SAN FELIX I, PAPA Y MARTIR (30 DE DICIEMBRE)

SAN FELIX I, PAPA Y MARTIR

SAN FELIX IHijo de un hombre llamado Constancio, su pontificado coincidió con el gobierno del emperador Aureliano que en un primer momento se negó a seguir las persecuciones que contra los cristianos habían aplicado sus antecesores.

En los comienzos de su pontificado llegaron a Roma noticias del sínodo que se había celebrado en Antioquía y que había depuesto al obispo antioquiano Pablo de Samosata por enseñar una doctrina contraria a las enseñanzas de la Iglesia sobre la Trinidad. La cuestión había tomado un cariz político por el apoyo a Pablo de Samosata del emperador Aureliano, a pesar de lo cual Félix emitió un decreto indicando que nadie podía ser obispo si no estaba en comunión con la sede de Roma con lo que ratificó la deposición aprobada en el concilio de Antioquía del obispo de la ciudad, afirmando la divinidad y humanidad de Jesucristo y las dos naturalezas distintas en una sola persona.

Ordenó enterrar a los mártires bajo los altares de los templos y celebrar la misa sobre sus sepulcros, celebración que sólo podrían realizarla los sacerdotes y en el propio templo salvo por causa mayor, para impedir la celebración de misas privadas. Hacia el final de su pontificado, Aureliano retomó la política de persecuciones.

Félix I murió martir el 30 de diciembre de 274.

 

San Felix I, ruega por nosotros.

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SAN JUAN ALMOND, MARTIR (5 DE DICIEMBRE)

SAN JUAN ALMOND, MARTIR

SAN JUAN ALMONDJuan Almond nació en Allerton, cerca de Liverpool, y estudió en la escuela de Much Woolton. Era muy joven cuando se trasladó a Irlanda. Allí permaneció hasta que ingresó en el Colegio Inglés de Reims. Terminó en Roma sus estudios con un brillante debate público, presidido por el cardenal Baronio, quien alabó al P. Almond. Este recibió las órdenes sagradas en 1598. Cuatro años más tarde, partió a la misión de Inglaterra. Durante sus diez años de apostolado, «llevó sinceramente una vida muy santa, con gran gozo de cuantos le conocieron, y se ganó bien merecida fama por su saber y santidad. Combatía el pecado y era un modelo para todos. Era de inteligencia aguda e ingeniosa, hábil y certero en sus respuestas, modesto en los debates, muy valiente y siempre estaba dispuesto a sufrir por Cristo, que había sufrido por él».

Fue arrestado en 1612. El Dr. Juan King, obispo anglicano de Londres, se encargó de interrogarle. En ese interrogatorio el santo demostró varias veces que «era de inteligencia aguda, ingenioso, hábil y certero en sus respuestas», como lo dice el panegirista que acabamos de citar. Los perseguidores quisieron que firmase una fórmula inaceptable del juramento de fidelidad. El P. Almond se negó a ello y propuso en cambio esta otra fórmula: «Yo profeso en mi alma y en mi corazón tal lealtad al rey Jaime, a quien Dios bendiga ahora y siempre, que ningún monarca cristiano podría esperarla mayor, por la ley natural ni por la ley de Dios, ni por la ley positiva de la Iglesia verdadera, ya sea la nuestra o la vuestra». Los perseguidores no aceptaron esa fórmula y le encarcelaron en Newgate.

Nueve meses más tarde, el santo fue juzgado por el delito de alta traición de ser sacerdote ordenado y ejercer su ministerio en Inglaterra. Los jueces le condenaron a muerte. El 5 de diciembre de 1612 fue conducido a Tybum en una carreta. Después de arengar a la multitud, respondió públicamente a las objeciones de un ministro protestante. En seguida arrojó a la multitud cuanto tenía en la bolsa, es decir, tres o cuatro libras de plata, quejándose de que el carcelero de Newgate le hubiese dejado tan poco. Después dijo: «Una hora sigue a la otra, y la muerte acaba por llegar. Pero la muerte no es morir; es la puerta por la que entramos en la felicidad de la vida eterna. La vida es muerte para los que no se preparan a pasar por la muerte, pues las penas, las desgracias y los infortunios los turban constantemente. Para nosotros esta vida es el camino que conduce a la vida eterna a través de la muerte». El santo pidió que alguno de los presentes le prestara su pañuelo para cubrirse los ojos, y murió con el nombre de Jesús en los labios.

San Juan Almond, ruega por nosotros.

LECTURAS MIERCOLES 26 DE NOVIEMBRE 2014

Lectura del Libro del Apocalipsis 15,1-4.

Yo, Juan, vi en el cielo otro signo grande y admirable: siete Ángeles que llevaban las siete últimas plagas, con las cuales debía consumarse la ira de Dios.

También vi como un mar de cristal, mezclado de fuego. Los que habían vencido a la Bestia, a su imagen y la cifra de su nombre, estaban de pie sobre el mar, teniendo en sus manos grandes arpas,

y cantaban el canto de Moisés, el servidor de Dios, y el canto del Cordero, diciendo: “¡Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los pueblos! ¿Quién dejará de temerte, Señor, quién no alabará tu Nombre?

Sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán a adorarte, porque se ha manifestado la justicia de tus actos”.

Palabra de Dios

 

Salmo Responsorial 98(97),1.2-3ab.7-8.9.

Canten al Señor un canto nuevo,

porque él hizo maravillas:

su mano derecha y su santo brazo

le obtuvieron la victoria.

 

El Señor manifestó su victoria,

reveló su justicia a los ojos de las naciones:

se acordó de su amor y su fidelidad

en favor del pueblo de Israel.

 

Resuene el mar y todo lo que hay en él,

el mundo y todos sus habitantes;

aplaudan las corrientes del océano,

griten de gozo las montañas al unísono.

 

Griten de gozo delante del Señor,

porque él viene a gobernar la tierra:

él gobernará al mundo con justicia,

y a los pueblos con rectitud.

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21,12-19.

Jesús dijo a sus discípulos:

«Los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre,

y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.

Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa,

porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.

Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.

Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.

Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»

Palabra del Señor

 

La persecución a los cristianos ha sido una constante en la historia, y a día de hoy, en este preciso momento los cristianos están siendo perseguidos, encarcelados y hasta asesinados por el mero hecho de serlo en varios países.

¿Cómo afrontar esta injusticia?

Nuestro Señor no engaña a sus discípulos y se lo dice bien claro: En este mundo os espera la persecución. Como a mí me han odiado, os odiarán a ustedes, pues el siervo no es más que su Señor.

¿Por qué sucede esto?

Porque los fieles del Señor están  llamados a ser ciudadanos del Cielo, y en esta vida, se encuentran en terreno enemigo suspirando por volver a su patria. El mundo, y sobre todo el príncipe de este mundo no los reconoce como algo propio, sino como una amenaza que hay que erradicar.

En la medida que crece la santidad de uno, crece la amenaza aquí y por tanto, la persecución en nombre de Cristo será el broche de oro que demuestre que uno lo está haciendo bien.

¿Sucede porque Dios nos abandona?

Claramente no, el  Señor lo dice claro: No les tengáis miedo.

Su persecución dará lugar a que podáis dar testimonio de vuestra fe, y si perseveramos hasta la muerte, nos recibirán en el Cielo con altos honores así como recibieron a los santos mártires, y son dignos de estar ante el Trono del Altísimo por toda la eternidad.

Gracias a la constancia quizás pierdan sus vidas como Cristo, pero salvarán sus almas.

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, VIRGEN Y MARTIR (25 DE NOVIEMBRE)

SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, VIRGEN Y MARTIR

SANTA CATALINA DE ALEJANDRIASanta Catalina nació en Alejandría en la segunda mitad del tercer siglo. Descendía de una familia de abolengo y se distinguía por su inteligencia, erudición y belleza. Muchos ricos y nobles pretendientes pedían su mano. La madre y los parientes trataban de convencerla para que se casara, pero Catalina no se decidía y decía a sus allegados: «Si quieren que me case entonces encuéntrenme alguien que me iguale en hermosura y erudición.»

Dios hizo que Catalina conociera a un anacoreta, hombre inteligente y de vida ejemplar. Examinando con Catalina los méritos de sus pretendientes el anacoreta dijo:
-Yo conozco al Novio que es superior en todo a ti. No hay nadie igual.
Después le dio el icono de la Santísima Virgen, prometiendo que Ella ayudaría a Catalina a ver al Singular Novio. Durante la próxima noche, adormecida Catalina vio a la Reina Celestial rodeada de ángeles parada delante de ella con el Niño que resplandecía como el sol. Fueron vanos los esfuerzos de Catalina para ver Su rostro. El se daba vuelta.
-No desprecies a Tu creación -pedía la Madre de Dios a Su Hijo- dile lo que tiene que hacer para ver Tu imagen brillante, Tu Rostro.
-Que regrese y pregunte al anacoreta -contestó el Niño.
Este singular sueño asombró a la joven. Ni bien amaneció, fue a ver al anacoreta y se arrodillo a sus pies pidiendo consejo. El anacoreta le explico detalladamente sobre la verdadera fe, sobre el paraíso y la vida en el paraíso de los justos y sobre la perdición de los pecadores. La sabia joven comprendió la superioridad de la fe cristiana sobre la pagana. Creyó en Jesúcristo como el Hijo de Dios y se bautizó. Y entonces la luz divina entró en ella y la llenó con una gran alegría.

Cuando Catalina regreso a su casa con su alma renovada, rezó durante mucho tiempo agradeciendo a Dios por la gracia otorgada. Durante la oración se quedó dormida y vio nuevamente a la Madre de Dios. Ahora el Niño Divino la miraba con benevolencia. La Santísima Virgen tomó la mano derecha de la joven y el Niño le puso un maravilloso anillo, diciendo:
-No tengas otro novio terrenal.
Catalina comprendió que a partir de este momento ella estaba comprometida con Cristo y se despertó con mayor alegría en su corazón. A partir de este sueño ella cambió completamente. Se hizo humilde, benévola y amable. Empezó a rezar a Dios frecuentemente pidiendo Su guía y ayuda. Única meta que la entusiasmaba: vivir para Cristo.

Poco tiempo después vino a Alejandría Maximiano (años 286-305) codirigente del emperador Diocleciano. Envió mensajeros a las ciudades de Egipto para invitar al pueblo a la fiesta en honor a los dioses paganos. Catalina estaba muy triste porque el emperador, en vez de ayudar a instruir al pueblo, extendía la superstición pagana. Cuando llegó el día de la fiesta ella fue al templo pagano, donde estaban reunidos los sacerdotes paganos, la nobleza y el pueblo y dijo sin miedo al emperador:
-¡Emperador, no te da vergüenza orar a los repugnantes ídolos? Conoce al verdadero Dios eterno e infinito. Por Él apareció el universo y los reyes reinan. Él bajó a la tierra y se hizo hombre para nuestra salvación.
Maximiano se enojo con Catalina por la falta de respeto hacia la dignidad imperial y ordenó encarcelarla. Después, ordenó a la gente erudita convencer a Catalina de la autenticidad de la religión pagana. Durante varios días ellos exponían diferentes argumentos en pro de la religión pagana, pero Catalina los vencía con su lógica, y con sus razonamientos les demostraba que no tenían razón. Demostraba que solamente puede existir un Sabio, Creador de todo, quien con sus perfecciones se eleva infinitamente sobre los dioses paganos. Finalmente, los sabios paganos tuvieron que admitir que perdieron con los argumentos imbatibles de Catalina. Sin embargo, al sufrir la derrota sobre el campo intelectual, Maximiano no dejó su intención de convencer a Catalina. La llamó y trato de seducirla con regalos, promesas de favores y gloria. Pero Catalina no se dejó seducir.

Maximiano tuvo que ausentarse de la ciudad por un corto período. Su esposa, emperatriz Augusta, quien escuchó mucho sobre la sabiduría de Catalina, quiso verla. Se encontró con ella y, habiéndola escuchado, se hizo cristiana. Cuando Maximiano regresó a Alejandría llamó nuevamente a Catalina. Esta vez se quitó su mascara de benevolencia y empezó a amenazarla con torturas y muerte. Después mandó traer unas ruedas con sierras y ordenó matarla de esta horrible manera. Pero, ni bien empezaron las torturas, una fuerza invisible rompió el instrumento de tortura y santa Catalina salió ilesa. Cuando la emperatriz Augusta supo lo que pasó, vino a ver a su esposo y le reprochó que pretendiera él desafiar al mismo Dios. El emperador se enfureció por la intervención de su esposa y ordenó matarla ahí mismo. Al otro día Maximiano llamó a Catalina por última vez y le ofreció ser su esposa, prometiendo todos los bienes materiales. Pero Santa Catalina no quiso saber nada. Viendo la inutilidad de todos sus esfuerzos el emperador ordenó matarla y un guerrero la decapitó.

Dios eterno y omnipotente, que conservaste invencible a Santa Catalina en la virginidad y en el martirio por tu pueblo, concédenos que, por su intercesión, fortalezcamos nuestra fe y constancia y hay que podamos trabajar incesantemente por la unidad de tu Iglesia.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Santa Catalina de Alejandría, ruega por nosotros.

SANTAS FLORA Y MARIA, VIRGENES Y MARTIRES (24 DE NOVIEMBRE)

SANTAS FLORA Y MARIA, VIRGENES Y MARTIRES

En Córdoba, en la región hispánica de Andalucía, santas Flora y María, vírgenes y mártires, que en la persecución llevada a cabo por los musulmanes fueron encarceladas con san Eulogio y después muertas a espada.

La «Passio» de estas dos vírgenes mártires fue escrita por san Eulogio de Córdoba, que las conoció en la cárcel. Flora, nacida en Córdoba de padre musulmán y madre cristiana, fue educada por ésta, después de la muerte de su marido, en la religión católica. Para evitar el constante choque con su hermano musulmán y para mejor dedicarse a la piedad y la penitencia, hacia el 845 se alejó de su casa, y fue a vivir con su hermana Baldegoto. Debido a esta fuga, delatada por su hermano, fueron detenidos algunos clérigos y fieles, y Flora regresó a su casa. Denunciada por su hermano al cadí (juez) bajo la acusación de apostasía, fue brutalmente golpeada. Cuando la soltaron volvió a escapar y permaneció oculta durante seis años en las cercanías de Martos (Jaén); entonces, encendida en deseo del martirio, regresó a Córdoba, donde en la basílica de San Acisclo conoció a María (llamada también indistintamente Marta), que se había criado en el monasterio de Santa María de Cuteclara, cerca de Córdoba, bajo la orientación de la viuda Artemia. Desde que fuera martirizado su hermano monje, el diácono Wallabonso, María había dejado el monasterio en busca del martirio.

Encontrándose así, Flora y María fueron ante el cadí a profesar públicamente su fe católica. Puestas en la cárcel, fueron visitadas por san Eulogio, que también estaba en la misma prisión, y, movido por la fortaleza y el sufrimiento de las dos vírgenes, en cuanto regresó a su celda comenzó a escribir para ellas ese ardiente tratado, el «Documentum Martyriale», que es la más noble apología y exhortación al martirio. Varias veces interrogadas y juzgadas por el cadí, perseveraron firmes en la fe, y por ello fueron decapitadas el 24 de noviembre del 851, durante la cruel persecución del emir Abd-e-Rahman II. Sus cuerpos, abandonados en el campo pero respetados por los mismos animales, fueron luego arrojados al río Guadalquivir, pero el cuerpo de María fue encontrado y enterrado por los cristianos en la iglesia del monasterio de Cuteclara. Las cabezas de las dos mártires fueron colocadas en la basílica de San Acisclo. San Eulogio, que atribuye a la intercesión de las dos vírgenes su puesta en libertad pocos días después, dio la noticia del martirio en dos cartas dirigidas a su amigo Álvaro Paulo y a la hermana de Flora, Baldegoto, y coloca su informe en su «Memoriale Sanctorum».

Santas Flora y María, rogad por nosotros.

SANTA CECILIA, VIRGEN Y MARTIR (22 DE NOVIEMBRE)

SANTA CECILIA, VIRGEN  Y MARTIR

SANTA CECILIALas «Actas del Martirio de Santa Cecilia» tienen su origen hacia la mitad del siglo quinto, y han sido transmitidas en numerosos manuscritos, así como traducidas al griego. Fueron asimismo utilizadas en los prefacios de las misas del mencionado «Sacramentarium Leonianum». Ellas nos informan que Cecilia, una virgen de familia senatorial y cristiana desde su infancia, fue dada en matrimonio por sus padres a un noble joven pagano, Valeriano. Cuando, tras la celebración del matrimonio, la pareja se retira a la cámara nupcial, Cecilia cuenta a Valeriano que ella está comprometida con el Señor y que un ángel celosamente guarda su cuerpo, por lo que Valeriano debe tener cuidado de no violar su virginidad. Valeriano desea ver al ángel, y Cecilia lo manda ir a la tercera piedra miliaria de la Via Appia, donde se encontrará con el obispo de Roma, Urbano. Valeriano obedeció, fue bautizado por el papa y regresó a Cecilia hecho cristiano. Entonces se apareció un ángel a los dos y los coronó con rosas y azucenas. Cuando Tiburcio, el hermano de Valeriano, se acercó a ellos, también fue ganado para Cristo. Como celosos hijos de la Fe ambos hermanos distribuyeron ricas limosnas y enterraron los cuerpos de los confesores que habían muerto por Cristo. El prefecto, Turcio Almaquio, los condenó a muerte; el funcionario del prefecto, Máximo, fue designado para ejecutar la sentencia, se convirtió y sufrió el martirio con los dos hermanos. Sus restos fueron enterrados en una tumba por Cecilia. Ahora la propia Cecilia fue buscada por los funcionarios del prefecto. Después de una gloriosa profesión de fe, fue condenada a morir asfixiada en el baño de su propia casa. Pero, como permaneciera ilesa en el ardiente cuarto, el prefecto la hizo decapitar allí mismo. El verdugo dejó caer su espada tres veces sin que se separara la cabeza del tronco, y huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Vivió tres días más, hizo disposiciones en favor de los pobres y ordenó que, tras su muerte, su casa fuera dedicada como templo. Urbano la enterró entre los obispos y los confesores, es decir, en la catacumba Calixtina.

Acoge con bondad nuestras súplicas, Señor, y, por intercesión de Santa Cecilia, dígnate escucharnos.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Santa Cecilia, ruega por nosotros.

SAN EDMUNDO, MARTIR (20 DE NOVIEMBRE)

SAN EDMUNDO, MARTIR

SAN EDMUNDOEn el siglo IX, los daneses empezaron a hacer incursiones cada vez más frecuentes en las costas de Inglaterra. A mediados del siglo, «los paganos pasaron el primer invierno en nuestra tierra». El día de Navidad del año 855, los nobles y el clero de Norfolk, reunidos en Attleborough, coronaron por rey a Edmundo, quien tenía entonces catorce años. Al año siguiente, el pueblo de Suffolk reconoció también su soberanía. Se dice que fue un gobernante tan talentoso y hábil como virtuoso. Para emular al rey David y poder participar en los divinos oficios, aprendió todo el salterio de memoria. El benedictino Lidgate escribió en el siglo XV: «Era piadoso y bueno, celestialmente alegre, prudente en sus actos, y la gracia se manifestaba poderosamente en él …» Por entonces, tuvo lugar la más numerosa de las invasiones que los daneses habían llevado a cabo hasta entonces. La «Crónica Anglo-Sajona» dice: «Un poderoso ejército de daneses desembarcó en el país de los anglos. Allí pasaron el invierno y se les proporcionaron caballos. Los anglos hicieron la paz con ellos». Los invasores cruzaron el Humber y tomaron York. En seguida avanzaron con dirección a Mercia, hasta Nottingham, saqueando, quemando y esclavizando. El año 870, cruzaron Mercia, de vuelta a Anglia del este, y establecieron sus cuarteles de invierno en Thetford. «En aquel invierno, Edmundo les presentó batalla, los daneses triunfaron, mataron al rey, sometieron a toda la tierra y destruyeron todos los monasterios que encontraron».

Este resumen corto y escueto nos dice cuanto sabemos con certeza sobre la muerte de san Edmundo. Alban Butler resume de la manera siguiente las tradiciones que se encuentran en Abbo de Fleury y otros cronistas: Los bárbaros invadieron los dominios de san Edmundo, incendiaron la ciudad de Thetford (que habían tomado por sorpresa) y sembraron la desolación por donde pasaron. El rey reunió apresuradamente un ejército. En las cercanías de Thetford se enfrentó con un destacamento de daneses y estuvo a punto de ganar la batalla. Pero, poco después, llegaron refuerzos al enemigo. Viendo que no podía presentar batalla con un ejército tan reducido como el suyo, san Edmundo se retiró a su castillo de Framlingham de Suffolk. El jefe de los bárbaros, Ingvar, le propuso la paz bajo condiciones que el monarca no podía aceptar, tanto por motivos religiosos como por la lealtad que debía a sus súbditos. No le quedó, pues, otro remedio que huír, pero fue rodeado por el enemigo en Hoxne, a orillas de Waveney. Según otros autores, permitió voluntariamente que le tomasen preso en la iglesia. Nuevamente se le hicieron proposiciones inadmisibles que el santo desechó, declarando que amaba más su religión que su propia vida y que jamás salvaría ésta al precio de aquélla. Entonces, Ingvar mandó que le atasen a un árbol y le azotasen. San Edmundo soportó el tormento con mansedumbre, invocando el nombre de Jesús. En seguida le cosieron a flechazos, pero sin darle muerte, de suerte que su cuerpo «parecía un erizo, cuya piel está cubierta de púas, o un puercoespín». Finalmente, Ingvar desató al santo, le arrancó del árbol al que le habían clavado las flechas y mandó que le decapitasen.

Dios todopoderoso y eterno, que concediste a San Edmundo luchar por la fe hasta derramar su sangre, haz que, ayudados por su intercesión, soportemos por tu amor nuestras dificultades y con valentía caminemos hacia ti que eres la fuente de toda tu vida.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

San Edmundo, ruega por nosotros.

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