AUDIO-DOCUMENTAL EL GOLPE A BENEDICTO XVI – TODO SOBRE SU RENUNCIA

Sanguis et Aqua han presentado un fascinante a la par que inquietante audio-documental sobre la renuncia de SS Benedicto XVI y los factores que la han rodeado. Se lo recomendamos con creces ya que consideramos que los hechos veridicos que presentan pueden ser claves para comprender la situación actual en la que se encuentra el mundo.
Que cada uno saque sus propias conclusiones.

“Su Santidad el verdadero y único Papa Benedicto XVI sufrió un golpe de estado a manos de las fuerzas de Satanás que en estos momentos ya controlan el trono de San Pedro. (…) En este programa les describimos factores a tener en cuenta que han rodeado el golpe de estado a Benedicto XVI. Compartan esta información, la fe, la salvación de las almas y la propia Iglesia están en juego. Que Dios les bendiga.”

DIOS MIO, DIOS MIO ¿POR QUÉ LE HEMOS ABANDONADO?

Es sorprendente como el mundo católico lleno de alegría por recibir al nuevo Pontífice ha pasado por alto un hecho que a nuestro entender es, como poco, alarmante; y precisamente por eso escribimos este artículo para tratar de tocar las conciencias de los fieles católicos para que jamás se vuelva a repetir ni a permitir lo que se ha vivido este año.

 Sí, queridos hermanos, estamos hablando de la injusticia que Su Santidad Benedicto XVI ha tenido que sufrir incluso desde antes de su Pontificado, durante el tiempo del mismo, y que ha culminado con su renuncia.

 Cierto es que la elección de un nuevo Pontífice siempre llena de alegría todas las almas devotas, entre las que nos incluimos, pero esta vez, había algo que todo el mundo olvido demasiado rápido: ¡Benedicto XVI había renunciado!  Algo inaudito que, por mucho que digan, jamás se ha dado en la historia en las circunstancias que todo esto ha sucedido.

 A todos nos ha cogido por sorpresa esta noticia, y aun después de estos meses cuesta recordar ese momento de la historia de la Iglesia. Y precisamente por eso, hoy quisiéramos pedir que todos los católicos -y aún no católicos- hagan memoria y analicen sus conciencias, porque muy fácilmente olvidamos cuando no nos conviene recordar.

 ¿Qué ha sucedido durante todo el pontificado de S.S. Benedicto XVI?

 Pues comenzaremos desde el principio: los días previos a su elección.

 El mundo conmocionado por la muerte de Su Santidad el ahora beato Juan Pablo II, no cesaba de mirar con recelos al por el momento Cardenal Ratzinger  ante la posibilidad de su  elección, ya que su carrera como Teólogo y hombre de fe era sobresaliente y tenía todas las papeletas de ser elegido.

 Los apelativos no tardaron en llegar, e incluso antes de que el mundo viese salir al Balcón de la Plaza de San Pedro al nuevo Pontífice, ya estaban criticándole en todos los medios de comunicación y centrando su atención, no en aplaudir al nuevo Pontífice, sino en afirmar que fuese como fuese e hiciese lo que hiciese no le iba a llegar a su predecesor  “ni a la suela de los zapatos” y que “a ver si no duraba mucho y solo era un papa de transición”.

 Que Dios me perdone, pero el hecho de atreverse a hacer esta clase de afirmaciones no tiene calificativo posible, y sin embargo,  el mundo católico calló y pasó por alto estas aberraciones como parte del duelo por el fallecimiento del gran Juan Pablo II.

 Sin embargo, con el paso de los días se vio que algo atípico estaba pasando en torno a la figura de Benedicto.

 Los medios de comunicación, que por supuesto acabaron manipulando la opinión social global, no dejaron de acusarle durante todo su pontificado con toda clase de calumnias por multitud de escándalos, gritando su dimisión y hasta llegando a amenazarlo con llevarlo a los tribunales.

 Siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, Benedicto dio la cara defendiendo a toda la Iglesia y cargando sobre él la responsabilidad de actos que a mala fe fueron hechos por enemigos de la Iglesia.

 Y los que en otro tiempo se hubieran levantado con tal de que el Sumo Pontífice no sufriese daño alguno, sus propios hermanos de dentro de la Iglesia católica entre los que nos debemos incluir todos nosotros le abandonamos. Las opiniones pasaron a ser extremistas: o bien se acusaba de manera abierta a Benedicto XVI o bien se permanecía en silencio. Pocas voces se escucharon que le defendiesen. Y como había pasado con Cristo en su momento, ante la prueba todos le abandonamos, y dejamos así, solo y vendido en manos del enemigo al que era el representante de Cristo y custodio de su Santa Iglesia.

 Desde el principio del pontificado, Benedicto XVI no cesó de hablar de los enemigos de la Iglesia, que estaban atacándola y que teníamos que dar la cara por ella, que se habían infiltrado incluso dentro de sus filas y que no cesásemos de pedir al Señor por el bien de la Santa Iglesia tan gravemente amenazada…

 ¿Quién le escuchó? Nadie. Todos estaban distraídos pidiendo que “rodara su cabeza” y su dimisión inmediata. Su rechazo llegó incluso desde la propia política internacional, subvencionando movimientos como aquel paralelo a la JMJ en Madrid con aquel detestable “Benedicto: yo no te espero”, y las manifestaciones ateas a lo largo y ancho de este mundo que desplegaban pancartas ridiculizando y amenazando al Santo Padre.

 El escándalo Vatileaks sacó al público lo que Benedicto XVI había afirmado en muchas ocasiones: la presencia de enemigos en las filas de la Iglesia Católica que estaban tratando de socavar sus cimientos desde dentro, y sin embargo, la opinión pública, en lugar de abrir los ojos a la verdad, culpó al Pontífice de lo sucedido y con toda clase de calumnias aprovecharon para añadir peso sobre la cruz que apenas podía ya soportar y que no le correspondía cargar, ya que era inocente.

 Después de varios años sufriendo una cruz que jamás debía haber cargado solo, con el anuncio de su renuncia, realizada del modo más humilde y sincero, manteniendo en silencio todo su dolor, pero expresándolo por sus lágrimas, se podría haber esperado un poco más de piedad cara a su persona, pero en lugar de apoyarle, de animarle y de permanecer a su lado, el mundo que jamás le abrió el corazón, lo dejo ir sin más, sin preguntas, sin cuestionamientos. Al contrario, la única alabanza que este Gran Siervo de Dios tuvo en su vida pública ha sido esta: el mundo aplaudió su renuncia.

 Muchos afirmaron en su momento que parecía que había una conspiración en su contra, pero se pensó que estos ataques tan bien coordinados iban destinados únicamente a destruir a la Iglesia Católica en general, pero a día de hoy todo lo sucedido da mucho que pensar.

 Al contemplar a todos los medios de comunicación volcados en aplaudir hasta el último detalle de Francisco I aun antes de que hiciese nada, mientras que Benedicto XVI fue martirizado en vida y relegado al olvido en una habitación perdida del fondo del Vaticano, un pesar invade nuestra alma.

 ¿Por qué se ha cometido tal injusticia? ¿Por qué hemos permanecido en silencio?

 Mientras fue cardenal, nadie se ha alzado a denunciar las injurias que padecía un Ministro de Cristo, mientras fue Papa, nadie se ha levantado a defender de las calumnias al mismísimo Vicario de Cristo, y ahora, que ha sido relegado en su ancianidad al olvido, nadie le recuerda. Sin duda, un día se nos pedirá cuentas de todo lo acontecido, porque todos, todos y cada uno de nosotros, le hemos dejado solo.

BXVI

Recemos por él y no permitamos que esta escena vuelva a repetirse.

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Para quien desee profundizar un poco más, les dejo el siguiente link donde un sacerdote nos habla de la injusticia cometida contra Benedicto XVI:    http://es.gloria.tv/?media=410663

EVANGELIO DOMINGO 21 DE ABRIL 2013

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 10,27-30.

Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano.

Aquello que el Padre me ha dado lo superará todo, y nadie puede arrebatarlo de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos una sola cosa.»

Palabra del Señor

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En el día de hoy celebramos el día del Buen Pastor y este evangelio nos explica perfectamente lo que esto significa.

 El Buen Pastor no es aquel que malcría a sus ovejas y trata de que le sigan con falsos señuelos para luego en la primera dificultad que se presente dejarlas abandonadas.

El Buen Pastor, es aquel que ama a las ovejas de tal forma que, aparte de proporcionarles todo lo que necesitan, en caso de peligro es capaz de arriesgar su vida con tal de evitar que su rebaño y sus ovejas sufran ningún daño. Ese Buen Pastor, que buscará a la oveja perdida hasta encontrarla, y que conoce a su rebaño no ya en conjunto, sino una por una por su nombre propio. El Buen Pastor es el que da su vida por sus ovejas.

El Buen Pastor es Cristo, y su Santa Iglesia su Rebaño.

Pero atendamos a las características de las ovejas que pertenecen a este Rebaño Elegido.

Pues bien, Cristo nos dice: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco. Ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Nunca perecerán y nadie las arrebatará jamás de mi mano.”

Lo primero es que debemos ser capaces de escuchar su Voz, y distinguirla de las voces de los intrusos que haciéndose pasar por el pastor, solo vienen a destruir.

Si reconocemos la Voz del Buen Pastor y le seguimos, Él nos reconocerá, nos llamará por nuestro nombre y nos concederá la Vida Eterna. Y si perseveramos en la fe y nos mantenemos fieles a su lado, esforzándonos por conocer y seguir sus mandatos, Él nos defenderá de toda tribulación y pase lo que pase, Satanás no volverá a tener dominio sobre nosotros, porque el Señor mismo nos protege.

Esforcémonos por tanto en pertenecer a su Rebaño, y tengamos cuidado, porque en medio de las ovejas también hay borregos, que se niegan a reconocer la verdad que tienen delante de sus ojos, y dejándose llevar por sus impulsos, como animales se lanzan en manada a las garras de Satanás, cayendo en pecado y siguiendo a falsos líderes que no son menos borregos que ellos, por seguir al Señor equivocado.

Que nadie se engañe, aquellos que por la soberbia de no querer considerarse parte del Redil de Cristo, acabarán tarde o temprano descuartizados por las fauces de Satanás.

Solo hay un Redil y un Buen Pastor por medio del cual podamos obtener la Vida Eterna. El Redil es la Santa Iglesia  y Cristo el Buen Pastor.

Curiosamente celebramos también siete años de la elección de Benedicto XVI como cabeza de la Iglesia.

El, como representante del Buen Pastor, no dudo en sacrificar su vida por anunciar a Cristo y ha sido capaz de aceptar y soportar con paciencia todos los sufrimientos y persecuciones que ha sufrido durante su Pontificado, pues desde el primer momento se ha levantado una campaña mediática en su contra y le han atacado desde fuera y desde dentro de la misma Iglesia.

Desde Cruzada por Cristo queremos enviar todo nuestro apoyo a Benedicto XVI, pediros que elevemos nuestras oraciones y súplicas en este día por él y por la Santa Iglesia.

ÚLTIMO MENSAJE DE BENEDICTO XVI

Plaza de San Pedro Miércoles 27 de febrero de 2013

Queridos hermanos y hermanas:

Muchas gracias por haber venido a esta última audiencia general de mi pontificado. Asimismo, doy gracias a Dios por sus dones, y también a tantas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado en estos años con espíritu de fe y humildad. Agradezco a todos el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión importante, que he tomado con plena libertad.

Desde que asumí el ministerio petrino en el nombre del Señor he servido a su Iglesia con la certeza de que es Él quien me ha guiado. Sé también que la barca de la Iglesia es suya, y que Él la conduce por medio de hombres. Mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz. En este Año de la fe invito a todos a renovar la firme confianza en Dios, con la seguridad de que Él nos sostiene y nos ama, y así todos sientan la alegría de ser cristianos.

* * *

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de los países latinoamericanos, que hoy han querido acompañarme. Os suplico que os acordéis de mí en vuestra oración y que sigáis pidiendo por los Señores Cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir a un nuevo Sucesor en la Cátedra del apóstol Pedro. Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia.

Muchas gracias. Que Dios os bendiga.

S. S. BENEDICTO XVI

MENSAJE DE S.S. BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2013

Creer en la caridad suscita caridad «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16)

Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la Cuaresma, en el marco del Año de la fe, nos ofrece una ocasión preciosa para meditar sobre la relación entre fe y caridad: entre creer en Dios, el Dios de Jesucristo, y el amor, que es fruto de la acción del Espíritu Santo y nos guía por un camino de entrega a Dios y a los demás.

1. La fe como respuesta al amor de Dios

En mi primera Encíclica expuse ya algunos elementos para comprender el estrecho vínculo entre estas dos virtudes teologales, la fe y la caridad. Partiendo de la afirmación fundamental del apóstol Juan: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16), recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4,10), ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual Dios viene a nuestro encuentro» (Deus caritas est, 1). La fe constituye la adhesión personal ―que incluye todas nuestras facultades― a la revelación del amor gratuito y «apasionado» que Dios tiene por nosotros y que se manifiesta plenamente en Jesucristo. El encuentro con Dios Amor no sólo comprende el corazón, sino también el entendimiento: «El reconocimiento del Dios vivo es una vía hacia el amor, y el sí de nuestra voluntad a la suya abarca entendimiento, voluntad y sentimiento en el acto único del amor. Sin embargo, éste es un proceso que siempre está en camino: el amor nunca se da por “concluido” y completado» (ibídem, 17). De aquí deriva para todos los cristianos y, en particular, para los «agentes de la caridad», la necesidad de la fe, del «encuentro con Dios en Cristo que suscite en ellos el amor y abra su espíritu al otro, de modo que, para ellos, el amor al prójimo ya no sea un mandamiento por así decir impuesto desde fuera, sino una consecuencia que se desprende de su fe, la cual actúa por la caridad» (ib., 31a). El cristiano es una persona conquistada por el amor de Cristo y movido por este amor ―«caritas Christi urget nos» (2 Co 5,14)―, está abierto de modo profundo y concreto al amor al prójimo (cf. ib., 33). Esta actitud nace ante todo de la conciencia de que el Señor nos ama, nos perdona, incluso nos sirve, se inclina a lavar los pies de los apóstoles y se entrega a sí mismo en la cruz para atraer a la humanidad al amor de Dios.

«La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor… La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz ―en el fondo la única― que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar» (ib., 39). Todo esto nos lleva a comprender que la principal actitud característica de los cristianos es precisamente «el amor fundado en la fe y plasmado por ella» (ib., 7).

2. La caridad como vida en la fe

Toda la vida cristiana consiste en responder al amor de Dios. La primera respuesta es precisamente la fe, acoger llenos de estupor y gratitud una inaudita iniciativa divina que nos precede y nos reclama. Y el «sí» de la fe marca el comienzo de una luminosa historia de amistad con el Señor, que llena toda nuestra existencia y le da pleno sentido. Sin embargo, Dios no se contenta con que nosotros aceptemos su amor gratuito. No se limita a amarnos, quiere atraernos hacia sí, transformarnos de un modo tan profundo que podamos decir con san Pablo: ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (cf. Ga 2,20).

Cuando dejamos espacio al amor de Dios, nos hace semejantes a él, partícipes de su misma caridad. Abrirnos a su amor significa dejar que él viva en nosotros y nos lleve a amar con él, en él y como él; sólo entonces nuestra fe llega verdaderamente «a actuar por la caridad» (Ga 5,6) y él mora en nosotros (cf. 1 Jn 4,12).

La fe es conocer la verdad y adherirse a ella (cf. 1 Tm 2,4); la caridad es «caminar» en la verdad (cf. Ef 4,15). Con la fe se entra en la amistad con el Señor; con la caridad se vive y se cultiva esta amistad (cf. Jn 15,14s). La fe nos hace acoger el mandamiento del Señor y Maestro; la caridad nos da la dicha de ponerlo en práctica (cf. Jn 13,13-17). En la fe somos engendrados como hijos de Dios (cf. Jn 1,12s); la caridad nos hace perseverar concretamente en este vínculo divino y dar el fruto del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22). La fe nos lleva a reconocer los dones que el Dios bueno y generoso nos encomienda; la caridad hace que fructifiquen (cf. Mt 25,14-30).

3. El lazo indisoluble entre fe y caridad

A la luz de cuanto hemos dicho, resulta claro que nunca podemos separar, o incluso oponer, fe y caridad. Estas dos virtudes teologales están íntimamente unidas por lo que es equivocado ver en ellas un contraste o una «dialéctica». Por un lado, en efecto, representa una limitación la actitud de quien hace fuerte hincapié en la prioridad y el carácter decisivo de la fe, subestimando y casi despreciando las obras concretas de caridad y reduciéndolas a un humanitarismo genérico. Por otro, sin embargo, también es limitado sostener una supremacía exagerada de la caridad y de su laboriosidad, pensando que las obras puedan sustituir a la fe. Para una vida espiritual sana es necesario rehuir tanto el fideísmo como el activismo moralista.

La existencia cristiana consiste en un continuo subir al monte del encuentro con Dios para después volver a bajar, trayendo el amor y la fuerza que derivan de éste, a fin de servir a nuestros hermanos y hermanas con el mismo amor de Dios. En la Sagrada Escritura vemos que el celo de los apóstoles en el anuncio del Evangelio que suscita la fe está estrechamente vinculado a la solicitud caritativa respecto al servicio de los pobres (cf. Hch 6,1-4). En la Iglesia, contemplación y acción, simbolizadas de alguna manera por las figuras evangélicas de las hermanas Marta y María, deben coexistir e integrarse (cf. Lc 10,38-42). La prioridad corresponde siempre a la relación con Dios y el verdadero compartir evangélico debe estar arraigado en la fe (cf. Audiencia general 25 abril 2012). A veces, de hecho, se tiene la tendencia a reducir el término «caridad» a la solidaridad o a la simple ayuda humanitaria. En cambio, es importante recordar que la mayor obra de caridad es precisamente la evangelización, es decir, el «servicio de la Palabra». Ninguna acción es más benéfica y, por tanto, caritativa hacia el prójimo que partir el pan de la Palabra de Dios, hacerle partícipe de la Buena Nueva del Evangelio, introducirlo en la relación con Dios: la evangelización es la promoción más alta e integral de la persona humana. Como escribe el siervo de Dios el Papa Pablo VI en la Encíclica Populorum progressio, es el anuncio de Cristo el primer y principal factor de desarrollo (cf. n. 16). La verdad originaria del amor de Dios por nosotros, vivida y anunciada, abre nuestra existencia a aceptar este amor haciendo posible el desarrollo integral de la humanidad y de cada hombre (cf. Caritas in veritate, 8).

En definitiva, todo parte del amor y tiende al amor. Conocemos el amor gratuito de Dios mediante el anuncio del Evangelio. Si lo acogemos con fe, recibimos el primer contacto ―indispensable― con lo divino, capaz de hacernos «enamorar del Amor», para después vivir y crecer en este Amor y comunicarlo con alegría a los demás.

A propósito de la relación entre fe y obras de caridad, unas palabras de la Carta de san Pablo a los Efesios resumen quizá muy bien su correlación: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe. En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (2,8-10). Aquí se percibe que toda la iniciativa salvífica viene de Dios, de su gracia, de su perdón acogido en la fe; pero esta iniciativa, lejos de limitar nuestra libertad y nuestra responsabilidad, más bien hace que sean auténticas y las orienta hacia las obras de la caridad. Éstas no son principalmente fruto del esfuerzo humano, del cual gloriarse, sino que nacen de la fe, brotan de la gracia que Dios concede abundantemente. Una fe sin obras es como un árbol sin frutos: estas dos virtudes se necesitan recíprocamente. La cuaresma, con las tradicionales indicaciones para la vida cristiana, nos invita precisamente a alimentar la fe a través de una escucha más atenta y prolongada de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos y, al mismo tiempo, a crecer en la caridad, en el amor a Dios y al prójimo, también a través de las indicaciones concretas del ayuno, de la penitencia y de la limosna.

4. Prioridad de la fe, primado de la caridad

Como todo don de Dios, fe y caridad se atribuyen a la acción del único Espíritu Santo (cf. 1 Co 13), ese Espíritu que grita en nosotros «¡Abbá, Padre!» (Ga 4,6), y que nos hace decir: «¡Jesús es el Señor!» (1 Co 12,3) y «¡Maranatha!» (1 Co 16,22; Ap 22,20).

La fe, don y respuesta, nos da a conocer la verdad de Cristo como Amor encarnado y crucificado, adhesión plena y perfecta a la voluntad del Padre e infinita misericordia divina para con el prójimo; la fe graba en el corazón y la mente la firme convicción de que precisamente este Amor es la única realidad que vence el mal y la muerte. La fe nos invita a mirar hacia el futuro con la virtud de la esperanza, esperando confiadamente que la victoria del amor de Cristo alcance su plenitud. Por su parte, la caridad nos hace entrar en el amor de Dios que se manifiesta en Cristo, nos hace adherir de modo personal y existencial a la entrega total y sin reservas de Jesús al Padre y a sus hermanos. Infundiendo en nosotros la caridad, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la abnegación propia de Jesús: filial para con Dios y fraterna para con todo hombre (cf. Rm 5,5).

La relación entre estas dos virtudes es análoga a la que existe entre dos sacramentos fundamentales de la Iglesia: el bautismo y la Eucaristía. El bautismo (sacramentum fidei) precede a la Eucaristía (sacramentum caritatis), pero está orientado a ella, que constituye la plenitud del camino cristiano. Análogamente, la fe precede a la

caridad, pero se revela genuina sólo si culmina en ella. Todo parte de la humilde aceptación de la fe («saber que Dios nos ama»), pero debe llegar a la verdad de la caridad («saber amar a Dios y al prójimo»), que permanece para siempre, como cumplimiento de todas las virtudes (cf. 1 Co 13,13).

Queridos hermanos y hermanas, en este tiempo de cuaresma, durante el cual nos preparamos a celebrar el acontecimiento de la cruz y la resurrección, mediante el cual el amor de Dios redimió al mundo e iluminó la historia, os deseo a todos que viváis este tiempo precioso reavivando la fe en Jesucristo, para entrar en su mismo torrente de amor por el Padre y por cada hermano y hermana que encontramos en nuestra vida. Por esto, elevo mi oración a Dios, a la vez que invoco sobre cada uno y cada comunidad la Bendición del Señor.

Vaticano, 15 de octubre de 2012

BENEDICTUS PP. XVI

ULTIMO ÁNGELUS DE BENEDICTO XVI

A continuación se incluye el video del último Angelus de Su Santidad Benedicto XVI como Pontífice.

GRACIAS, BENEDICTO XVI

Hoy 24 de Febrero, Su Santidad Benedicto XVI concedió su última audiencia pública en el Angelus de hoy.

Para agradecer al Santo Padre por estos años de pontificado, recordemos su primera homilia, que realizó nada más ser elegido como sucesor de Pedro.

“¡Gracias y paz en abundancia para vosotros! En mi alma conviven en estas horas dos sentimientos contrastantes. Por una parte, un sentido de inadecuación y de turbación humana por la responsabilidad que me han confiado ayer de cara a la Iglesia universal, como sucesor del apóstol Pedro en esta sede de Roma. Por otra parte, siento viva en mí una gratitud profunda a Dios que, como nos hace cantar la liturgia, no abandona su rebaño, sino que lo conduce a través de los tiempos bajo la guía de aquellos que El mismo ha elegido vicarios de su Hijo y ha constituido pastores.

Queridísimos, este agradecimiento íntimo por un don de la misericordia divina prevalece en mi corazón a pesar de todo. Y considero este hecho una gracia especial que me ha concedido mi venerado predecesor Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras, dirigidas, en este momento, particularmente a mí: “¡No tengas miedo!”.

La muerte del Santo Padre Juan Pablo II y los días siguientes, han sido para la Iglesia y para el mundo entero un tiempo extraordinario de gracia. El gran dolor por su desaparición y el sentido de vacío que ha dejado en todos se han templado con la acción de Cristo resucitado, que se ha manifestado durante largos días en la oleada coral de fe, de amor y de solidaridad espiritual, culminada en sus exequias solemnes.

Podemos decirlo: los funerales de Juan Pablo II han sido una experiencia verdaderamente extraordinaria en la que se ha percibido de alguna forma la potencia de Dios que, a través de su Iglesia, quiere formar con todos los pueblos una gran familia, mediante la fuerza unificadora de la Verdad y del Amor. En la hora de la muerte, conformado con su Maestro y Señor, Juan Pablo II coronó su largo y fecundo pontificado, confirmando en la fe al pueblo cristiano, reuniéndolo en torno a sí y haciendo sentirse más unida a la entera familia humana. ¿Cómo no sentirse sostenidos por este testimonio? ¿Cómo no advertir el aliento que procede de este acontecimiento de gracia?

Sorprendiendo toda previsión mía, la Providencia divina, a través del voto de los venerados padres cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. Vuelvo a pensar en estas horas en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años. Me parece escuchar las palabras de Pedro:”Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” y la solemne afirmación del Señor: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (…) Te daré las llaves del reino de los cielos”.

¡Tu eres Cristo! ¡Tu eres Pedro! Me parece revivir la misma escena evangélica; yo, sucesor de Pedro, repito con trepidación las palabras trepidantes del pescador de Galilea y vuelvo a escuchar con emoción íntima la consoladora promesa del divino Maestro. Si es enorme el peso de la responsabilidad que cae sobre mis pobres hombros, es ciertamente desmesurada la potencia divina sobre la que puedo contar: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Al elegirme como obispo de Roma, el Señor me ha querido vicario suyo, me ha querido “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad. A El pido que supla a la pobreza de mis fuerzas, para que sea valiente y fiel pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Me dispongo a emprender este ministerio peculiar, el ministerio “petrino” al servicio de la Iglesia universal, con humilde abandono en las manos de la Providencia de Dios. Es a Cristo en primer lugar a quien renuevo mi adhesión total y confiada: “In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!”.

A vosotros, señores cardenales, con ánimo grato por la confianza que me habéis demostrado, os pido que me sostengáis con la oración y con la colaboración, constante, sapiente y activa. Pido también a todos los hermanos en el episcopado que estén a mi lado con la oración y con el consejo, para que pueda ser verdaderamente el “Servus Servorum Dei”. Como Pedro y los otros apóstoles constituyeron por voluntad del Señor un único colegio apostólico, del mismo modo el sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los apóstoles -el Concilio lo ha reafirmado con fuerza- deben estar estrechamente unidos entre ellos. Esta comunión colegial, si bien en la diversidad de roles y de funciones del romano pontífice y de los obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad de la fe, de la que depende de manera notable la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por lo tanto, sobre este sendero en que han avanzado mis venerados predecesores, quiero proseguir preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo.

Frente a mí está, en particular, el testimonio de Juan Pablo II. El deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro. Con el Gran Jubileo se ha introducido en el nuevo milenio, llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada re-lectura del Concilio Vaticano II. Justamente el Papa Juan Pablo II indicó ese concilio como “brújula” con la que orientarse en el vasto océano del tercer milenio. También en su testamento espiritual escribía: “Estoy convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse todavía durante mucho tiempo de las riquezas proporcionadas por este Concilio del siglo XX”.

Por lo tanto, yo también, cuando me preparo al servicio que es propio del sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza la voluntad decidida de proseguir en el compromiso de realización del Concilio Vaticano II, siguiendo a mis predecesores y en continuidad fiel con la tradición bimilenaria de la Iglesia. Este año cae el 40 aniversario de la conclusión de la asamblea conciliar (8 de diciembre de 1965). Con el pasar de los años los documentos conciliares no han perdido actualidad; por el contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes en relación con las nuevas instancias de la Iglesia y de la sociedad actual globalizada.

De manera muy significativa, mi pontificado inicia mientras la Iglesia vive el año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no ver en esta coincidencia providencial un elemento que debe caracterizar el ministerio al que estoy llamado? La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede dejar de constituir el centro permanente y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado.

La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que sigue entregándose a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con El, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.

En este año, por lo tanto, se tendrá que celebrar con relieve particular la solemnidad del Corpus Christi. La Eucaristía constituirá el centro de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia y en octubre, de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, cuyo tema será: “La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia”.

Pido a todos que intensifiquen en los próximos meses el amor y la devoción a Jesús Eucaristía y que expresen con valentía y claridad la fe en la esperanza real del Señor, sobre todo mediante la solemnidad y la dignidad de las celebraciones.

Lo pido de modo especial a los sacerdotes, en los que pienso en este momento con gran afecto. El sacerdocio ministerial nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía, como tantas veces subrayó mi venerado predecesor Juan Pablo II. “La existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, ‘forma eucarística’, escribió en su última carta para el Jueves Santo. A este fin contribuye sobre todo la devota celebración cotidiana de la Santa Misa, centro de la vida y de la misión del cada sacerdote.

Alimentados y sostenidos por la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse estimulados a tender a aquella plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. El Sucesor de Pedro sabe que tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo deseo del Maestro divino. A El se le ha confiado la tarea de confirmar a los hermanos.

Plenamente consciente, por tanto, al inicio de su ministerio en la Iglesia de Roma que Pedro ha regado con su sangre, su actual sucesor asume como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Esta es su ambición, este es su acuciante deber. Es consciente de que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Son precisos gestos concretos que entren en los ánimos y remuevan las conciencias, llevando a cada uno a aquella conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el camino del ecumenismo.

El diálogo teológico es necesario. También es indispensable profundizar en la motivaciones históricas de decisiones tomadas en el pasado. Pero lo que más urge es aquella “purificación de la memoria”, tantas veces evocada por Juan Pablo II, que únicamente puede preparar los ánimos a acoger la plena verdad de Cristo. Cada uno debe presentarse ante Dios, Juez supremo de todo ser vivo, consciente del deber de rendirle cuentas un día de lo que ha hecho o no ha hecho por el gran bien de la unidad plena y visible de todos sus discípulos.

El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta pregunta y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la fundamental causa del ecumenismo. Siguiendo a sus predecesores, está plenamente determinado a cultivar todas las iniciativas que puedan ser oportunas para promover los contactos y el entendimiento con los representantes de las diversas iglesias y comunidades eclesiales. A ellos, envía también en esta ocasión, el saludo más cordial en Cristo, único Señor de todos.

Vuelvo con la memoria en este momento a la inolvidable experiencia que hemos vivido todos con ocasión de la muerte y del funeral por el llorado Juan Pablo II. Junto a sus restos mortales, colocados en la tierra, se recogieron los jefes de las naciones, personas de todas las clases sociales, y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo de afecto y admiración. El mundo entero clavó su mirada en él con confianza. A muchos les pareció que aquella intensa participación, amplificada hasta los confines del planeta por los medios de comunicación social, fuese como una petición común de ayuda dirigida al Papa por parte de la humanidad, que turbada por incertidumbres y temores, se interroga sobre su futuro.

La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la tarea de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”. Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es hacer que resplandezca ante los hombres y mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo.

Con esta conciencia me dirijo a todos, también a aquellos que siguen otras religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y todavía no la han encontrado. Me dirijo a todos con sencillez y afecto, para asegurar que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, la búsqueda del verdadero bien del ser humano y de la sociedad.

Invoco de Dios la unidad y la paz para la familia humana y declaro la disponibilidad de todos los católicos a cooperar en un auténtico desarrollo social, respetuoso de la dignidad de todos los seres humanos.

No ahorraré esfuerzos y sacrificio para proseguir el prometedor diálogo iniciado por mis venerados predecesores, con las diversas civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos.

Pienso en particular en los jóvenes. A ellos, interlocutores privilegiados del Papa Juan Pablo II, dirijo mi afectuoso abrazo en espera -si Dios quiere-, de encontrarles en Colonia, con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Queridos jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogando y escuchando vuestras esperanzas para ayudaros a encontrar cada vez con mayor profundidad a Cristo viviente, el eternamente joven.

Mane nobiscum, Domine! ¡Señor, quédate con nosotros! Esta invocación, que es el tema dominante de la carta apostólica de Juan Pablo II para el Año de la Eucaristía, es la oración que brota de modo espontáneo de mi corazón, mientras me dispongo a iniciar el ministerio al que me ha llamado Cristo. Como Pedro, también yo renuevo a Dios mi promesa de fidelidad incondicional. Quiero servir solo a El, dedicándome totalmente al servicio de su Iglesia.

Invoco la materna intercesión de María Santísima para que sostenga esta promesa. En sus manos pongo el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia. Que intercedan también los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos.

Con estos sentimientos imparto a vosotros, venerados hermanos cardenales, a quienes participan en este rito y a cuantos lo siguen mediante la radio y la televisión una especial y afectuosa bendición”.

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