EVANGELIO MIERCOLES 6 DE NOVIEMBRE 2013

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 14,25-33.
Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo:
“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo.
El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla?
No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil?
Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Palabra del Señor

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 El hecho de que la familia y amistades puedan llegar a ser, pese a que  alguno le pese, causa de condenación, es algo que nadie quiere escuchar, y sin embargo es un hecho.

¿Cuántos miembros de nuestra familia reniegan de Dios? ¿Cuántas de nuestras amistades se pierden en conversaciones y aficiones pecaminosas? Y lo más importante de todo, ¿qué hacemos y qué no hacemos cuando estamos con ellos?

Avergonzados por el qué dirán, permitimos a diario que ultrajen en nombre del Señor ante nosotros y no decimos nada, permitimos que nuestros seres queridos caminen directos a la condenación  sin prevenirles porque no vaya a ser que se molesten, nos dejamos llevar por los criterios mundanos junto con nuestras amistades y acabamos si cabe pecando más que ellos, porque no vayamos a desencajar y que nos rechacen, decimos que queremos cumplir ante todo la voluntad de Dios, pero que no permita que suceda nada malo ni a nosotros ni a nuestra familia, porque entonces ponemos el grito en el Cielo, porque a la mínima de cambio que suceda algo que no nos guste, le echamos en cara el haberle servido antes y renegamos de Él o como poco, dejamos de servirle tan fervorosamente como antes y nos entregamos a nuestros intereses.

Pese a que muchos les cueste comprenderlo, nuestros peores enemigos son los de nuestra propia casa, pero no solo nuestra familia y amistades más íntimas, nuestro enemigo por excelencia lo tenemos en nosotros mismos, es nuestro amor propio, nuestro ego. ¡Y lo dice el mismo Cristo!

 “Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. “

¿Qué hacemos entonces? ¿Vivir bajo una doble moral?

Entendamos de una vez, que si por recelos humanos dejamos de cumplir la voluntad de Dios anteponiendo a nuestro padre, nuestra madre, nuestros hermanos, abuelos o amigos, nuestra pareja o  incluso a nosotros mismos a Dios,  habremos fracasado en lo único para lo que hemos venido a esta tierra, para salvar nuestra alma.

Porque haciendo eso demostramos que Dios no nos importa ni lo más mínimo, y que no hemos entendido absolutamente nada.

Pese a lo que el mundo diga, no somos dueños de nosotros mismos, el Señor es nuestro dueño, y por tanto, tiene derecho sobre nosotros a exigirnos lo que Él desee. Nos había preparado el paraíso y lo despreciamos, dio hasta la última gota de su Sangre en la Cruz sufriendo lo indecible por nosotros y le rechazamos, ahora, nos da un método sencillo para volver a Él (véase, su Santa Iglesia Católica, sus sacramentos y la oración constante) y nos atrevemos a decir que son inventos de hombres y que estamos sobre ellos.

¿Qué sucede? Que el Señor no es como nosotros, Él no es un déspota, Él no es un pecador, Él cumple sus promesas y nos ha dado libertad en esta vida – ¡No en la otra!- para decidir si queremos servirle con todas las de la ley o no.

Si elegimos servirnos a nosotros mismos y vivimos de ese modo, no esperemos que cuando Él nos llame a su presencia, plantarnos ante Él con toda nuestra desfachatez y caradura, presentarle nuestro inmenso lote de pecados y decirle “Hola Papa, aquí me tienes”, porque os aseguro que será arrojado fuera del Reino para siempre y habrá llanto y rechinar de dientes por toda la eternidad para ese necio.

La Misericordia de Dios es infinita, pero esto no significa que lo perdone todo. Únicamente perdona aquello de lo que estemos realmente arrepentidos y hayamos confesado en el sacramento que Él mismo estableció para ofrecer su perdón.

Por tanto, no nos dejemos arrastrar por los criterios de este mundo, ni siquiera por los criterios de las personas con las que vivimos, que pueden alejarnos de la verdad. Vivamos conformes a Cristo, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen para que podamos un día ser admitidos al Reino de los Cielos.

El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Obremos de manera que no tenga que decirse de nosotros entre risas: ‘Este comenzó a edificar y no pudo terminar’.

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SANTA FAUSTINA KOWALSKA (5 DE OCTUBRE)

SANTA FAUSTINA KOWALSKA

(1938)

SANTA FAUSTINA KOWALSKANació el 25 de agosto de 1905 como la tercera hija entre diez hermanos en la familia de Mariana y Estanislao Kowalski, campesinos de la aldea de Glogowiec. En el santo bautizo, celebrado en la iglesia parroquial de Swinice Warckie, se le impuso el nombre de Elena. Desde pequeña se destacó por el amor a la oración, la laboriosidad, la obediencia y una gran sensibilidad ante la pobreza humana. A los 9 años recibió la Primera Comunión. La vivió muy profundamente, consciente de la presencia del Huésped Divino en su alma. Su educación escolar duró apenas tres años. Al cumplir 16 años abandonó la casa familiar para, trabajando de empleada doméstica en casas de familias acomodadas de Aleksandrów, Lódz y Ostrówek, mantenerse a sí misma y ayudar a los padres.

Ya desde los 7 años sentía en su alma la llamada a la vida religiosa, pero ante la negativa de los padres para su entrada en el convento, intentó apagar dentro de sí la voz de la vocación divina. Sin embargo, apresurada por la visión de Cristo sufriente fue a Varsovia y allí, el 1 de agosto de 1925 entró en la Congregación de las Hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia donde, como sor María Faustina, vivió trece años. Trabajó en distintas casas de la Congregación. Pasó los períodos más largos en Cracovia, Plock y Vilna cumpliendo los deberes de cocinera, jardinera y portera.

Para quien la observara desde fuera nada hubiera delatado su singular intensa vida mística. Cumplía sus deberes con fervor, observaba fielmente todas las reglas del convento, era recogida y callada, pero a la vez natural, llena de amor benévolo y desinteresado al prójimo. Su vida, aparentemente ordinaria, monótona y gris, se caracterizó por la extraordinaria profundidad de su unión con Dios.

Su espiritualidad se basa en el misterio de la Divina Misericordia, que ella meditaba en la Palabra de Dios y contemplaba en lo cotidiano de su vida. El conocimiento y la contemplación del misterio de la Divina Misericordia desarrollaban en ella una actitud de confianza de niño hacia Dios y la caridad hacia el prójimo. Oh Jesús mío —escribió— cada uno de tus santos refleja en sí una de tus virtudes, yo deseo reflejar tu Corazón compasivo y lleno de misericordia, deseo glorificarlo. Que tu misericordia, oh Jesús, quede impresa sobre mi corazón y mi alma como un sello y éste será mi signo distintivo en esta vida y en la otra. (Diario 1242). Sor Faustina era una fiel hija de la Iglesia a la que amaba como a Madre y como el Cuerpo Místico de Jesucristo. Consciente de su papel en la Iglesia, colaboró con la Divina Misericordia en la obra de salvar a las almas perdidas. Con este propósito se ofreció como víctima cumpliendo el deseo del Señor Jesús y siguiendo su ejemplo. Su vida espiritual se caracterizó por el amor a la Eucaristía y por una profunda devoción a la Madre de la Divina Misericordia.

Los años de su vida en el convento abundaron en gracias extraordinarias: revelaciones, visiones, estigmas ocultos, la participación en la Pasión del Señor, el don de bilocación, los dones de leer en las almas humanas, de profecía y de desposorios místicos. Un contacto vivo con Dios, con la Santísima Madre, con ángeles, santos y almas del purgatorio: todo el mundo extraordinario no era para ella menos real que el mundo que percibía a través de los sentidos. Colmada de tantas gracias extraordinarias sabía, sin embargo, que no son éstas las que determinan la santidad. En el Diario escribió: Ni gracias, ni revelaciones, ni éxtasis, ni ningún otro don concedido al alma la hace perfecta, sino la comunión interior de mi alma con Dios. Estos dones son solamente un adorno del alma, pero no constituyen ni la sustancia ni la perfección. Mi santidad y perfección consisten en una estrecha unión de mi voluntad con la voluntad de Dios (Diario 1107).

El Señor Jesús escogió a sor Faustina por secretaria y apóstol de su misericordia para, a través de ella, transmitir al mundo su gran mensaje. En el Antiguo Testamento —le dijo— enviaba a los profetas con truenos a mi pueblo. Hoy te envío a ti a toda la humanidad con mi misericordia. No quiero castigar a la humanidad doliente, sino que deseo sanarla, abrazarla con mi Corazón misericordioso (Diario 1588).

La misión de sor Faustina consiste en 3 tareas:

– Acercar y proclamar al mundo la verdad revelada en la Sagrada Escritura sobre el amor misericordioso de Dios a cada persona.

– Alcanzar la misericordia de Dios para el mundo entero, y especialmente para los pecadores, por ejemplo a través de la práctica de las nuevas formas de culto a la Divina Misericordia, presentadas por el Señor Jesús: la imagen de la Divina Misericordia con la inscripción: Jesús, en ti confío, la fiesta de la Divina Misericordia, el primer domingo después de la Pascua de Resurrección, la coronilla a la Divina Misericordia y la oración a la hora de la Misericordia (las tres de la tarde). A estas formas de la devoción y a la propagación del culto a la Divina Misericordia el Señor Jesús vinculó grandes promesas bajo la condición de confiar en Dios y practicar el amor activo hacia el prójimo.

– La tercera tarea es inspirar un movimiento apostólico de la Divina Misericordia que ha de proclamar y alcanzar la misericordia de Dios para el mundo y aspirar a la perfección cristiana siguiendo el camino trazado por la beata sor María Faustina. Este camino es la actitud de confianza de niño hacia Dios que se expresa en cumplir su voluntad y la postura de caridad hacia el prójimo. Actualmente este movimiento dentro de la Iglesia abarca a millones de personas en el mundo entero: congregaciones religiosas, institutos laicos, sacerdotes, hermandades, asociaciones, distintas comunidades de apóstoles de la Divina Misericordia y personas no congregadas que se comprometen a cumplir las tareas que el Señor Jesús transmitió por sor María Faustina.

Sor María Faustina manifestó su misión en el Diario que escribió por mandato del Señor Jesús y de los confesores. Registró en él con fidelidad todo lo que Jesús le pidió y describió todos los encuentros de su alma con Él. Secretaria de mi más profundo misterio —dijo el Señor Jesús a sor María Faustina— tu misión es la de escribir todo lo que te hago conocer sobre mi misericordia para el provecho de aquellos que leyendo estos escritos, encontrarán en sus almas consuelo y adquirirán valor para acercarse a mí (Diario 1693). Esta obra acerca de modo extraordinario el misterio de la misericordia Divina. Atrae no solamente a la gente sencilla sino también a científicos que descubren en ella un frente más para sus investigaciones. El Diario ha sido traducido a muchos idiomas, por citar algunos: inglés, alemán, italiano, español, francés, portugués, árabe, ruso, húngaro, checo y eslovaco.

Sor María Faustina extenuada físicamente por la enfermedad y los sufrimientos que ofrecía como sacrificio voluntario por los pecadores, plenamente adulta de espíritu y unida místicamente con Dios murió en Cracovia el 5 de octubre de 1938, con apenas 33 años. La fama de la santidad de su vida iba creciendo junto con la propagación de la devoción a la Divina Misericordia y a medida de las gracias alcanzadas por su intercesión. Entre los años 1965-67 en Cracovia fue llevado a cabo el proceso informativo sobre su vida y sus virtudes y en 1968 se abrió en Roma el proceso de beatificación, concluido en diciembre de 1992. El 18 de abril de 1993, en la Plaza de San Pedro de Roma, el Santo Padre Juan Pablo II beatificó a Sor María Faustina. Sus reliquias yacen en el santuario de la Divina Misericordia de Cracovia-Lagiewniki.”

Fue canonizada por el Santo Padre Juan Pablo II el 30 de abril de 2000.

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EVANGELIO DOMINGO 4 DE AGOSTO 2013

Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,13-21):

En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»
Él le contestó: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?»
Y dijo a la gente: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»
Y les propuso una parábola: «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.” Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.” Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?” Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.»

Palabra del Señor

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En este evangelio el Señor nos da la clave para pasar nuestra existencia en la tierra.

«Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.»

En este mundo, las prioridades son bien conocidas por todos: éxito, honores, riquezas, satisfacciones, etc. y sin embargo, el obtenerlas no nos conceden otra cosa que unos pocos años “felices” en la tierra, y luego la perdición.

¿Merece la pena? Pues sin duda no.

Sin embargo, muchos creyentes nos perdemos en razonamientos absurdos que no llevan a ningún sitio más que a alejarnos de Dios. Estos razonamientos nos afectan tanto que incluso acudimos con ellos al Señor para hacerlo partícipe de nuestras codicias, sean del tipo que sean.

«Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.»

¿Qué hacemos? No tiene sentido vivir en el mundo como si fuésemos uno más cuando se nos ha dicho una y otra vez que el mundo pertenece al enemigo.

¿Cómo vamos a servir a dos señores y quedarnos tan contentos?

No, hermanos, no nos prostituyamos espiritualmente con doctrinas mundanas. Los siervos del Señor deben comportarse como tales y no dejarse encandilar por los señuelos satánicos que nos propone el mundo.

Si malgastamos nuestra vida acumulando pecados, uno tras otro, creyendo que nos es legítimo vivir al margen de Dios, nos llevaremos una terrible sorpresa tras la muerte.

Se nos dirá como al hombre rico de la parábola: “Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?”¿Son obras agradables a Dios o dignas del diablo?

Terminemos el comentario de este evangelio con la siguiente meditación extraída de los escritos de un gran siervo del Señor:

«Después del pecado ten esperanza en la misericordia; antes del pecado teme la divina justicia.» Y así es, en efecto. Porque no merece la misericordia de Dios el que se sirve de ella para ofenderle. La misercordia se usa con quien teme a Dios, no con quien la utiliza para no temerle. El que ofende a la justicia—dice él Abulense—, puede acudir a la misericordia; mas el que ofende a la misericordia, ¿a quién acudirá?

EVANGELIO SÁBADO 3 DE AGOSTO 2013

Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,1-12):

En aquel tiempo, el rey Herodes oyó lo que contaban de Jesús, y dijo a sus cortesanos: «Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».
Es que Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía que no le estaba permitido tenerla por mujer. Y aunque quería quitarle la vida, tenía miedo a la gente, porque creían que Juan era un profeta. El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.
Ella, aconsejada por su madre, le dijo: «Dame, ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se entristeció, pero a causa de su juramento y por no quedar mal con los invitados, ordenó que se la dieran; y mandó degollar a Juan en la cárcel. Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.
Después vinieron los discípulos de Juan, recogieron el cuerpo, lo sepultaron, y luego fueron a avisarle a Jesús.

Palabra del Señor

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En este evangelio se nos muestran a dos hombres importantes en su tiempo pero bien diferentes en su esencia: San Juan Bautista, que era grande para el Cielo y el Rey Herodes, grande en la tierra.

La enemistad de estos dos hombres comenzó bien pronto, en el momento en que Herodes comenzó a vivir en pecado con la mujer de su hermano. Esta persistencia  a vivir en pecado mortal de manera abierta a vista de todos, que por sí solo hubiera sido suficiente para arrastrar a Herodes y a su concubina al infierno, no fue sinó el principio de un largo curriculum de pecados digno del libro de honor de Satanás y sus siervos.

San Juan Bautista, precursor de Cristo, viendo la situación y pretendiendo salvar sus almas y las de todos aquellos que tomando ejemplo de su conducta hubieran hecho lo mismo, dio la cara ante ellos y les mostró la maldad de sus acciones a los ojos de Dios. Pese a que muchos hubieran enmudecido en su lugar porque era mucho lo que estaba arriesgando al acusar al mismísimo Rey, él no lo hizo. En su lugar, alzó la voz, defendió al Señor y acusó sin descanso a los infames traidores que no merecían estar en el trono del pueblo elegido por Dios mismo.

Pese a que Herodes temía a San Juan, que era considerado un profeta y gran siervo de Dios, hizo caso a su ilegítima mujer Herodías, que no soportaba ni la simple presencia del Bautista, ya que sacaba a la luz su pecado. Fue así como lo mandó detener para no tener que escuchar más los reproches que tenía contra ámbos por haberse alejado del camino que Dios les había encomendado, pese ,eso sí, a que Herodes seguía considerandose un gran siervo del Señor, y que esta detención se llevaba a cabo no por motivos personales, sino por mantener el orden público y el honor de su querida.

Es que Herodes había apresado a Juan y lo había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía que no le estaba permitido tenerla por mujer.

Y creyendo que el asunto iba a estar zanjado para siempre y que no volverían a tener que preocuparse por San Juan, poco tiempo despues sucedió lo que él les había anunciado: que su pecado acabaría con ellos.

Así fue, el pecado carnal consentido por largo tiempo, le llevó a otro peor que le haría seguir los pasos de su padre, el vil asesino de inocentes que aproximadamente 30 años atrás intentara acabar con el mismísimo Hijo de Dios: El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías bailó delante de todos, y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.

¿Cómo se pasa de adultero a asesino? Lo que a muchos le parece imposible, en manos de Satanás es más que probable. Una vez en su poder, no existe la lógica ni los razonamientos, ya que uno pasa a ser un simple pelele, un muerto viviente que creyendose dueño de su vida, no es consciente de que está siendo llevado por Satanás mismo de un pecado a otro a tal velocidad que es incapaz de darse cuenta de la gravedad de la situación hasta que ya es demasiado tarde.

Se había dado la ocasión perfecta.

Herodías, la concubina de Herodes que tanto odio sentía por Dios y por San Juan Bautista vio la oportunidad, y toda la maldad que escondía tras una hipócrita sonrisa y buenos modales salió a la luz: «Dame, ahora mismo, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista».

Así, el gran Herodes, doblegado por el baile de una simple “niñata”, iba a hacer algo inaudito: Por no quedar mal ante su concubina, su hijastra, y todos sus “amigotes”, que desde un principio le habían presionado para que acabase con aquel molesto “Bautista” y todas sus “patrañas sobre Dios y moralidad”, pese a que él respetaba y temía a ese hombre por considerarlo un profeta, “mandó degollar a Juan en la cárcel. Trajeron, pues, la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.”

No debe sorprendernos, que tiempo después, en el momento en que Herodes tuvo noticias de Jesús, de cómo hablaba, cómo enseñaba y todo lo que hacía, se le viniese a la memoria su episodio con el Bautista, y la culpabilidad invadiese su alma, hasta llegar a proclamar:  «Es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas».

Sus manos estaban manchadas con sangre inocente y nada podría limpiarlas.

Bueno sí, solo una cosa, el cambiar de vida y suplicar a Cristo su perdón. Pero su orgullo le hizo apartarse de Dios, de Cristo, como lo había hecho con su siervo San Juan Bautista en su momento.

Satanás hizo de él un pelele que envió a acabar con la Santa Iglesia naciente, y a la sangre del Bautista, sumó la sangre de miles de cristianos.

Y pese a que esta historia pueda quedarnos lejos en el tiempo, es más real de lo que parece. Así que examinemos nuestras conciencias, porque todos tenemos parte de Herodes, incluso parte de Herodías, de la hija de Herodías, de sus amigos según las circunstancias, y muy pocos, parte de San Juan Bautista.

Que el Señor permita que recapacitemos de nuestros pecados, que transformemos nuestra vida y que sepamos acudir al sacramento de la Confesión con perfecta contrición por nuestras faltas, para que recibiendo el perdón divino, podamos convertirnos en fieles testigos de Cristo, y anunciarle sin miedo al modo de San Juan Bautista.

EVANGELIO VIERNES 2 DE AGOSTO 2013

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 13,54-58.
Y al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados. “¿De dónde le viene, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros?
¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas?
¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?”.
Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Entonces les dijo: “Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia”.
Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Palabra del Señor

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¿Por qué el Señor no hace milagros hoy en día? Este evangelio contesta a esta pregunta que tantas veces nos hemos hecho y hemos escuchado.

“Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.”

Así somos nosotros, por mucho que digamos y nos empeñemos en decir que tenemos fe, no la tenemos.

Y es que nos pueden pasar varias cosas:

La primera de ellas es seguir viviendo tan tranquilos una vida de pecados, en la que en Señor se reduce a unas cuantas ideas y a un leve pensamiento en los momentos puntuales. Alguien así, está bien lejos del camino de la salvación.

Otra posibilidad es creernos muy buenos, y ser muy profundos en los momentos de oración, pero si no somos capaces de renunciar a nuestro egoísmo, a nuestras apetencias, estaremos en el mismo caso anterior.

Pero hay otro caso que pasa por alto en muchas ocasiones, y es que reconociendo nuestra inmundicia, lo terrible de nuestro pecado, nos desesperamos y creemos que no hay esperanza para nosotros. Esa desesperación fue la que llevó a Judas a la condenación, ya que tras pecar, tras traicionar al Señor de la manera más cruel, pese a que estaba arrepentido no acudió a Él sino que huyó.  Este es el mayor error que pudo haber cometido, porque únicamente la misericordia de Dios puede salvarnos en esos casos.

Por desgracia, nadie se libra de ser pecador, pero no podemos regodearnos en ello. El pecado entorpece nuestra fe, el pecado nos ata a este mundo, el pecado nos aleja de Dios… y no podemos hacer más que esforzarnos en no pecar, una y otra vez. Únicamente la misericordia de Dios puede librarnos de los estragos del pecado.

La misericordia de Dios debe ser nuestra esperanza: el sacramento de la confesión.

¿Has caído? No te preocupes, acude al sacramento de la confesión, Y NO VUELVAS A PECAR.

Sin esa voluntad firme de dejar atrás el pecado no sirve de nada el sacramento.

Que con la ayuda del Señor seamos capaces de mantener la fe, hasta en los momentos más difíciles.

EVANGELIO JUEVES 4 DE JULIO 2013

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 9,1-8.

Jesús volvió a la barca, cruzó de nuevo el lago y vino a su ciudad.

Allí le llevaron a un paralítico, tendido en una camilla. Al ver Jesús la fe de esos hombres, dijo al paralítico: «¡Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados!»

Algunos maestros de la Ley pensaron: «¡Qué manera de burlarse de Dios!»

Pero Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal?

¿Qué es más fácil: decir “Quedan perdonados tus pecados” o “Levántate y anda”?

Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados.» Entonces dijo al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a casa.»

Y el paralítico se levantó y se fue a su casa.

La gente, al ver esto, quedó muy impresionada y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.

Palabra del Señor

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La escena descrita en este evangelio debió de ser tan impactante que varios evangelistas la relatan. Como es una escena conocida, vamos a centrarnos en lo más importante:

 Miremos a Cristo, como centro de la escena y de nuestra vida. Esta escena recoge perfectamente la infinita Misericordia del Señor ligada intrínsecamente a su Justicia.

 ¿Qué significa Misericordia? En la misma RAE (Real Academia Española) se define como “Atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas.”

 Pero apliquemos esta definición al evangelio ¿a quién perdona?, o mejor dicho, ¿a quiénes considera sus criaturas, para que en su Misericordia sus pecados sean perdonados?

 Al ver Jesús la fe de esos hombres, dijo al paralítico: «¡Animo, hijo; tus pecados quedan perdonados!»

 O sea, que estando rodeado de gente llena de pecados, únicamente se apiada de aquellos que tienen fe y acuden a Él con su corazón contrito y humillado buscando únicamente servirle.

 Como hemos comentado en otras ocasiones, ésta fue la primera vez que Cristo, Hijo de Dios y Dios nuestro, perdonó los pecados de alguien. En otras palabras, la primera vez que el Sacramento de la Penitencia se realizó sobre la faz de la tierra.

 Sin embargo, como todavía sucede ahora, no deja de haber voces que claman en contra de tal regalo del Cielo.

 Algunos maestros de la Ley pensaron: «¡Qué manera de burlarse de Dios!»

 Y ante tal afrenta, vemos como el Señor cambia su mirada Misericordiosa por una mirada autoritaria, y les recrimina de palabra y obra su mal obrar con una señal que aparte de enmudecerlos, mostraba a todos su gran pecado de negar a Dios y a sus Sacramentos.

 Pero Jesús, que conocía sus pensamientos, les dijo: «¿Por qué piensan mal?

¿Qué es más fácil: decir “Quedan perdonados tus pecados” o “Levántate y anda”?

Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados.» Entonces dijo al paralítico: «Levántate, toma tu camilla y vete a casa.»

Y el paralítico se levantó y se fue a su casa.

 Evidentemente esta muestra de la autoridad de Cristo no es más que una ligera imagen a modo de enseñanza, de lo que será el Juicio Final, donde ahí los malvados no tendrán escapatoria alguna.

 Sin embargo, sirvió para que muchos aprendiesen de los errores ajenos, y es así como se nos dice que: La gente, al ver esto, quedó muy impresionada y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.

 Y quedémonos con esta última frase “Alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres”

Claramente, pese a lo que digan muchos, ¡así fue! Ese poder, el poder de perdonar pecados fue dado a los hombres, a los sacerdotes, para perdonar en Nombre y con la Autoridad de Cristo a todos los pecadores que acudan a ellos debidamente arrepentidos, y de retener sus pecados a aquellos que no los confiesen.

 ¿Por qué entonces se siguen oyendo voces diciendo que los Sacramentos son cosa de hombres cuando han sido instituidos por Dios mismo? ¿Es que en nuestra ceguera egocéntrica osamos llamar mentiroso al mismo Dios?

 Recordemos que el Sacramento de la Penitencia es la ÚNICA manera que tenemos de librarnos de nuestros pecados. Ya dijo Cristo a Santa Faustina “quien no pase por la puerta de la Misericordia (la confesión), tendrá que pasar por la de la Justicia.”

 Para profundizar más sobre la Divina Misericordia:

EVANGELIO MARTES 14 DE MAYO 2013

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 15,9-17.
Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor.
Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho todas estas cosas para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea completa.
Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando.
Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre.
Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca. Así es como el Padre les concederá todo lo que le pidan en mi Nombre. Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.

Palabra del Señor

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El amor de Dios es de tal grandeza que el mundo no ha podido imaginarlo hasta presenciar a Dios mismo muerto en una Cruz por nosotros. Este es el amor del que Cristo habla, no un amor al modo humano, que hoy ama y mañana olvida, que hoy jura fidelidad y mañana traiciona, que emplea el término amor para justificar cualquier clase de acto menos el Amor mismo.

 Si comprendiésemos qué significa realmente amar, este mundo de perversión y maldad habría desaparecido desde hace tiempo, ya que estaríamos preparados para abrazar de nuevo la Gloria de Dios. El amor solo puede ser vivido en términos divinos, ya que parte de Dios, que nos ha Creado. Este es el Amor Verdadero, y fuera de Él no hay más que mentiras.

 Nuestra fe se sustenta sobre el amor, y quien no es capaz de amar en parámetros divinos, no puede formar parte de la comunidad de fieles, ya que incumpliría por completo la Santa Ley.

 El Señor lo dice:  “Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor.”

 ¿Y cómo podemos permanecer en ese Amor que sobrepasa la propia naturaleza humana?

 Cristo mismo contesta: “Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.”

 Y su mandamiento, que encierra y abarca a todos los demás de la Ley y NO LOS SUSTITUYE, es:

 Amar a Dios sobre todas las cosas, incluso más que a uno mismo y a tus seres queridos, anteponiendo su Voluntad a la nuestra y que se amen unos a otros como Yo los he amado.”

 Vemos como aquí no se habla en términos humanos, sino que es Dios mismo quien establece el baremo de lo que significa amar.

 No dice amaos como os plazca, no dice amaos a vuestra manera, dice, amaos como Yo os he amado, como Cristo nos ha amado, amor que no puede ser comprendido hasta que se medite su Pasión y Muerte y se le contemple clavado en la Cruz por nosotros.

 Es así como hemos de amar a los demás, hasta a nuestros enemigos, porque Cristo murió para dar la oportunidad de salvación, no solo a los que le amaban, sino a los que le injuriaban y le traicionaban aunque ellos no quisieron aceptarla y perecieron en sus pecados.

 “No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos, y son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando. Ya no les llamo servidores, porque un servidor no sabe lo que hace su patrón. Los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que aprendí de mi Padre.”

 Que gran honor el que el Señor del Universo nos considere sus amigos si nos comportamos como tales, es decir, si cumplimos sus mandatos. Sin embargo, nosotros jamás podremos rebajar a Dios a nuestro nivel, considerándolo como uno más de nuestros “amigotes”, al que le podemos contar nuestras “hazañas pecaminosas” con toda tranquilidad. No. Ese es el mayor error que una persona puede cometer.

 Nadie está a la altura de Dios, y tratar de rebajarlo a la suya no es más que un inmensísimo pecado de soberbia al modo de Satanás, que si lo habíais olvidado, fue expulsado del Cielo por esto mismo, por querer ser COMO Dios, es decir, estar a su Altura y recibir lo Suyo como propio por sus propios méritos.

 Es únicamente Dios quien puede elevarnos, si Él quiere, a participar de su Gloria.

 Está a vista de todos que a día de hoy el hecho de considerarnos todos iguales, se ha sabido tergiversar de tal manera que ya no existe, en general, respeto alguno por nada ni nadie, sobre todo si se trata de figuras de autoridad. Aquí ya no hablo de políticos ni de la élite en el poder, que más de uno se ha ganado a pulso esa falta de respeto por sus actuaciones despóticas y egoístas, realizadas para mayor honra de su señor Satanás, sino de las figuras de autoridad del día a día, como son padres, profesores, religiosos y religiosas consagrados, sacerdotes, el mismo papa, etc.

 Pero suponiendo que todavía existe aunque solo sea en la memoria remota lo que significa el tener respeto por alguien en algún cargo de autoridad, imaginaos que cualquier persona común, por no agregar calificativos, quisiera usurpar a un rey su puesto, y ser tratado de la misma manera que el. ¡Qué gran osadía y qué poco se tardaría en retirar a ese indecente de presencia del monarca! Bien diferente sería que el mismísimo rey lo llamase a su presencia e hiciera que toda la corte, e incluso el país le rindieran homenaje. Pero aun en ese caso, si pasado el tiempo volviera el mismo a dirigirse por su propia cuenta al rey, como si se tratase de un “coleguita” volvería a ser detenido y retirado de su presencia.

 Sirva este ejemplo para ilustrar en esencia lo que acontece con el Señor, y por qué debemos rendirle vasallaje aun cuando Él afirma que: “Son ustedes mis amigos si cumplen lo que les mando”

 Porque precisamente, porque somos pobres criaturas traidoras e infieles que no somos capaces abandonar el pecado del todo, no merecemos más que castigo. Sin embargo, el Señor tiene misericordia de nosotros, y por tanto, por medio de su gracia, podemos llegar a alcanzar la santidad que por nuestras fuerzas no podríamos. La iniciativa de ser considerados dignos de su Reino, es Suya, ya que no la merecemos.

 Ha sido Dios quien lo ha dicho: “Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca.”

 Sirvamos pues al Señor de todo corazón, y desterremos de una vez por todas la soberbia de  nuestras vidas, y amémoslo por lo que es, el Creador y Soberano de todo el Universo.

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