
Yo los tomaré de entre las naciones, los reuniré de entre todos los países y los llevaré a su propio suelo. Los rociaré con agua pura, y ustedes quedarán purificados. Los purificaré de todas sus impurezas y de todos sus ídolos.
Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo: les arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.
Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. Ustedes habitarán en la tierra que yo he dado a sus padres. Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.
Palabra de Dios

Salmo Responsorial 51(50),12-13.14-15.18-19.
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti.

Los sacrificios no te satisfacen;
si ofrezco un holocausto, no lo aceptas:
mi sacrificio es un espíritu contrito,
tú no desprecias el corazón contrito y humillado.

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22,1-14.
Jesús les habló otra vez en parábolas, diciendo:
“El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo.
Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero estos se negaron a ir.
De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: ‘Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas’. Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.
Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.
Luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’.
Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados.
Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta.
‘Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?’. El otro permaneció en silencio.
Entonces el rey dijo a los guardias: ‘Atenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes’.
Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos”.

Palabra del Señor

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La parábola que se nos propone meditar en el evangelio de hoy, representa simbólicamente la historia de la Salvación.

El Señor nos creó para que fuésemos eternamente felices en su Reino, haciéndonos partícipes de su Gloria. La humanidad no tendría que padecer los avatares y sufrimientos de esta vida terrena, y ni siquiera temer la muerte ya que no existía. El banquete celestial nos aguardaba y únicamente teníamos que aceptar la invitación.

Sin embargo, como bien saben, la humanidad se negó a cumplir los designios divinos, eligió el camino del pecado, y con ello el destierro en este mundo.

El Señor eligió a un pueblo como propio, que crió de la nada e hizo prosperar. Les envió multitud de profetas, y finalmente al mismísimo Hijo de Dios para traerles de vuelta por el camino de la santidad al Reino de los Cielos y banquete preparado para ellos desde el principio de los tiempos.

Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron.

Ante esto, el Señor se indignó. (…) luego dijo a sus servidores: ‘El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren’.

Es decir, exhortó a sus discípulos a que ampliasen el anuncio de la buena noticia del evangelio, no solo al pueblo judío, sino también a los paganos. Y esta invitación nos llega al día de hoy.

Cualquiera que realmente lo desee puede ser admitido al Banquete de Bodas del Reino de los Cielos. Pero existe una condición para ser admitidos en dicho banquete, esto es, preparar nuestro traje de boda revistiendo nuestra alma con obras de misericordia, limpiándola por la penitencia y haciéndola relucir por nuestro amor a Dios y al prójimo.

Preparémonos con esmero en esta vida, para que cuando seamos llamados a su presencia, no tengamos que avergonzarnos y ser arrojados afuera, a las tinieblas, donde habrá llanto y rechinar de dientes.

Pidamos al Señor con el salmista, un corazón puro, un espíritu firme para seguir sus mandatos.

El Señor no despreciará nuestro corazón contrito y humillado y colmará de gracias nuestras almas como ha prometido por boca del profeta Ezequiel.

Los purificaré de todas sus impurezas. Les daré un corazón nuevo y pondré en ustedes un espíritu nuevo. Infundiré mi espíritu en ustedes y haré que sigan mis preceptos, y que observen y practiquen mis leyes. (…) Ustedes serán mi Pueblo y yo seré su Dios.

LECTURAS JUEVES 14 DE AGOSTO 2014

Lectura del Libro de Ezequiel 12,1-12.
La palabra del Señor me llegó en estos términos:
Hijo de hombre, tú habitas en medio de un pueblo rebelde: ellos tienen ojos para ver, pero no ven, tienen oídos para oír, pero no oyen, porque son un pueblo rebelde.
En cuanto a ti, hijo de hombre, prepara tu equipaje como si tuvieras que ir al exilio, y parte en pleno día, a la vista de ellos. Emigrarás del lugar donde te encuentras hacia otro lugar, a la vista de ellos: tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde.
Sacarás tu equipaje en pleno día, a la vista de ellos, y saldrás por la tarde, también a la vista de ellos, como salen los deportados.
Abrirás un boquete en el muro y saldrás por él, a la vista de ellos.
Cargarás el equipaje sobre tus espaldas y saldrás cuando sea de noche, cubriéndote el rostro para no ver el país, porque yo te he convertido en un presagio para el pueblo de Israel.
Yo hice exactamente lo que se me había ordenado: saqué mi equipaje en pleno día como quien parte para el exilio, y por la tarde abrí un boquete en el muro con la mano. Salí cuando estaba oscuro y cargué el equipaje sobre mis espaldas, a la vista de ellos.
A la mañana, la palabra del Señor me llegó en estos términos:
Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, ese pueblo rebelde, qué es lo que estás haciendo?
Diles: Así habla el Señor: Este oráculo se refiere al príncipe que está en Jerusalén y a todo el pueblo de Israel que vive en medio de ella.
Diles también: Yo soy un presagio para ustedes. Lo mismo que yo hice se hará con ellos: serán deportados e irán al exilio.
El príncipe que está en medio de ellos cargará el equipaje sobre sus espaldas durante la noche, y saldrá por el boquete que abrirán en el muro para hacerlo salir; y él se cubrirá el rostro, para no ver el país.
Palabra de Dios

Salmo Responsorial 78(77),56-57.58-59.61-62.
Pero ellos tentaron e irritaron a Dios,
no observaron los preceptos del Altísimo;
desertaron y fueron traidores como sus padres,
se desviaron como un arco fallido.

Lo afligieron con sus lugares de culto,
le provocaron celos con sus ídolos:
Dios lo advirtió y se llenó de indignación,
y rechazó duramente a Israel.

entregó su Fortaleza al cautiverio,
su Arca gloriosa en manos del enemigo.
Entregó su pueblo a la espada,
se enfureció contra su herencia;

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 18,21-35.19,1.
Entonces se adelantó Pedro y le dijo: “Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?”.
Jesús le respondió: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar las cuentas con sus servidores.
Comenzada la tarea, le presentaron a uno que debía diez mil talentos.
Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.
El servidor se arrojó a sus pies, diciéndole: “Señor, dame un plazo y te pagaré todo”.
El rey se compadeció, lo dejó ir y, además, le perdonó la deuda.
Al salir, este servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, tomándolo del cuello hasta ahogarlo, le dijo: ‘Págame lo que me debes’.
El otro se arrojó a sus pies y le suplicó: ‘Dame un plazo y te pagaré la deuda’.
Pero él no quiso, sino que lo hizo poner en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Los demás servidores, al ver lo que había sucedido, se apenaron mucho y fueron a contarlo a su señor.
Este lo mandó llamar y le dijo: ‘¡Miserable! Me suplicaste, y te perdoné la deuda.
¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo me compadecí de tí?’.
E indignado, el rey lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que debía.
Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de corazón a sus hermanos”.
Cuando Jesús terminó de decir estas palabras, dejó la Galilea y fue al territorio de Judea, más allá del Jordán.

Palabra del Señor

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Lo que describe el profeta Ezequiel en la primera lectura sobre su gente, también lo podemos aplicar hoy en día sin dificultad: Nosotros, pese a ser parte de la Santa Iglesia Católica Esposa de Cristo, somos un pueblo rebelde, tanto más rebelde cuanto más hace Dios por nosotros.

El Señor nos ha marcado un camino para nuestro bien porque nos ama, se ha encarnado, ha dado su Vida y derramado hasta la última gota de su Preciosísima Sangre por abrirnos las puertas del Cielo y sin embargo, nosotros no dejamos de ponerle excusas una y otra vez para seguir el nuestro aun cuando sabemos que acabará mal, como les pasó a los compatriotas del profeta.

Somos pueblo rebelde e ingrato y el Señor se lamenta de ello por medio de una parábola para movernos a la conversión.

El Señor nos describe claramente nuestra necedad:

Cometemos unas ofensas terribles hacia el Señor por nuestra necedad, representadas como una cuantía muy alta de dinero y exigimos que Dios nos perdone y las pase por alto, y a su vez, cuando un hermano nos hiere en una nimiedad, no solo le exigimos que pida perdón, sino que nos encolerizamos contra Él para que nos resarza no ya solo dicha ofensa, sino que arremeteremos contra él una y otra vez, de manera desproporcionada hasta que nuestro ego herido se quede tranquilo.

Así, vemos como tras emitir un mandato, el Señor nos ilustra como todos nosotros lo quebrantamos sin tener el más mínimo remordimiento de conciencia. Y quien dice un mandato dice todos los demás.

¿Qué debemos hacer?

Empecemos por elegir cual queremos que sea nuestro destino eterno: si deseamos compartir la Gloria del Señor en el Cielo o acabar sufriendo terriblemente cada segundo de la eternidad en el infierno.

Y una vez elegido, si queremos el Cielo, comportémonos de tal modo que, por la Gracia de Dios, podamos ser considerados dignos de su Reino, renunciando a todo aquello que nos lleve al infierno.

Y si por una locura de nuestra mente algún pobre desdichado eligiese el infierno, no debe preocuparse ni hacer absolutamente nada: acabará allí sin tener que esforzarse lo más mínimo por conseguirlo.

EVANGELIO DOMINGO 9 DE MARZO 2014

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4,1-11.
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio.
Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre.
Y el tentador, acercándose, le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.
Jesús le respondió: “Está escrito: El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.
Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: “Te daré todo esto, si te postras para adorarme”.
Jesús le respondió: “Retírate, Satanás, porque está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”.
Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.

Palabra del Señor

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¿Cuántas veces en nuestra vida nos hemos visto ante encrucijadas por defender nuestros principios? ¿Cuántas entre la espada y la pared?

La vida cristiana es una lucha constante con las potencias del enemigo. Satanás despliega todas sus fuerzas para hundir aun en base a engaños a aquellos que quieren avanzar por el camino de la salvación.

“Te daré todo esto, si te postras para adorarme”.

Esta es la clave de la tentación: Satanás pretende por todos medios seducir al ser humano, el proponerle una alternativa mejor y más facil a la voluntad de Dios, algo más agradable que pueda arrebatarle de cumplir lo que Dios le ha pedido que hiciese.

No es raro que Satanás se vista como angel de luz, y que emplee, como en el caso del evangelio, la misma Palabra de Dios para tratar de confundir. Pero tengamos en cuenta que no todo el que dice Señor Señor es verdadero fiel del Señor. Por los frutos los conoceréis.

Resistamos, pues, firmes en la oración y en la fe, los ataques de este enemigo incansable que no cesa de acecharnos día y noche.

 

SAN MOISÉS, PROFETA (4 DE SEPTIEMBRE)

SAN MOISÉS, PROFETA

San MoisesMoisés juntamente con Abraham son los dos personajes centrales del Antiguo Testamento. Es el libertador del pueblo elegido, y el mediador de la Alianza renovada en el Sinaí, y conforme a ella es el organizador de la teocracia hebrea. Tal fue su importancia en la historia de Israel que muchas veces el Mesías es concebido como una reencarnación del gran “Profeta” por antonomasia del Antiguo Testamento. Los días del Éxodo habían quedado como los tiempos heroicos de la historia israelita y el principal protagonista de las gestas, Moisés, quedó en la memoria de todas las generaciones como el amigo de Dios por excelencia.

Su mismo nacimiento está ya marcado con el signo de la predilección divina. Oriundo de la tribu de Leví, fue abandonado por su madre en una cestilla de juncos en el Nilo. La persecución de los israelitas había llegado a su punto culminante, y las madres hebreas tenían que deshacerse de sus hijos varones, cuya extinción estaba decretada por las autoridades egipcias. Son los tiempos de reacción contra los semitas. Habían pasado los años de la dominación de los Hiksos, de origen asiático, que protegían a los extranjeros oriundos de Canaán y Fenicia, porque les ayudaban a mantener sujetos a los egipcios. José, el cananeo descendiente de Jacob, había logrado escalar al amparo de esta situación de privilegio para los semitas, las más altas dignidades del Estado egipcio. A su sombra los hebreos habían prosperado desmesuradamente en la parte oriental del Delta, de tal forma que llegaron a crear un problema a los mismos nativos súbditos del faraón. Al subir otra dinastía, de procedencia netamente egipcia, se generalizó una política de persecución contra los extranjeros semitas, que habían colaborado con los odiados Hiksos. Víctimas de esta política sectaria fueron entre otros los hebreos, que pacíficamente se dedicaban a la cría de rebaños en Gesen. La opresión sobrepasaba toda medida, y Dios iba a intervenir milagrosamente para salvar a su pueblo vinculado a la promesa de bendición hecha al gran antepasado Abraham. Para ello había de preparar al instrumento de su especial providencia. La Biblia recalca estas intervenciones milagrosas de Dios en la vida de Moisés. El niño fue recogido por una princesa egipcia, que se lo llevó a la corte del faraón como hijo adoptivo, dándole el nombre de “Mossu” o Moisés, que en egipcio parece significar simplemente niño. Allí creció formado conforme a la exquisita educación cortesana. El alma egipcia se distingue por su delicadeza y bondad. Conocemos muchas composiciones literarias llenas de belleza estilística y de grandes pensamientos. Quizá el niño hebreo tuvo entre sus manos las maravillosas “Enseñanzas de Amenhemec”, que dejarán huella en la literatura sapiencial hebraica.

La vida de Moisés en la corte era muelle y distraída entre cantos de harpistas y recitaciones de versos por los escribas. Pero en sus oídos resonaban los gritos de dolor de sus compatriotas que estaban empleados en trabajos forzados en la construcción de una ciudad residencial que llevará el nombre de su fundador Ramsés II. Los capataces egipcios imponían horas agotadoras de trabajo y manejaban el bastón con demasiada frecuencia. Por otra parte los nativos despreciaban a sus compatriotas y les hacían la vida imposible. Un día el joven cortesano Moisés vio que un egipcio estaba abofeteando a un compatriota. La sangre le hirvió en las venas, y en un momento de furor mató al egipcio agresor. Para evitar consecuencias enterró su cadáver en la arena. Pero el hecho trascendió, pues su compatriota, al que había ayudado, le delató ante la opinión pública. El asunto era muy grave, y Moisés tuvo que abandonar la corte para no caer en manos de la policía egipcia. La península del Sinaí con sus estepas era el mejor lugar para huir a las pesquisas de los egipcios. Saliendo de la zona oriental del Delta, donde estaba la corte del faraón, le bastaban unas horas de camino para encontrarse ya en terreno de nadie.

El joven hebreo debió adaptarse a la nueva vida, muy distinta de la complicada de la corte faraónica. Durante años su género de vida será la del beduino que conduce sus rebaños de un lugar a otro en busca de pastos. Pronto entró en relaciones con un jeque-beduino, que como Melquisedec era también sacerdote de su tribu. De su experiencia se aprovechará más tarde para organizar la vida civil de los israelitas. El momento culminante de la vida trashumante de Moisés por las estepas sinaíticas es aquel en que el Dios de Israel se le apareció en una zarza ardiendo, con la declaración solemne: “Yo, soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Desde ese momento Moisés tendrá que hacerse cargo de una ardua misión, la de salvar a sus compatriotas de la opresión egipcia. Sin duda que Moisés había oído entre los suyos de las bendiciones especiales que su Dios había prometido a sus antepasados, los gloriosos patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Ahora Dios se declaró solemnemente vinculado a sus legendarios padres. Pero el nombre de “Dios (Elohim) de Abraham…” le parece demasiado genérico para en nombre suyo presentarse como el liberador de sus compatriotas, y así preguntó a Dios por su nombre específico, que autenticara su misión. En su estancia entre los egipcios había oído hablar de los diversos nombres de sus dioses, y por eso ahora quiere que su “Dios” le revele el nombre concreto que defina su personalidad. La respuesta por parte de Dios no pudo ser más evasiva: a la pregunta inquisidora llena de vana curiosidad “¿Tú quién eres?” respondió: “¡Yo soy el que soy!”. Dios quiso rodear de misterio su nombre para que no se le materializara concibiéndole de un modo sensible conforme a cualquier noción basada en la imaginación, En adelante “El que es” (“Yahvé”) será la mejor definición de la trascendencia divina. En el Decálogo se prohibirá representar sensiblemente al Dios de los israelitas, que se ha querido definir misteriosamente como: “El que es”.

Ahora empieza una nueva etapa de la vida de Moisés. Por orden de su Dios debe volver a Egipto para convencer al faraón de la necesidad de que el pueblo israelita salga hacia el desierto. En los planes de Dios Israel debe aislarse de los otros pueblos hasta adquirir una nueva conciencia religiosa y nacional. En los años de estancia en el país del Nilo se había contaminado con los cultos idolátricos y era preciso despertar en él la añoranza de sus antiguas tradiciones patriarcales en tierra de Canaán, que les iba a ser entregada como heredad. Para ello nada mejor que llevarle a las estepas del Sinaí para hacerle olvidar las idolatrías de Egipto e ilusionarle con la “tierra que mana leche y miel de Canaán. El cometido de Moisés es difícil. El faraón se resistía a desprenderse de aquellos semitas que necesitaba para sus obras de construcción. Por fin, después de los milagros de las plagas permitió que los israelitas se fueran al desierto. Moisés decidió la marcha y en el mes de Abib (Nisán) sus compatriotas celebraron la fiesta agrícola de la Pascua, que este año tenía carácter de despedida, y había de quedar como recuerdo de la liberación de la opresión egipcia. Los israelitas salieron furtivamente con los despojos de los egipcios camino del desierto.

El éxodo no quedó desapercibido. El faraón revocó su permiso y envió un destacamento armado para obligarles a volver. La suerte estaba echada, y Moisés no permitió a los suyos el retorno, y así les animó a correr hacia la estepa, pero llegó un momento en que no pudieron avanzar. Ante ellos se extendía una laguna de agua que les cerraba el paso. De nuevo la intervención taumatúrgica de Moisés salvó la situación. Yahvé envió un viento huracanado, y el agua se retiró de forma que los hebreos pudieron pasar a pie enjuto, Detrás el ejército del faraón entró en su persecución sin apercibirse de la anomalía de la retirada del agua, creyendo fuera la retirada normal de la marea; pero, cuando los israelitas habían pasado, el agua volvió de nuevo y anegó a los soldados y carros del faraón. Es el gran portento del paso del mar Rojo, que será el símbolo de la protección de Yahvé a su pueblo. Durante generaciones los israelitas contarán el gran milagro, que había tenido lugar allá en tiempos de los faraones de la XIX dinastía (s. XIII a. de J. C.).

Pasado el mar Rojo los hebreos se adentraron en la península sinaítica, hasta llegar a una gran montaña, que también iba a tener eco en la tradición israelita. La nueva legislación que iba a enmarcar la teocracia hebrea surgiría en la cima de ese monte donde Yahvé se manifestó a Moisés como “un amigo a otro amigo”. Allí se establecieron, en efecto, las bases de la nueva teocracia: de un lado Israel debía reconocer a Yahvé como Dios único, comprometiéndose a guardar sus preceptos, y de otro Yahvé prometía protegerle como pueblo a través de la historia. Sin embargo, este pacto fue roto muchas veces ya en los días de la peregrinación en el desierto. El pueblo hebreo siguió con su propensión a la idolatría, levantando al pie del Sinaí un becerro de oro para adorarle. En la marcha a través del desierto Israel se mostró como pueblo de dura cerviz. Se multiplicaban los milagros (el maná, las codornices, el agua de la roca), pero a la primera contrariedad los hebreos querían abandonar a su Dios y volverse a Egipto. Es el caudillo Moisés el que tuvo que hacer frente a esta obstinación materialista. Durante una generación su vida estuvo consagrada a modelar el alma nacional y religiosa de un pueblo rudo y recalcitrante, y cuando se hallaba ya para entrar en la tierra de promisión murió, haciendo sus últimas recomendaciones de fidelidad a Yahvé. Por una falta misteriosa que la Biblia no especifica, el gran libertador de los israelitas fue privado de entrar en Canaán, término de la larga peregrinación por el desierto.

Su recuerdo permaneció vivo en el pueblo de Israel. “No hubo nunca más en Israel un profeta como Moisés, a quien Yahvé conoció cara a cara”. Es la síntesis que de él hace el autor del Deuteronomio. Su obra, la “Ley” constituyó la base de la vida religiosa y política del pueblo elegido hasta los tiempos del Mesías. Jesucristo dirá que no vino a abolirla, sino a perfeccionarla en su pleno sentido espiritualista y ético. Es la mejor consagración de una obra legislativa que giraba en torno al destino excepcional de un pueblo del que había de salir el Salvador del mundo. En la visión del Tabor, Moisés —símbolo de la Ley del Antiguo Testamento—, y Elías —símbolo del profetismo— hacen la escolta de honor al Dios-Mesías. Por eso la Iglesia cristiana, que se considera la heredera del “Israel de las promesas”, ha sentido siempre una gran veneración por el gran Legislador y Profeta del Antiguo Testamento.

San Moisés, profeta del Señor, ruega por nosotros

LAS RELIQUIAS SON AUTÉNTICAS – CONFIRMADOS LOS RESTOS DE SAN JUAN BAUTISTA EN BULGARIA

LAS RELIQUIAS SON AUTÉNTICAS

CONFIRMADOS LOS RESTOS DE SAN JUAN BAUTISTA EN BULGARIA

Científicos de la Universidad de Oxford confirman la datación de los huesos hallados en la catedral de Sofía.

(Ver noticia original)

SAN JUAN BAUTISTAEn noviembre de 2010 se anunció en Sofía (Bulgaria) el hallazgo en la de unos restos que se suponían reliquias de San Juan Bautista. Año y medio después del descubrimiento científicos de la Universidad de Oxford han confirmado mediante datación y análisis los datos de la tradición que sugerían esa identidad.

El sarcófago llevaba el nombre de San Juan y la fecha de su festividad (24 de junio). Ahora además se ha comprobado que son del siglo I y que el ADN -que pudo estudiarse en unos pequeños restos- se correspondería con la raza del hombre que bautizó a Jesucristo.

“Hemos obtenido datos realmente muy interesantes”, explicó a LiveScience el investigador Thomas Higham: “Sugieren que los huesos humanos son de la misma persona, que es un hombre y que muy probablemente nació en el Cercano Oriente”.

Los huesos fueron descubiertos por los arqueólogos rumanos Kazimir Popkonstantinov y Rossina Kostova durante unas excavaciones en una iglesia construida entre los signos quinto y sexto en la isla Sveti Ivan. El sarcófago descubierto, de mármol, contenía seis huesos humanos y tres huesos animales, y estaba junto a un segundo sarcófago de roca volcánica con una inscripción: “Señor, ayuda a tu siervo Tomás”, junto con el nombre de San Juan y la fecha de su fiesta litúrgica.

 Los estudiosos concluyeron que Tomás fue un monje que trasladó las reliquias del Bautista hasta allí para construir la iglesia y fundar una comunidad monástica. Pero faltaba fijar una fecha a los huesos humanos. La reconstrucción parcial del ADN que se ha hecho con ellos permite atribuirlos a una misma persona, y de un origen étnico coincidente con el de San Juan. La datación con radiocarbono los sitúa en la primera centuria después de Cristo. El Bautista fue martirizado al inicio de la vida pública de Jesús, en torno al año 30.

 Aunque a los científicos les preocupaba que los restos estuviesen “contaminados” con ADN reciente -explica uno de los investigadores, Hannes Schroeder-, los datos confirman su pureza y autenticidad.

 En cuanto a los tres huesos de animales (de oveja, vaca y caballo), son cuatrocientos años más recientes que los restos humanos, lo que coincide con la fecha del enterramiento y de la iglesia. Se ignora por qué los enterraron junto a los huesos, pero pemite diferenciar dos historias diferentes: las reliquias del siglo I, que se cree pudieron llegar desde Constantinopla, y su enterramiento cuatro siglos después.

EL USO DEL VELO EN LA SANTA MISA

EL USO DEL VELO EN LA SANTA MISA

Velo“De acuerdo al Código de Derecho Canónico y a una costumbre inmemorial, las mujeres tienen la obligación, aun hoy en día, de cubrir sus cabezas en presencia del Santísimo Sacramento”

Durante 2000 años, las mujeres católicas han cubierto su cabeza con un velo antes de entrar a una Iglesia o siempre que estuvieran en presencia del Santísimo Sacramento (por ejemplo, durante las visitas a enfermos con la Sagrada Eucaristía). El Código de Derecho Canónico de 1917, en el canon 1262, obligaba a las mujeres a cubrir sus cabezas «especialmente cuando se aproximan a la mesa sagrada».

Durante el Concilio Vaticano II, los periodistas preguntaron al entonces P. Bugnini si las mujeres deberían seguir cubriendo sus cabezas. Él respondió que ese tema no había sido discutido. Los periodistas asumieron su respuesta como un “no”•, publicando esta información errónea en los diferentes periódicos alrededor del mundo. Desde entonces, la mayoría de las mujeres católicas abandonaron la tradición.

Después de muchos años de repudio al velo, en especial por parte de las mujeres, el Vaticano, no queriendo ser antagónico o contrariar a las feministas, simplemente pretendió que el tema no existía. Es más, cuando se compuso el Código de Derecho Canónico de 1983, el uso del velo directamente no se mencionó (obsérvese que no se abrogó, sino simplemente no se mencionó).De todas formas, los cánones 20 y 21 del Código de Derecho Canónico de 1983 dejan en claro que una ley canónica posterior abroga una ley canónica precedente únicamente cuando lo hace explícitamente y que, en caso de duda, la revocación de la ley precedente no debe ser asumida. Por lo tanto, de acuerdo al Código de Derecho Canónico y a una costumbre inmemorial, las mujeres tienen la obligación, aun hoy en día, de cubrir sus cabezas en presencia del Santísimo Sacramento.

El uso del velo en el cristianismo es sumamente importante y no un tema que le concierne “sólo” al Código de Derecho Canónico, sino a dos milenios de Tradición de la Iglesia, extendiéndose al Antiguo Testamento y a exhortaciones en el Nuevo Testamento. Al respecto, San Pablo escribió:

1 Corintios 11, 1-16
«Sed imitadores míos, como también yo lo soy de Cristo. Os alabo porque en todo os acordáis de mí y guardáis las tradiciones con firmeza, tal como yo os las entregué. Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios. Todo hombre que cubre su cabeza mientras ora o profetiza, deshonra su cabeza. Pero toda mujer que tiene la cabeza descubierta mientras ora o profetiza, deshonra su cabeza; porque se hace una con la que está rapada. Porque si la mujer no se cubre la cabeza, que también se corte el cabello; pero si es deshonroso para la mujer cortarse el cabello, o raparse, que se cubra. Pues el hombre no debe cubrirse la cabeza, ya que él es la imagen y gloria de Dios; pero la mujer es la gloria del hombre. Porque el hombre no procede de la mujer sino la mujer del hombre; pues en verdad el hombre no fue creado a causa de la mujer, sino la mujer a causa del hombre. Por tanto, la mujer debe tener un símbolo de autoridad sobre la cabeza, por causa de los ángeles. Sin embargo, en el Señor, ni la mujer es independiente del hombre, ni el hombre independiente de la mujer: Porque así como la mujer procede del hombre, también el hombre nace de la mujer; y todas las cosas proceden de Dios. Juzgad vosotros mismos: ¿es propio que la mujer ore a Dios con la cabeza descubierta? ¿No os enseña la misma naturaleza que si el hombre tiene el cabello largo le es deshonra, pero que si la mujer tiene el cabello largo le es una gloria? Pues a ella el cabello le es dado por velo. Pero si alguno parece ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni la tienen las iglesias de Dios».

De acuerdo a la enseñanza de San Pablo, las mujeres deben usar el velo como signo de que la gloria de Dios, no la propia, es el centro del culto. También como signo externo del reconocimiento, y sumisión, de la autoridad, tanto de Dios como de los esposos (o de los padres, de acuerdo al caso), y del respeto a la presencia de los Santos Ángeles en la Divina Liturgia. En el uso del velo se refleja el orden divino invisible y lo hace visible. San Pablo presenta esto claramente como una ordenanza, ya que es la práctica de todas las iglesias.

Si se lee detalladamente este pasaje de la Biblia, podrá notarse que San Pablo nunca se sintió intimidado al romper tabúes innecesarios. Fue él quien enfatizó, una y otra vez, que la circuncisión y que la Ley Mosaica en su totalidad no eran necesarios, ¡dirigiéndose a los cristianos hebreos! La tradición y las ordenanzas sobre el uso del velo son asuntos en los cuales San Pablo no estaba influenciado por su cultura. El velo es un símbolo tan relevante como la sotana del sacerdote y el hábito de la monja.

Obsérvese también, que San Pablo no se comporta, de ninguna manera, como un “misógino” [”con odio hacia las mujeres”, N.del T.]. Él asegura que, mientras la mujer está hecha para la gloria del hombre al igual que el hombre está hecho para la gloria de Dios, «en el Señor ni la mujer es independiente del hombre, ni el hombre independiente de la mujer. Porque así como la mujer procede del hombre, también el hombre nace de la mujer; y todas las cosas proceden de Dios». Los hombres necesitan de las mujeres; las mujeres necesitan de los hombres. Pero poseen diferentes roles, iguales en dignidad, y todos para la gloria de Dios (¡y, por supuesto, con un trato absolutamente equitativo en cuestiones de caridad!). El velo es un signo del reconocimiento de estas diferencias entre unos y otros.

El velo es, también, un signo de modestia y castidad. En los tiempos del Antiguo Testamento, descubrir la cabeza de una mujer era visto como una forma de humillarla, o de castigar a las mujeres adúlteras y a las que transgredían la Ley (por ej. Núm. 5, 12-18; Is. 3, 16-17; Cantares 5, 7). Una mujer hebrea nunca hubiera ni siquiera soñado con entrar al Templo (o más tarde, la sinagoga) sin cubrirse la cabeza. Esta práctica, simplemente, continuó en la Iglesia Católica.

AQUELLO QUE SE CUBRE CON VELO ES SAGRADO

Obsérvese lo que San Pablo dice: «si la mujer tiene el cabello largo le es una gloria. Pues a ella el cabello le es dado por velo». Las mujeres no usan velo por un cierto sentido “primordial” de vergüenza femenina; lo que cubren es su gloria, de tal manera que, en cambio, sea Él glorificado. Se cubren con un velo porque son sagradas, y porque la belleza femenina es increíblemente poderosa. Y para mayor credibilidad, obsérvese cómo la imagen de la mujer es usada para vender cualquier cosa, desde champú hasta autos usados. Las mujeres necesitan entender el poder de la femineidad y actuar acorde a ello, siguiendo las reglas de la modestia en el vestir, incluyendo el uso del velo.

Mediante la renuncia de su gloria a la autoridad de sus maridos y de Dios, las mujeres se someten a ellos de la misma manera que la Santísima Virgen se sometió al Espíritu Santo («que se haga en mí según Tu palabra»); el velo es un signo tan poderoso -y hermoso- como lo es cuando un hombre se pone de rodillas para pedir a su novia que se case con él.

Ahora, considérese qué otra cosa estaba cubierta con velo en el Antiguo Testamento: ¡el Santo de los Santos!

Hebreos 9, 1-8
«Ahora bien, aun el primer pacto tenía ordenanzas de culto y el santuario terrenal. Porque había un tabernáculo preparado en la parte anterior; en el cual estaban el candelabro, la mesa y los panes consagrados; éste se llama el Lugar Santo. Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Santo de los Santos, el cual tenía el altar de oro del incienso y el Arca de la Alianza cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto; y sobre ella estaban los querubines de gloria que daban sombra al propiciatorio; pero de estas cosas no se puede hablar ahora en detalle. Así preparadas estas cosas, los sacerdotes entran continuamente al primer tabernáculo para oficiar en el culto; pero en el segundo, sólo entra el sumo sacerdote una vez al año, no sin llevar sangre, la cual ofrece por sí mismo y por los pecados del pueblo cometidos en ignorancia. Queriendo el Espíritu Santo dar a entender esto: que el camino al Santo de los Santos aún no había sido revelado en tanto que el primer tabernáculo permaneciera en pie».

El Arca de la Antigua Alianza era conservada detrás del velo del Santo de los Santos. Y en la Misa, ¿qué es lo que se conserva cubierto con un velo hasta el Ofertorio? El Cáliz, el recipiente que contiene la Preciosísima Sangre. Y, entre Misas, ¿qué es lo que se encuentra cubierto con un velo? El Copón en el Sagrario, el recipiente que contiene el mismo Cuerpo de Cristo. Estos recipientes de vida están cubiertos por un velo porque son sagrados.

¿Y a quién se ve cubierta siempre con un velo? ¿Quién es la Santísima, el Arca de la Nueva Alianza, el Vaso de la Verdadera Vida? Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, y, al usar el velo, las mujeres la imitan y se afirman como mujeres, como vasos de vida.

Este solo acto, superficialmente pequeño, de cubrirse la cabeza con un velo es:
• Riquísimo en simbolismo: de sumisión a la autoridad; de entrega a Dios; de imitación a Nuestra Señora que expresó su ‘fiat’; de cubrir la gloria propia por la gloria de Dios; de modestia; castidad; de vasos de vida, como el Cáliz, el Copón y, especialmente, la Santísima Virgen María.
• Una ordenanza apostólica -con profundas raíces en el Antiguo Testamento- y, por lo tanto, un asunto de intrínseca Tradición.
• La forma en que las mujeres católicas han rendido culto durante dos milenios (y, aun cuando no sea una cuestión de la Sagrada Tradición en un sentido intrínseco, es, al menos, una cuestión de tradición eclesial, que debería también ser conservada). Es nuestra herencia, una parte de la cultura católica.

MUJERES, CÚBRANSE LA CABEZA,
AUN SI ESTÁN VISITANDO UNA PARROQUIA EN DONDE NO SE USE VELO
Y SEAN LA ÚNICA MUJER QUE LO HAGA.
PERMANEZCAN FIELES A LA TRADICIÓN, A LA ESCRITURA,
CON SU PROPIO DESEO DE ENTREGA A DIOS.
NO TEMAN…
Y CARITATIVAMENTE ANIMEN A OTRAS MUJERES A HACER LO MISMO,
ENSEÑÁNDOLES LO QUE EL VELO SIGNIFICA.
——————————————————————————–
(Artículo original de Esteban Acevedo)

EVANGELIO SÁBADO 18 DE MAYO 2013

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 21,20-25.
Pedro miró atrás y vio que lo seguía el discípulo al que Jesús amaba, el que en la cena se había inclinado sobre su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»
Al verlo, Pedro preguntó a Jesús: «¿Y qué va a ser de éste?»
Jesús le contestó: «Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.»
Por esta razón corrió entre los hermanos el rumor de que aquel discípulo no iba a morir. Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: «Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?»
Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad.
Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.

Palabra del Señor

———————–

En este evangelio podemos ver como San Pedro,  después de haber sido elegido y ungido como Pontífice sobre los demás apóstoles (ver evangelio viernes 17 de mayo),  le pregunta al Señor la razón de dicha elección.

 Sus dudas partían de que todos sabían que San Juan era el discípulo preferido del Señor, siendo él, además, el único que había permanecido con Él a los pies de la cruz en el monte Calvario, el Señor le iba a elegir a él.

Por eso, tras haber sido ungido miro a San Juan y extrañado por su elección “preguntó a Jesús: «¿Y qué va a ser de éste?» Jesús le contestó: «Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa? Tú sígueme.»”

Y pese a que las palabras de Cristo fueron en un primer momento malinterpretadas, el mismo San Juan, lo explicó en su evangelio. “Pero Jesús no dijo que no iba a morir, sino simplemente: «Si yo quiero que permanezca hasta mi vuelta, ¿a ti qué te importa?»”

Y a nosotros nos sucede lo mismo. Cuando recibimos una llamada de Cristo, o aun en la vida cotidiana cuando sucede algo que rompe nuestros planes, en seguida empezamos a pensar, “¿por qué yo, si no soy nadie? Seguro que hay personas mejor preparadas que yo para esta tarea.”

Pero la cuestión es que aunque estemos llenos de dudas, el Señor sí sabe lo que hace y los motivos de porqué eso lo desea así y no de otro modo.

Debemos ser valientes, porque si el Señor nos encomienda algo, sea lo que sea, es porque nosotros, con ayuda de Dios, seremos los únicos que podremos cumplir ese algo de la manera que Él desea y no de otra forma, por eso cada uno de nosotros es único, porque lo que Dios espera de nosotros es único también.

 Por tanto, abracemos la vocación a la que hemos sido llamados, sea la que sea, sirviendo al Señor de todo corazón, y recordando que lo que tiene valor no es llegar alto en la vida y tener una carrera exitosa, una familia feliz y medios económicos suficientes, sino cumplir la voluntad de Dios. Así, no tienen sentido las envidias absurdas. Y si el mundo entero, amigos, familiares, vecinos y compañeros se vuelcan en vidas llenas de pecado, y su señor Satanás les compensa con grandes lujos en la tierra, “¿a ti qué te importa? Tú sígueme”- dice el Señor.

Vemos como el mundo mismo se las ha arreglado para extender la terrible idea de que las Sagradas Escrituras, Palabra de Dios, son invento de los hombres, pese a que los descubrimientos científicos (encubiertos, por cierto) han sacado a la luz datos reveladores, como los textos del profeta Isaías encontrados en los rollos del mar muerto que hablan de Cristo, su vida, pasión y muerte,  datan de más de cien  años ANTES de su venida, y por tanto, no había manera de saber lo que iba a suceder por aquel entonces si no se tratase de revelación divina.

Igualmente los evangelios, tenemos que fueron escritos 2 de ellos por TESTIGOS DIRECTOS, como son el caso de San Juan y San Mateo, apóstoles de Cristo, que convivieron con Él durante sus tres años de vida pública, presenciando sus milagros, escuchando sus enseñanzas, participando de sus sacramentos y viéndolo muerto en la cruz, enterrado en el sepulcro, resucitado por cuarenta días, con grandes signos,  y ascendiendo al Cielo.

Los otros dos escritores, son San Marcos, discípulo de Cristo y compañero de San Pedro, y San Lucas, médico y como tal, un hombre científico de la época, discípulo de Cristo y compañero de San Pablo, que recogió tras una investigación minuciosa, todo lo acontecido durante la vida de Cristo en su evangelio, y los primeros años de la Iglesia Católica en el libro Hechos de los Apóstoles.

Todos estos libros han sido escritos en el siglo I, por lo que es imposible que se tratasen de falsificaciones ya que todavía estaban vivos los testigos de los hechos y sería imposible el engañarlos con algo así.

 Además, es importante ver como estos mismos apóstoles y cientos de testigos de Cristo, que convivieron con Él, prefirieron de forma voluntaria el padecer las más terribles torturas y muertes antes de negar lo que habían visto y oído.

 Si fuera mentira, como muchos argumentan, sería absurdo que dieran su vida voluntariamente por ello y de la forma en la que fue.

Además, se han encontrado tantas copias idénticas en los siglos II y III de los evangelios que es imposible afirmar arqueológicamente que sean falsificaciones. Y si aceptamos multitud de libros filosóficos de Platón, Aristóteles y tantos otros filósofos antiguos como auténticos, siendo prácticamente de la época, y no teniéndose registros arqueológicos de antes del siglo V o VI de los mismos, ¿cómo osan negar la veracidad de los evangelios?

No existe razón alguna para esto, salvo que voluntariamente no reconozcas la evidencia histórica de que Cristo EXISTIÓ y que realmente es el Hijo de Dios y prefieras servirte a ti mismo y a Satanás en su lugar.

Allá cada uno con su conciencia, pero nosotros jamás negaremos la Verdad.

San Juan, discípulo amado de Cristo, concluye su evangelio así:

“Este es el mismo discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito aquí, y nosotros sabemos que dice la verdad. Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.”

De todo lo que no han escrito en los evangelios, la Tradición Apostólica ha custodiado el resto de enseñanzas no recogidas en las escrituras, y que años más tarde pasarían a formar parte de los Dogmas de la Iglesia Católica, como las verdades de fe entregadas por Cristo a sus Apóstoles, porque nada se ha añadido ni modificado en estas enseñanzas, porque son INMUTABLES.

Aceptemos nuestra vocación, y como fieles servidores de Cristo, defendamos la Autenticidad de las Escrituras y la Tradición Apostólica, de la que es depositaria la Santa Iglesia, para que podamos mantenernos en la Verdad, en medio de este mundo de mentiras.

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