SAN SILVESTRE I, PAPA

SAN SILVESTRE I, PAPA

Vivió en una época de tan grande trascendencia histórica que, inevitablemente surgieron en torno suyo diversas leyendas y anécdotas sensacionales, como las que figuran en la obra «Vita beati Silvestri», pero sin valor como datos para los registros de la historia. En cambio, el Liber Pontificalis hace constar que era el hijo de un romano llamado Rufino, elegido papa a la muerte de san Milcíades, en 314, casi un año después de que el Edicto de Milán había garantizado la libertad para la Iglesia. En consecuencia, las leyendas más significativas sobre san Silvestre se fabricaron alrededor de sus relaciones con el emperador Constantino. En ellas se representa a Constantino como a un leproso que, al convertirse al cristianismo y al recibir el bautismo de manos del papa Silvestre, quedó curado. Como muestra de gratitud hacia el vicario de Cristo en la tierra, el emperador concedió numerosos derechos y privilegios al Papa y sus sucesores y dejó bajo el dominio de la Iglesia a las provincias de Italia. La historia de los «donativos de Constantino» («Donatio Constantini»), que se compuso y se utilizó para fines políticos y eclesiásticos durante la Edad Media, se ha reconocido desde hace mucho como una falsedad, incluyendo el bautismo de Constantino por san Silvestre, ya que en realidad Constantino era todavía catecúmeno cuando se hallaba en su lecho de muerte y fue entonces, dieciocho meses después de la muerte de San Silvestre, cuando un obispo arriano lo bautizó en Nicomedia.

A los pocos meses de ocupar la silla de San Pedro, el Papa envió una delegación personal al sínodo convocado en Arles para tratar la disputa donatista. Los obispos reunidos en aquella asamblea formularon críticas por la ausencia del Pontífice que, en vez de presentarse en la reunión, permanecía en «el sitio donde los Apóstoles tienen su tribunal permanente». En junio del año 325, se reunió en la ciudad de Nicea, en Bitinia, el primer Concilio Ecuménico o general de la Iglesia, al que concurrieron unos 220 obispos, casi todos orientales. El papa Silvestre envió de Roma, como delegados, a dos sacerdotes. El Concilio presidido por un obispo de occidente, Osio de Córdoba, condenó las herejías de Arrio y con ello dio principio a una larga y devastadora lucha dentro de la Iglesia. No hay noticias precisas de que san Silvestre haya ratificado oficialmente la firma de sus delegados en las actas del Concilio.

Es probable que haya sido a san Silvestre y no a Milcíades a quien Constantino cedió el palacio de Letrán, donde el Papa estableció su cátedra e hizo de la basílica de Letrán la iglesia catedral de Roma. Durante el pontificado de san Silvestre, el emperador (que en el 330 trasladó su capital de Roma a Bizancio) hizo construir las primeras iglesias romanas, como la de San Pedro en el Vaticano, la de la Santa Cruz en el palacio sesoriano y la de San Lorenzo extramuros. El nombre de este Papa, junto con el de San Martín, ha quedado impuesto hasta ahora a la iglesia titular de un cardenal que, por aquel entonces, fue fundada cerca de los baños de Diocleciano, por un sacerdote llamado Equicio. San Silvestre construyó también otra iglesia en el cementerio de Priscila, sobre la Vía Salaria. En aquel mismo lugar fue enterrado en el año 335. Pero en el 761, el papa Pablo I trasladó sus reliquias a la iglesia de San Silvestre in Capite, que es ahora la iglesia nacional de los ingleses católicos en Roma. Desde el siglo XIII, se generalizó la celebración de la fiesta de este santo Pontífice en el Occidente el 31 de diciembre, y también se observa en el Oriente (el 2 de enero), la conmemoración de aquel primer Pontífice de Roma, después de que la Iglesia salió de las catacumbas.

En cuanto a la «Donatio Constantini», parece ser que, con fecha anterior a ese documento, circuló una historia de san Silvestre, inventada para edificación de los lectores piadosos de la segunda mitad del siglo quinto, donde figura, por ejemplo, el relato de una discusión teológica entre san Silvestre y doce doctores judíos. Hay indicios de que el Liber Pontificalis se documentó en el mencionado libro al hablar del Constitutum Silvestri. Pero también había otra versión de esta leyenda que incluía incidentes tales como la lucha contra un dragón y que modificaba radicalmente otros detalles. En el siglo IX, encontramos textos en los que estos elementos están fundidos con otros nuevos. Por otra parte, desde el siglo sexto comenzaron a aparecer las versiones griegas sobre ese mismo tema. Uno de estos textos griegos se ha conservado en cuarenta copias que ahora existen. También hubo traducciones de las actas de san Silvestre al sirio y al armenio, así como una homilía en verso, atribuida a Santiago de Sarug. En algunas de estas versiones orientales se presenta a san Silvestre como compañero de viaje de santa Elena, la madre de Constantino, por Palestina, y se afirma, además, que el Papa tomó parte en el descubrimiento de la verdadera Cruz. San Silvestre ocupó un lugar importantísimo en el movimiento intelectual medieval.

Ven, Señor, en ayuda de éste pueblo, que confía en la intercesión del Papa San Silvestre, y haz que viviendo ésta fugaz vida terrena de acuerdo con tu voluntad, alcancemos, al final de nuestros días, la felicidad de una vida sin fin.
Por Jesucristo Nuestro Señor.
San Silvestre, ruega por nosotros.

 

SAN FELIX I, PAPA Y MARTIR (30 DE DICIEMBRE)

SAN FELIX I, PAPA Y MARTIR

SAN FELIX IHijo de un hombre llamado Constancio, su pontificado coincidió con el gobierno del emperador Aureliano que en un primer momento se negó a seguir las persecuciones que contra los cristianos habían aplicado sus antecesores.

En los comienzos de su pontificado llegaron a Roma noticias del sínodo que se había celebrado en Antioquía y que había depuesto al obispo antioquiano Pablo de Samosata por enseñar una doctrina contraria a las enseñanzas de la Iglesia sobre la Trinidad. La cuestión había tomado un cariz político por el apoyo a Pablo de Samosata del emperador Aureliano, a pesar de lo cual Félix emitió un decreto indicando que nadie podía ser obispo si no estaba en comunión con la sede de Roma con lo que ratificó la deposición aprobada en el concilio de Antioquía del obispo de la ciudad, afirmando la divinidad y humanidad de Jesucristo y las dos naturalezas distintas en una sola persona.

Ordenó enterrar a los mártires bajo los altares de los templos y celebrar la misa sobre sus sepulcros, celebración que sólo podrían realizarla los sacerdotes y en el propio templo salvo por causa mayor, para impedir la celebración de misas privadas. Hacia el final de su pontificado, Aureliano retomó la política de persecuciones.

Félix I murió martir el 30 de diciembre de 274.

 

San Felix I, ruega por nosotros.

SAN DAVID, REY (29 DE DICIEMBRE)

SAN DAVID, REY

SAN DAVID, REYAsí como antes de la Navidad se suceden las memorias de los profetas, que van jalonando la llegada del Emmanuel, una vez llegada la Navidad celebramos personajes bíblicos que tienen más inmediata relación con el nacimiento, como hoy el rey David, antepasado, modelo y figura de Cristo.

David no fue exactamente el primer rey de Israel, porque entre el período que llamamos «de los jueces» (entre el 1200 y el 1000), es decir, de los líderes regionales que convocaban a las tribus para la guerra santa, y el reinado de David, hubo un período de transición que tuvo como centro la figura del malogrado Saúl: en parte juez, en parte rey. Saúl fue «juez», porque su elección fue local, logrando sólo lentamente la aceptación de todas las tribus; pero también puede decirse que fue «rey», sobre todo por su aspiración a convertir Israel en un conjunto organizado, no ya de tribus que tiraran cada una para su lado, sino en una verdadera conjunción de fuerzas en torno al convocante nombre del Dios Yahveh, que había sido dos siglos antes, en definitiva, la aspiración del padre fundador, Moisés. La historia de Saúl y su trágico final se nos cuenta -no como en un manual de historia, claro, sino en la perspectiva teológica y catequética de la Biblia- en 1 Samuel  9-31.

David fue alguien del entorno de Saúl que supo comprender muy bien aquello a lo que aspiraba Saúl. Supo convocar en torno a sí, lenta pero certeramente, las fuerzas vivas que rodeaban al Rey (el profeta, los generales, los posibles herederos del propio Saúl, incluso a los filisteos), y cuando el poder de Saúl decayó, tomó su lugar sin que nadie pudiera decir que participaba de su misma debilidad. Y una vez en la cima, no impuso su reinado despóticamente, al contrario, dio a las tribus lo que esperaban: tiempo para que asimilaran la nueva época, y sólo siete años más tarde de ser coronado rey de su propia tribu (Judá) buscó la corona de todas las tribus, y ciñó la doble corona de Judá e Israel. Y para que quedaran claros los nuevos tiempos, conquistó la ciudad cananea de Jerusalén, que no era territorio de Israel y por tanto no podía suscitar celos entre las tribus, y allí fundó «su» ciudad: la ciudad de David, en el sentido posesivo del término: efectivamente era suya por derecho de conquista. En estos pocos rasgos, en los que podríamos seguir y acumular más y más detalles, ya se ve con claridad que estamos ante un político hábil e inteligente, alguien que sabe leer los signos de los tiempos, y moverse en esa dirección precisa. La Biblia nos cuenta que todo ello tiene que ver con algo que celebramos en él pero que poco podemos denotar con el dedo: fue elegido por el propio Dios en su plan salvífico para la humanidad, que llegaría a su cumbre en Jesús.

La historia de David se nos narra en la Biblia a poco de comenzar la de Saúl; tenemos una primer mención del nombre en 1Samuel 16: a partir de ese capítulo, en el que Yahvé declara abiertamente que ha rechazado definitivamente a Saúl y manda al profeta Samuel a que unja a David como rey conforme a sus planes, la figura de David no hara sino crecer, y la de Saúl desbarrancarse en la soledad y la locura. La historia de David continúa luego atravesando todo el libro segundo de Samuel, y acaba en 1Reyes 2, con el traspaso del reino a uno de sus hijos, Salomón, y la muerte. Pero su figura no muere allí, sino que será la medida con la que toda la historia de Israel medirá a sus gobernantes: la talla de David.

Así, se presenta a David como casi un niño que cae en gracia a Saúl y le sirve como escudero y como músico personal que calma sus ataques de depresión (el «espíritu malo de parte de Yahvé» que lo atormentaba), 1Sam 16; pero en otro relato, contado casi a renglón seguido de ése -en 1Sam 17- lo presenta como un intrépido jovencito, hermano de tres soldados de Saúl, que se atreve a liberar a Israel de los filisteos venciendo en nombre de Yahvé al gigante Goliat con una piedra. Estos diversos relatos de los orígenes de David fueron recogidos por la tradición oral, transmitidos, ampliados, esquematizados, y llegaron siglos después al narrador bíblico, que se aprovechó de todo ese material no para contarnos una versión crítica y erudita de la historia de David, sino una catequesis en torno a su polifacética figura, y por eso se preocupó poco de armonizar las tradiciones discordantes.

David peca gravemente ante Yahvé abusando de su poder, arrebatándole la mujer (Betsabé) a uno de sus servidores (Urías, el hitita); de esa unión nace un hijo que, en los códigos religiosos del momento «debe» morir, así que el profeta Natán anuncia a David que Yahvé lo ha perdonado, pero que el niño no vivirá, entonces, «…David suplicó a Dios por el niño; hizo David un ayuno riguroso y entrando en casa pasaba la noche acostado en tierra. Los ancianos de su casa se esforzaban por levantarle del suelo, pero el se negó y no quiso comer con ellos. El séptimo día murió el niño; los servidores de David temieron decirle que el niño había muerto, porque se decían: “Cuando el niño aún vivía le hablábamos y no nos escuchaba. ¿Cómo le diremos que el niño ha muerto? ¡Hará un desatino!” Vio David que sus servidores cuchicheaban entre sí y comprendió David que el niño había muerto y dijo David a sus servidores: “¿Es que ha muerto el niño?” Le respondieron: “Ha muerto.” David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de vestidos. Fue luego a la casa de Yahveh y se postró. Se volvió a su casa, pidió que le trajesen de comer y comió. Sus servidores le dijeron: “¿Qué es lo que haces? Cuando el niño aún vivía ayunabas y llorabas, y ahora que ha muerto te levantas y comes.” Respondió: “Mientras el niño vivía ayuné y lloré, pues me decía: ¿Quién sabe si Yahveh tendrá compasión de mí y el niño vivirá? Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar? ¿Podré hacer que vuelva? Yo iré donde él, pero él no volverá a mí.”» (2Sam 12,16-23). Esta realista aceptación de la voluntad de Dios, muchas veces inescrutable, es también un gesto de libertad que enseña claramente que el verdadero gesto religioso no es la repetición mecánica de unos ritos, sino la aceptación completa y sin fisuras de Aquel a quien esos ritos van dirigidos.

Se nos cuenta también relacionada con esta actitud otra historia: «Cuando el rey David llegó a Bajurim salió de allí un hombre del mismo clan que la casa de Saúl, llamado Semeí, hijo de Guerá. Iba maldiciendo mientras avanzaba. Tiraba piedras a David y a todos los servidores del rey, mientras toda la gente y todos los servidores se colocaban a derecha e izquierda. Semeí decía maldiciendo: “Vete, vete, hombre sanguinario y malvado. Yahveh te devuelva toda la sangre de la casa de Saúl, cuyo reino usurpaste. Así Yahveh ha entregado tu reino en manos de Absalón tu hijo. Has caído en tu propia maldad, porque eres un hombre sanguinario.” Abisay, hijo de Sarvia, dijo al rey: “¿Por qué ha de maldecir este perro muerto a mi señor el rey? Voy ahora mismo y le corto la cabeza.” Respondió el rey: “¿Qué tengo yo con vosotros, hijos de Sarvia? Deja que maldiga, pues si Yahveh le ha dicho: “Maldice a David” ¿quién le puede decir: “Por qué haces esto?… Dejadle que maldiga, pues se lo ha mandado Yahveh. Acaso Yahveh mire mi aflicción y me devuelva Yahveh bien por las maldiciones de este día.”» (2Sam 16,5-12). Se trata de la aceptación incondicional de la voluntad de Dios, pero también de un paso más: de situarse del lado de la justicia de Dios, siempre distinta a nuestros criterios, incluso los más nobles y equilibrados.

Y también precisamente con esto tiene relación una tercera historia: David traslada el Arca de la Alianza a Jerusalén, y va él personalmente ejerciendo funciones sacerdotales, ofreciendo sacrificios a medida que el arca avanza; como es lógico, viste una vestidura sacerdotal, el efod, que es una pieza de tela de lino sin costuras, y que lo cubre como una capa. Naturalmente no puede llevar ninguna otra vestidura, porque es así el símbolo de la vestidura: íntegra y sin piezas. Como va realizando una danza, posiblemente extática, ante el arca, el efod se levanta y lo muestra desnudo ante la gente, entonces la despechada Mikal, hija de Saúl, dice el relato «que estaba mirando por la ventana, vio al rey David saltando y girando ante Yahveh, y le despreció en su corazón.», y así ocurrirá que «Cuando se volvía David para bendecir su casa, Mikal, hija de Saúl, le salió al encuentro y le dijo: “¡Cómo se ha cubierto hoy de gloria el rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría un cualquiera!” Respondió David a Mikal: “En presencia de Yahveh danzo yo. Vive Yahveh, el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo de Israel, el pueblo de Yahveh, que yo danzaré ante Yahveh, y me haré más vil todavía; seré vil a tus ojos pero seré honrado ante las criadas de que hablas.» (2Sam 6,11ss). David vive en el «secreto de Dios», está convencido de la justicia de Yahvé, y que esa justicia implica una misteriosa inclinación de Yahvé por lo débil antes que por la fuerza y el poder; siendo el hombre más poderoso de Israel de ese momento, no mira en su poder lo que se debe a su propia habilidad, sino que sabe que la razón última de su poder está en «ser pequeño a los ojos de Dios».

David gobernó Israel por 40 años (quizás la cifra sea simbólica), durante la primera mitad del siglo X a.C., posiblemente del 980 al 940. Consolidó un reinado que había sido un mero proyecto vacilante en su antecesor; dejó una descendencia brillante también en Salomón; amplió el territorio de la tierra bíblica a límites que nunca más volvió a tener; inauguró un período de auténtico esplendor de la monarquía bíblica (en realidad el único período verdaderamente esplendoroso). Su reinado, como cualquier otro, también tiene sombras, pero si queremos buscar un ejemplo bíblico de aquello a lo que se refiere Jesús cuando enseña que debemos ser «como niños», es David el mejor modelo. Quizás por eso cuando Jesús quiere enseñar que el respeto a Dios siempre supone la libertad, vuelve su mirada al rey David, como en Mc 2,25-28.

San David, ruega por nosotros.

SAN JUAN DE KETY (23 DE DICIEMBRE)

SAN JUAN DE KETY

SAN JUAN DE KETYJuan de Kety, llamado también Juan Cancio, nació en la ciudad polaca de Kety (o Kanty). Sus padres eran campesinos de buena posición, que al comprender que su hijo era muy inteligente, le enviaron a estudiar en la Universidad de Cracovia. Juan hizo una brillante carrera y, después de su ordenación sacerdotal, fue nombrado profesor de la Universidad. Como llevaba una vida muy austera, sus amigos le aconsejaron que mirase por su salud a lo que él respondió, simplemente, que la austeridad no había impedido a los padres del desierto vivir largo tiempo. Se cuenta que un día, mientras comía, vio pasar frente a la puerta de su casa a un mendigo famélico. Juan se levantó al punto y regaló su comida al mendigo; cuando volvió a entrar en su casa, encontró su plato lleno. Según se dice, desde entonces se conmemoró ese suceso en la Universidad, dando todos los días de comer a un pobre; al empezar la comida, el subprefecto de la Universidad decía en voz alta: «Un pobre va a entrar», y el prefecto respondía en latín: «Va a entrar Jesucristo».

El éxito de San Juan como profesor y predicador suscitó la envidia de sus rivales, quienes acabaron por lograr que fuese enviado como párroco a Olkusz. El santo se entregó al trabajo con gran energía; sin embargo, no consiguió ganarse el cariño de sus feligreses, y la responsabilidad de su cargo le abrumaba. A pesar de todo, no cejó en la empresa y, cuando fue llamado a Cracovia, al cabo de varios años, sus fieles le querían ya tanto, que le acompañaron buena parte del camino. El santo se despidió de ellos con estas palabras: «La tristeza no agrada a Dios. Si algún bien os he hecho en estos años, cantad un himno de alegría». San Juan pasó a ocupar en la Universidad de Cracovia la cátedra de Sagrada Escritura, que conservó hasta el fin de su vida. Su reputación llegó a ser tan grande, que durante muchos años se usaba su túnica para investir a los nuevos doctores. Por otra parte, san Juan no limitó su celo a los círculos académicos, sino que visitaba con frecuencia tanto a los pobres como a los ricos.

 En una ocasión, los criados de un noble, viendo la túnica desgarrada de San Juan, no quisieron abrirle la puerta, por lo que el santo volvió a su casa a cambiar de túnica. Durante la comida, uno de los invitados le vació encima un plato y san Juan comentó sonriendo: «No importa: mis vestidos merecían ya un poco de comida, puesto que a ellos debo el placer de estar aquí». Los bienes y el dinero del santo estaban a disposición de los pobres de la ciudad, quienes de vez en cuando le dejaban casi en la miseria. San Juan no se cansaba de repetir a sus discípulos: «Combatid el error; pero emplead como armas la paciencia, la bondad y el amor. La violencia os haría mal y dañaría la mejor de las causas». Cuando corrió por la ciudad la noticia de que san Juan, a quien se atribuían ya varios milagros, estaba agonizante, la pena de todos fue enorme. El santo dijo a quienes le rodeaban: «No os preocupéis por la prisión que se derrumba; pensad en el alma que va a salir de ella dentro de unos momentos». Murió la víspera del día de Navidad de 1473, a los ochenta y tres años de edad. En 1767, tuvo lugar su canonización y su fiesta se extendió a toda la Iglesia de Occidente.

Dios todopoderoso, concédenos crecer en santidad a ejemplo de san Juan de Kety, tu presbítero, para que, ejerciendo el amor y la misericordia con el prójimo, obtengamos nosotros tu perdón.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

San Juan de Kety, ruega por nosotros.

SAN PEDRO CANISIO (21 DE DICIEMBRE)

SAN PEDRO CANISIO

SAN PEDRO CANISIOSe ha llamado a san Pedro Canisio el segundo apóstol de Alemania, comparándole con san Bonifacio, que fue el primero. También se le venera como uno de los creadores de la prensa católica. Además, fue el primero del numeroso ejército de escritores jesuitas. Nació en 1521, en Nimega de Holanda, que dependía entonces de la arquidiócesis alemana de Colonia. Era el hijo mayor de Jacobo Kanis, quien recibió un título de nobleza por haber desempeñado el oficio de tutor de los hijos del duque de Lorena y fue nueve veces burgomaestre de Nimega. Aunque Pedro tuvo la desgracia de perder a su madre cuando era todavía pequeño, su madrastra fue para él una segunda madre. El joven creció en el temor de Dios. Cierto que él mismo se acusa de haber perdido el tiempo, de niño, en juegos inútiles; pero, dado que a los dicienueve años obtuvo el grado de Maestro en Artes, en Colonia, resulta difícil creer que haya sido muy perezoso. Por complacer a su padre, que deseaba darle una carrera de abogado, Pedro estudió algunos meses el derecho canónico en Lovaina; pero, al caer en la cuenta de que ésa no era su verdadera vocación, desechó el matrimonio, hizo voto de castidad y volvió a Colonia a enseñar teología. La predicación del beato Pedro Fabro había despertado gran interés en las ciudades del Rin. Fabro era el primer discípulo de san Ignacio de Loyola. Bajo su dirección, hizo Canisio los Ejercicios de San Ignacio, en Mainz y durante la segunda semana, prometió a Dios ingresar en la Compañía de Jesús. Fue admitido en el noviciado y pasó varios años en Colonia, consagrado a la oración, al estudio, a visitar a los enfermos y a instruir a los ignorantes. El dinero que recibió como herencia a la muerte de su padre, lo dedicó en parte a los pobres y en parte al mantenimiento de la comunidad. Canisio había empezado ya a escribir. Su primera publicación había sido la edición de las obras de san Cirilo de Alejandría y san León Magno (no se ha probado que él haya sido el editor de los sermones de Juan Taulero, publicados en Colonia en 1543). Después de su ordenación sacerdotal, comenzó a distinguirse en la predicación. Había asistido a dos sesiones del Concilio de Trento como delegado: una en Trento y otra en Bolonia. De allí le llamó san Ignacio a Roma, donde le retuvo cinco meses, en los que Canisio dio pruebas de ser un religioso modelo, dispuesto a ir a cualquier parte y a desempeñar cualquier oficio. Fue enviado a Mesina a enseñar en la primera escuela de los jesuitas de la que la historia guarda memoria, pero al poco tiempo volvió a Roma a hacer su profesión religiosa y a desempeñar un cargo más importante.

 Recibió la orden de volver a Alemania, pues había sido elegido para ir a Ingolstadt con otros dos jesuitas, ya que el duque Guillermo de Baviera había pedido urgentemente algunos profesores capaces de contrarrestar las doctrinas heréticas que invadían las escuelas. No sólo tuvo éxito Canisio en la reforma de la Universidad, de la que fue nombrado primero rector y luego vicecanciller, sino que, con sus sermones, consiguió la renovación religiosa, en la que también colaboró con su catequesis y su campaña contra la venta de libros inmorales. Grande fue el duelo general cuando el santo partió a Viena, en 1552, a petición del rey Fernando, para emprender una tarea semejante. La situación en Viena era peor que en Ingolstadt. Muchas parroquias carecían de atención espiritual, y los jesuitas tenían que llenar las lagunas y enseñar en el colegio recientemente fundado. En los últimos veinte años no hubo una sola ordenación sacerdotal; los monasterios estaban abandonados; las gentes se burlaban de los miembros de las órdenes religiosas; el noventa por ciento de la población había perdido la fe y los pocos católicos que quedaban, practicaban apenas la religión. San Pedro Canisio empezó por predicar en iglesias casi vacías, quizás por el desinterés general, o bien porque su alemán del Rin resultaba muy duro para los oídos de los vieneses. Pero, poco a poco, fue ganándose el cariño del pueblo por la generosidad con que atendió a los enfermos y agonizantes durante una epidemia. La energía y espíritu de empresa del santo eran extraordinarios; se ocupaba de todo y de todos, lo mismo de la enseñanza en la universidad, que de visitar en las cárceles a los criminales más abandonados. El rey, el nuncio y el mismo Papa hubiesen querido nombrarle arzobispo de la sede vacante de Viena, pero san Ignacio sólo permitió que administrase la diócesis durante un año, sin el título ni los emolumentos de arzobispo. Por aquella época, san Pedro empezó a preparar su famoso catecismo o «Resumen de la Doctrina Cristiana», que apareció en 1555. A esa obra siguieron un «Catecismo Breve» y un «Catecismo Brevísimo», que alcanzaron enorme popularidad. Dichas obras serían para la Contrarreforma Católica lo que los catecismos de Lutero habían sido para la Reforma Protestante. Fueron reimpresos más de doscientas veces y traducidos a quince idiomas (incluyendo el inglés, el escocés de Braid, el hindú y el japonés) en vida del autor. El santo no despertó, ni en ésas ni en sus otras obras, la hostilidad de los protestantes contra las verdades que sostenía, ya que nunca los atacó violentamente.

 En Praga, a donde había ido a fundar un colegio, se enteró con gran pena de que había sido nombrado provincial de una nueva provincia, que comprendía el sur de Alemania, Austria y Bohemia. Inmediatamente escribió a san Ignacio: «Carezco absolutamente del tacto, la prudencia y la decisión necesarias para gobernar. Soy orgulloso y apresurado por temperamento, y mi falta de experiencia me hace totalmente inepto para el oficio de provincial». Pero san Ignacio sabía lo que hacía. En los dos años que pasó en Praga, Pedro Canisio devolvió la fe a gran parte de la ciudad, y el colegio que fundó era tan bueno, que aun los protestantes enviaban a él a sus hijos. En 1557, fue invitado a Worms a tomar parte en la discusión entre los teólogos católicos y protestantes. Asistió a dicha conferencia, aunque estaba convencido de que ese tipo de reuniones provocaban disputas que no hacían más que ensanchar el abismo que separaba a los cristianos. Es imposible, dado el reducido espacio de que disponemos, seguir al santo en los numerosos viajes de su provincialato y en sus múltiples actividades. El P. Brodrick calcula que, entre 1555 y 1558, recorrió diez mil kilómetros a pie y a caballo y que, en treinta años, anduvo cerca de treinta mil kilómetros. Para responder a quienes le criticaban por trabajar demasiado, el santo solía decir: «Quien tenga demasiado qué hacer será capaz de hacerlo todo con la ayuda de Dios».

 Además de los colegios que fundó o inauguró, dispuso la fundación de muchos otros. En 1559, a instancias del rey Fernando, fue a residir a Augsburgo durante seis años. Ahí reavivó una vez más la llama de la fe, alentando a los fieles, tendiendo la mano a los caídos y convirtiendo a muchos herejes. Además, convenció a las autoridades para que abriesen de nuevo las escuelas públicas, que habían sido destruidas por los protestantes. Al mismo tiempo que hacía todo lo posible por impedir la divulgación de los libros inmorales y heréticos, divulgaba en cuanto podía los libros buenos, ya que comprendía, por intuición, la importancia que la prensa tendría con el tiempo. En aquella época recopiló y editó una selección de las cartas de san Jerónimo, el «Manual de los Católicos», un martirologio y una revisión del Breviario de Augsburgo. Durante mucho tiempo se siguió rezando en Alemania los domingos la oración general compuesta por el santo. Al fin de su provincialato, San Pedro residió en Dilinga de Baviera, donde los jesuitas tenían un colegio y dirigían la universidad. Además, allí residía también el cardenal Otón de Truchsess, que desde hacia largo tiempo era íntimo amigo del santo. Allí se dedicó sobre todo a la enseñanza, a oír confesiones y a escribir los primeros libros de una colección que había comenzado por orden de sus superiores. Dicha obra tenía por fin responder a una historia del cristianismo, muy anticatólica, que habían publicado recientemente los escritores protestantes, conocidos con el nombre de «Centuriadores de Magdeburgo». Alguien ha dicho que se trataba de «la primera y la peor de las historias de la Iglesia escritas por los protestantes». Canisio continuó su obra mientras desempeñaba el cargo de capellán de la corte en Innsbruck y sólo la interrumpió en 1577, a causa de su mala salud. Sin embargo, seguía tan activo como siempre, pues predicaba, daba misiones, acompañaba al provincial en sus visitas y aun desempeñó, durante algún tiempo, el puesto de viceprovincial.

En 1580 se hallaba en Dilinga, cuando recibió la orden de ir a Friburgo de Suiza. Dicha ciudad, que se hallaba situada entre dos regiones muy protestantes, quería que se fundase desde hacía tiempo un colegio católico, pero, además de otros obstáculos que se oponían a la empresa se carecía de fondos suficientes para realizarla. En pocos años, venció san Pedro Canisio esos obstáculos y consiguió dinero, eligió el sitio y supervisó la erección del espléndido colegio que es en la actualidad la Universidad de Friburgo, aunque nunca fue rector ni profesor en él (no debe confundirse el cantón suizo de Friburgo y su universidad con la ciudad alemana de Friburgo de Brisgovia, cuya universidad es no menos famosa que la suiza). Además del interés con que seguía los progresos del colegio, su principal actividad, durante los ocho años que pasó en Friburgo, fue la predicación; los domingos y días de fiesta predicaba en la catedral y, entre semana, visitaba los pueblos del cantón. Se puede afirmar sin temor a equivocarse, que a san Pedro Canisio se debe el que Friburgo haya conservado la fe en una época tan crítica. La debilidad obligó al santo a renunciar a la predicación. En 1591, un ataque de parálisis le puso a las puertas de la muerte, pero se rehizo lo suficiente para seguir escribiendo, con la ayuda de un secretario, hasta poco antes de su muerte, que aconteció el 21 de diciembre de 1597.

 San Pedro Canisio fue canonizado y declarado doctor de la Iglesia en 1925. Una de las principales lecciones de su vida es el espíritu y el estilo de sus controversias religiosas. El mismo san Ignacio había insistido en la necesidad de dar «ejemplo de caridad y moderación cristianas en Alemania». San Pedro Canisio advertía que era un error «citar en una conversación los temas que antipatizan a los protestantes … , como la confesión, la satisfacción, el purgatorio, las indulgencias, los votos monásticos y las peregrinaciones, pues, como algunos enfermos, tienen el paladar estragado, son incapaces de apreciar esos manjares. Necesitan leche, como los niños; sólo poco a poco es posible llevarles a aceptar los dogmas sobre los que no estamos de acuerdo con ellos». San Pedro Canisio se mostraba duro con los que propagaban la herejía y, como la mayor parte de sus contemporáneos, estaba dispuesto a emplear la fuerza para impedírselo. Pero su actitud era muy diferente con quienes habían nacido en el luteranismo o habían sido arrastrados a él. El santo pasó toda su vida oponiéndose a la herejía y tratando de restaurar la fe y la vida católicas. Sin embargo decía, hablando de los alemanes: «Es cierto que muchísimos de ellos abrazan las nuevas sectas y yerran en la fe, pero su manera de proceder demuestra que lo hacen más por ignorancia que por malicia. Yerran, lo repito, pero sin intención, sin deseo y sin obstinación». Según san Pedro Canisio, no había que enfrentarse ni siquiera a los más conscientes y peligrosos de los herejes «con aspereza y descortesía, pues ello no sólo es el reverso del espíritu de Cristo, sino que equivale a quebrar la rama desquebrajada y a apagar la mecha que humea todavía».

Señor, Dios nuestro, que fortaleciste a san Pedro Canisio con la virtud y la ciencia para salvaguardar la unidad de la fe, concede a la comunidad de creyentes perseverar en la confesión de tu nombre, y a todos los que buscan la verdad, el gozo de encontrarte.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

San Pedro Canisio, ruega por nosotros.

SANTO DOMINGO DE SILOS, ABAD (20 DE DICIEMBRE)

SANTO DOMINGO DE SILOS, ABAD

SANTO DOMINGO DE SILOSSanto Domingo vino al mundo en el año mil de la era cristiana, en la pequeña villa de Cañas, que en aquellos tiempos pertenecía al reino de Navarra (actualmente provincia y comunidad de La Rioja), dentro de una familia de noble linaje. Ya desde niño, asistía a los Oficios Divinos con tal gravedad y cordura, que revelaba en él un profundo espíritu de fe. Después de ejercer cuatro años el oficio de pastor, los padres de Domingo quisieron secundar los deseos del muchacho de consagrarse a Dios, por lo que le dedicaron como clérigo, tal vez con patrimonio de la familia, al servicio y ayuda del sacerdote de la parroquia, con el cual aprendió los Salmos de David, el canto eclesiástico y el Evangelio, ensayándose en la lectura y la comprensión de los libros de la Sagrada Escritura, pasionarios y homilías de los Santos Padres que más frecuentemente se recitaban en los Oficios Divinos. No nos consta con certidumbre si hizo toda la carrera eclesiástica en su pueblo, ya que solía haber una especie de seminarios parroquiales, o bien cursó lo que llamaríamos hoy teología en la ciudad episcopal de Nájera. Lo cierto es que don Sancho, obispo de esta ciudad, se decidió a conferir a Domingo el presbiterado cuando apenas contaba con veintiseis años, edad a la que los otros clérigos recibían solamente el diaconado.

Después de una breve experiencia eremítica, a los treinta años, decidió ingresar en el monasterio benedictino de San Millán de la Cogolla. En los primeros tiempos de vida monástica, se dedicó Domingo a completar su formación intelectual, aprovechando la rica biblioteca del monasterio; allí estudió a Esmaragdo y, sobre todo, el famoso códice de San Millán, que contenían las promulgaciones dogmáticas de los concilios ecuménicos de la Iglesia y otros particulares. A los dos años de profeso, el abad le nombró maestro de los jóvenes que se educaban en el monasterio.

Semejante encumbramiento moral tan rápidamente conquistado, no pudo menos de suscitar ciertos recelos en algunos religiosos que, más antiguos de la casa, podían creerse postergados. Por envidia o buena fe, se puso en tela de juicio su virtud y la objetividad de sus ideales. “Fácil es”, decían, “obedecer cuando la obediencia trae consigo honores y cuando el trabajo se ve recompensado con el cariño y el agradecimiento. Confíesele una misión más dura y entonces veremos el verdadero valor de la obediencia”. Fue entonces nombrado prior de Santa María de Cañas. El priorato se encontraba en un estado lamentable: desmantelado, sin enseres, sin bienes y sin libros. Con esfuerzo y gran acierto en el manejo de los negocios temporales, arregló las cuentas atrasadas y fomentó el cultivo en las propiedades del monasterio, de suerte que poco tiempo después pudo ya vivir de su trabajo y del de sus monjes, y procurar al priorato lo más preciso en ropas, ornamentos de iglesia y códices, construyendo poco después una iglesia nueva.

Desde el monasterio de San Millán de la Cogolla, se seguía con interés la obra que Domingo realizaba en Cañas, por lo que a finales de 1038, Domingo fue nombrado prior mayor del monasterio, casi a la fuerza, porque la humildad del santo rehuía los honores de tan alto cargo. Desgraciadamente ocurrió que a los pocos meses de ser nombrado prior, murió el abad don García y en su lugar fue nombrado el anterior prior don Gomesano. Si la elección hubiese sido libre y estado en manos de los monjes, es indudable que hubiera recaído en la persona de Domingo.

Gobernaba por entonces los reinos de Navarra y La Rioja don García, hijo mayor del rey don Sancho. Pródigo a veces con los monasterios e iglesias, cuando se veía apurado por las necesidades de la guerra, no respetaba ni derechos sagrados ni sus propias donaciones, ni siquiera las de San Millán. En el año 1040, exhausto su tesoro y creyendo que el nuevo abad le apoyaría en sus pretensiones, se dirigió al monasterio exigiendo una fuerte suma por sus pretendidos derechos reales. La negativa de Domingo fue respetuosa pero rotunda. Esta obstinación exacerbó de tal manera la cólera del monarca, que apenas salió de la iglesia, el rey tuvo una larga entrevista con el abad, quien consintió en deponer a Domingo del cargo de prior y enviarle desterrado al priorato de San Cristóbal, llamado también Tres Celdas. En 1041, Domingo se dirige hacia Castilla. El rey don Fernando le ofreció su protección y una morada en palacio, pero el santo pidió al monarca licencia para vivir retirado en la ermita que pertenecía al monasterio de San Millán, sirviendo en ella a la Virgen María.

A principios del año 1041, el monasterio de San Sebastián de Silos estaba casi abandonado. Perdido su antiguo prestigio y gran parte del patrimonio, todo anunciaba un fin poco glorioso, pues el puñado de monjes que lo habitaba, vegetaba y languidecía tristemente. Fue entonces cuando el rey don Fernando, movido tal vez por los ruegos del padre del Cid Campeador, que tenía sus posesiones colindantes con las de Silos, encomendó a Domingo la resturación del monasterio de San Sebastián de Silos y le propuso como abad. En una mañana de invierno, Santo Domingo entraba en la iglesia acompañado del obispo y de algunos nobles, para tomar posesión del cargo.

Comenzó la restauración material del monasterio por la iglesia, de tal modo que, completada con la cúpula y atrio por sus sucesores, llegó a ser una de las más bellas basílicas románicas de España, parecida a la catedral antigua de Salamanca. Hacia 1056, se comenzó la construcción de la sala capitular en el sitio llamado hoy el “gallinero del santo”, así como el maravilloso claustro románico, que es la joya más original en su estilo y que eternizará en la historia del arte el nombre de santo Domingo de Silos.

Corrían los años, y con ellos la actividad material y espiritual del monasterio de Silos iba aumentando. En los últimos años, la muerte se había llevado a sus mejores amigos: al rey don Fernando y a su hijo don Sancho, y finalmente a su amigo y vecino el abad de Arlanza, en 1072. Las fuerzas de su cuerpo se rendían al peso de sus 72 años, tan cargados de fatigas; su cuerpo, necesitaba el apoyo de aquel báculo sencillo de avellano, que aún se conserva en el Monasterio como preciosa reliquia. Su espíritu se mantenía firme y sereno, pero las fatigas del otoño de 1073, después de los últimos esfuerzos para la distribución de las cosechas, le rindieron del todo y cayó enfermo. Santo Domingo, murió el viernes 20 de diciembre de 1073.

Señor, tú que diste a Santo Domingo de Silos la abundancia del espíritu de verdad y de amor para que fuera un buen pastor de tu pueblo, concede a cuantos celebramos hoy su fiesta adelantar en la virtud, imitando sus ejemplos, y sentirnos protegidos con su valiosa intercesión.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Santo Domingo de Silos, ruega por nosotros.

SAN ANASTASIO I, PAPA (19 DE DICIEMBRE)

SAN ANASTASIO I, PAPA

SAN ANASTASIO IVarón de gran pobreza y de apostólica solicitud, que se opuso firmemente a las doctrinas heréticas. Sucedió a san Siricio en 399, y fue el 39º Obispo de Roma. Edificó en Roma la basílica Crescenciana, mencionada todavía en el sínodo del 499, e individualizada hoy en San Sisto Vecchio. Combatió con energía el donatismo en las provincias del norte de África, y ratificó las decisiones del Concilio de Toledo del 400, por decisión del cual algunos obispos gaelicos que habían renegado del donatista Prisciliano pudieron conservar su sede, siempre que su readmisión fuese aprobada por Anastasio. El Liber Pontificalis nos informa también cómo descubrió en Roma un cierto número de maniqueos. Lo animaba el espíritu de los defensores de la Iglesia contra el arrianismo, y los derechos del patriarcado occidental en el Ilírico encontraron en él un baluarte.

 Anastasio es conocido especialmente por su papel en la disputa origenista y por la severidad mostrada hacia Rufino: En el 399 los amigos de san Jerónimo presionaban para obtener del papa una condena formal del origenismo. Solicitado incluso por cartas y embajadores de parte de Teófilo, obispo de Alejandría, para que Occidente participe en esta lucha, condenó las «Proposiciones blasfematorias presentadas». Rufino, profundamente irritado por esta campaña, le hizo presente una «Defensa de Orígenes», «para borrar toda huella de sospecha y para remitir al Papa la declaración de fe». Esta defensa, sin embargo, no produjo efecto en Anastasio. Sobre el origenismo escribió varias cartas, una dirigida a Venerio de Milán. De la copiosa correspondencia que Anastasio dirigió desde Letrán a personalidades de diversos países, sólo se han conservado unas pocas cartas.

 Después de un pontificado breve (399-401) y muy activo, murió el 19 de diciembre del 401, como lo demuestra Duchesne en su comentario al Liber Pontificalis, aunque en otras biografías se interpreta que murió en 402. Fue enterrado en la Via Portuense, en una tumba situada entre las basílicas de Santa Cándida y Santos Abdón y Sennen. San Jerónimo, quien tuvo palabras de alto elogio para Anastasio, llegó a escribir que, si murió tan pronto, fue «porque el mundo no podía ser decapitado mientras lo gobernase tal obispo», en alusión a la caída de Roma, que tuvo lugar en el año 410 por obra de Alarico. Este elogio aun figuraba en la versión anterior del Martirologio Romano.

San Atanasio I, ruega por nosotros.

SAN WINEBALDO DE HILDESHEIM (18 DE DICIEMBRE)

SAN WINEBALDO DE HILDESHEIM

Winebaldo, que desde niño había sido muy delicado de salud y estaba entonces enfermo, se quedó en Roma. Allí estudió siete años y se consagró con toda su alma al servicio divino. Después volvió a Inglaterra, donde persuadió a varios amigos y parientes que le acompañasen de nuevo a Roma. En la Ciudad Eterna se consagró a Dios en la vida religiosa. El año 739, san Bonifacío hizo su tercera visita a Roma y persuadió a Winebaldo de que partiese con él a evangelizar la Germania. San Winebaldo recibió la ordenación sacerdotal en Turingia y tomó a su cuidado siete iglesias, a las que administró desde Sulzenbrücken, cerca de Erfurt. Como los sajones le persiguiesen, fue a evangelizar en la región de Baviera. Al cabo de algunos años de incansable trabajo, volvió a reunirse con san Bonifacio en Mainz; pero como no pudo establecerse allí, fue a reunirse con su hermano, que era obispo de Eichstätt. Wilibaldo quería construir un monasterio doble que fuese un modelo de piedad y un centro de saber para las numerosas iglesias que había fundado, y rogó a Winebaldo y a su hermana santa Walburga que acometiesen la empresa.

 Así pues, Winebaldo se dirigió a Heidenheim de Würtemberg, donde abrió un claro en un bosque y empezó por construir una serie de pequeñas celdas para él y sus monjes. Poco después, construyó un monasterio para sus discípulos y un convento para santa Walburga y sus religiosas. Los paganos, molestos por los esfuerzos que hacía san Winebaldo por someterlos a las reglas de la moral cristiana, trataron de darle muerte; pero el santo logró escapar de la celada y siguió predicando el Reino de Dios. Supo mantener entre sus monjes el espíritu monástico, enseñándoles sobre todo la perseverancia en la oración y exhortándolos a no perder nunca de vista la vida de Cristo, que era el modelo al que debían conformarse y conformar a los paganos. San Winebaldo sometió los dos monasterios a la regla de San Benito. San Winebaldo, que estuvo enfermo durante muchos años, tenía en su celda un altar para celebrar la misa cuando no podía salir. La enfermedad entorpeció su trabajo misional, pues no podía hacer viajes largos. En cierta ocasión en que fue a Würzburgo, llegó casi moribundo al santuario de San Bonifacio en Fulda. Tres semanas después, sintiéndose mejor, emprendió el viaje de vuelta; pero en la siguiente población tuvo que guardar cama una semana más. Al cabo de tres años de sufrimientos casi continuos, el santo se preparó para morir. Falleció en los brazos de su hermano y de su hermana el 18 de diciembre del año 761, después de haber exhortado tiernamente a sus monjes. Hugeburga, la religiosa de Heidenheim que escribió la vida del santo, cuenta que en su sepulcro se obraron varias curaciones milagrosas. Y también san Ludgerio escribe en la biografía de san Gregorio de Utrecht: «Winebaldo fue muy amado por mi maestro Gregorio; con los grandes milagros que obra después de su muerte muestra lo que fue su vida».

San Winebaldo, ruega por nosotros.

SAN PEDRO FOURIER (9 DE DICIEMBRE)

SAN PEDRO FOURIER

SAN PEDRO FOURIERPedro Fourier nació en Mirecourt, ciudad de Lorena, en 1565. Cuando tenía quince años, su padre le envió a la Universidad que tenían los jesuitas en Pont-á-Mousson. Pedro terminó brillantemente sus estudios e inauguró una escuela en su ciudad natal; pero ya para entonces estaba decidido a abandonar el mundo, de suerte que a los veinte años de edad, ingresó en el convento de los canónigos regulares de San Agustín en Chamousey. En 1589, recibió la ordenación sacerdotal; pero, como su humildad le hiciese sentirse indigno, no celebró la misa sino hasta varios meses después. Su abad le envió a la Universidad a continuar sus estudios de teología. Cuando volvió a su monasterio, fue nombrado procurador y vicario de la parroquia de la abadía. Las condiciones en que ejerció su cargo fueron muy desalentadoras, pues la observancia en el monasterio era bastante floja y los canónigos ponían en ridículo cuantos esfuerzos hacía Pedro por mejorarla.

En 1597, se le dio a escoger entre tres parroquias atendidas por los canónigos. San Pedro eligió la de Mattaincourt, que era la más difícil. Mattaincourt ea un pueblecito de los Vosgos que en aquella época estaba contaminado por el calvinismo y la moralidad de sus habitantes estaba por los suelos. San Pedro Fourier trabajó allí durante treinta años y se ganó el apodo de «el buen padre de Mattaincourt». El primer cuidado del santo fue orar y dar buen ejemplo. Vivía con una austeridad, pobreza y sencillez, dignas de un monje. Jamás encendía fuego en su casa, como no fuese para que se calentasen los que iban a visitarle y los necesitados le encontraban siempre dispuesto a darles limosna y consejo, tanto en lo material como en lo espiritual. El P. Juan Bedel, discípulo y biógrafo del santo, dice que era particularmente compasivo con aquéllos cuya fortuna había decaído a causa de los malos negocios, los robos, o alguna otra razón independiente de su voluntad. «Para ayudar a esas personas, fundó la ‘Bolsa de San Evre’ (así llamada en honor del santo patrono de la parroquia), en la que depositaba limosnas, legados, etc. Cuando alguno de sus feligreses se hallaba en dificultades, le daba unos cientos de francos de ese fondo para que pudiese sacar adelante su negocio; la única condición que fijaba era que, si el negocio prosperaba, el beneficiario devolviese la cantidad que se le había prestado. El sistema funcionaba tan bien, que la ‘Bolsa de San Evre’ podía sostenerse con los intereses del capital». San Pedro estableció igualmente tres cofradías en su iglesia: la de San Sebastián, para los hombres; la del Rosario, para las mujeres casadas, y la de la Inmaculada Concepción, para las jóvenes. Esta última fue una de las primeras congregaciones de «Hijas de María». Uno de los principales problemas con que tuvo que enfrentarse san Pedro fue el de la educación de los niños; después de mucho orar y reflexionar, comprendió que era necesario hacerla gratuita. Primero trató de organizar escuelas para niños. Pero los tiempos no estaban todavía maduros para ello. El instrumento que Dios había escogido para esa empresa era san Juan Bautista de la Salle, que debía nacer medio siglo más tarde. San Pedro Fourier reconoció su fracaso sin rodeos. En seguida se dedicó a atender especialmente a cuatro voluntarias:Alix Le Clercq, Ganthe André y las hermanas Juana e Isabel de Louvroir. Después de probarlas bien, les mandó hacer una especie de noviciado en el convento de las canonesas de Poussey, en 1598. Con el tiempo, dichas jóvenes abrieron una escuela gratuita en Mattaincourt. San Pedro, que tenía sus propias ideas en materia de educación, daba todos los días una clase de pedagogía a las profesoras. Fue uno de los primeros en emplear lo que los pedagogos llaman actualmente el «método simultáneo». Quería que las niñas mayores aprendiesen a redactar recibos y facturas, que se ejercitasen en la composición y la redacción de cartas y que hablasen correctamente «la lengua de su provincia». Tanto por el bien de los niños como por el del Estado, deseaba que los pobres fuesen educados en el amor de Dios, con principios que los ayudasen a vivir decente y dignamente, y estaba convencido de que la escuela debía ser gratuita.

 Consciente del valor del «método dramático», escribió varios diálogos sobre las virtudes y los vicios (insistiendo sobre todo en lo que más podía convenir a sus feligreses) y hacía que los niños los recitasen ante sus padres los domingos por la tarde, en la iglesia. El santo instruyó a sus religiosas en la manera de tratar a los niños protestantes: « … con amor y bondad. No permitáis que los otros niños los molesten o se burlen de ellos. No habléis mal de su religión. Dirigíos en términos generales a todos vuestros discípulos, pero no perdáis la ocasión de hacer ver a los protestantes cuán buenos y razonables son los preceptos y prácticas de nuestra Iglesia». San Pedro Fourier empleó los mismos métodos en 1625, cuando se le envió a combatir el protestantismo en el principado de Salm. En efecto, no se contentaba con exhortar a los protestantes a convertirse, sino que incitaba con igual fervor a los católicos a cambiar de vida; por otra parte, no provocaba a los protestantes llamándoles herejes, sino que los llamaba «extranjeros». Ayudado por el P. Bedel y otro jesuita, san Pedro consiguió en seis meses más de lo que sus predecesores habían logrado en treinta años. En 1616, la nueva congregación religiosa recibió la aprobación pontificia y el nombre oficial de Canonesas Regulares de San Agustín de la Congregación de Nuestra Señora. Dicha congregación se difundió pronto en toda Francia; actualmente, tiene casas en Inglaterra y otros países. En 1628, el Papa Urbano VIII concedió a las religiosas el privilegio de hacer un cuarto voto por el que se obligaban a educar gratuitamente a los niños. Alix Le Clercq, la principal colaboradora del P. Fourier, fue beatificada como cofundadora de la congregación en 1947.

 En vista del éxito que había tenido san Pedro Fourier en la reforma de aquella parroquia rural, sus superiores le dedicaron a una tarea menos local, pero no menos difícil. En aquella época, la vida religiosa en Lorena estaba en decadencia. La Santa Sede nombró a san Pedro visitador de los canónigos regulares. En 1622, Mons. Juan de Porcelets de Maillanes, obispo de Toul, le llamó a restablecer la disciplina en los conventos de su orden y a unirlos en una congregación reformada. Dicha misión no dejó de provocar hostilidad; pero al año siguiente, el abad de Lunéville entregó su monasterio a un puñado de canónigos regulares, presididos por san Pedro Fourier. En 1629, lo principal estaba ya hecho: la observancia había sido restablecida, y los canónigos regulares de Lorena formaban la congregación del Salvador. En 1632, san Pedro fue elegido superior, muy contra su voluntad. Cuando tomó posesión de su cargo, dijo: «Como Jesucristo se entrega a los hombres en el Santísimo Sacramento, sin esperar pago alguno y pensando solamente en el bien de los que van a recibirle en la comunión, así me entrego yo a vosotros en este día, no para obtener algún honor o ventaja alguna, sino pensando solamente en la salvación de vuestras almas». San Pedro había soñado siempre en el día en que los canónigos emprendiesen la obra de la educación de los niños, en la que él había fracasado en Mattaincourt, y los súbditos del santo estaban dispuestos a ello. Así pues, cuando san Pedro envió representantes a Roma, en 1627, para conseguir la aprobación de la congregación del Salvador, les encargó que se ocupasen del asunto: «Por lo que toca a las escuelas que queremos fundar, sería bueno hacer notar que los niños que no desean aprender el latín y los otros, antes de ingresar en la escuela superior no han tenido quien se ocupe de ellos ‘ex officio’, por lo menos en esta región, de suerte que son una especie de beneficio vacante en la Iglesia de Dios. Solicitemos humildemente que se nos designe esa tarea». Los representantes de san Pedro Fourier presentaron la petición, pero no tuvieron éxito. Según parece, la Santa Sede había olvidado en el siglo XVII que el enseñar en la escuela primaria no estaba reñido con la dignidad sacerdotal. Sin embargo, la congregación del Salvador inauguró varios colegios y obras educacionales. Y cuando la Compañía de Jesús fue suprimida en el siglo XVIII, varios de sus colegios de Lorena pasaron a manos de los canónigos regulares.

 San Pedro Fourier estaba muy vinculado con la casa de Lorena y con el duque Carlos IV. Así, cuando se le exigió en 1636, que firmase el juramento de fidelidad al rey Luis XIII, el santo se negó a ello y huyó a refugiarse en Gray del Franco Condado. Pasó los cuatro últimos años de su vida en ese destierro, actuando como capellán de un convento y enseñando en una escuela gratuita cuya fundación se le debía. Dios le llamó a Sí el 9 de diciembre de 1640. Su canonización tuvo lugar en 1897. El santuario de San Pedro Fourier en Mattaincourt es un importante centro de peregrinación.

 Concédenos, Señor todopoderoso, que el ejemplo de San Pedro Fourier nos estimule a una vida más perfecta y que cuantos celebramos su fiesta sepamos también imitar sus ejemplos.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

San Pedro Fourier, ruega por nosotros.

 

SAN JUAN ALMOND, MARTIR (5 DE DICIEMBRE)

SAN JUAN ALMOND, MARTIR

SAN JUAN ALMONDJuan Almond nació en Allerton, cerca de Liverpool, y estudió en la escuela de Much Woolton. Era muy joven cuando se trasladó a Irlanda. Allí permaneció hasta que ingresó en el Colegio Inglés de Reims. Terminó en Roma sus estudios con un brillante debate público, presidido por el cardenal Baronio, quien alabó al P. Almond. Este recibió las órdenes sagradas en 1598. Cuatro años más tarde, partió a la misión de Inglaterra. Durante sus diez años de apostolado, «llevó sinceramente una vida muy santa, con gran gozo de cuantos le conocieron, y se ganó bien merecida fama por su saber y santidad. Combatía el pecado y era un modelo para todos. Era de inteligencia aguda e ingeniosa, hábil y certero en sus respuestas, modesto en los debates, muy valiente y siempre estaba dispuesto a sufrir por Cristo, que había sufrido por él».

Fue arrestado en 1612. El Dr. Juan King, obispo anglicano de Londres, se encargó de interrogarle. En ese interrogatorio el santo demostró varias veces que «era de inteligencia aguda, ingenioso, hábil y certero en sus respuestas», como lo dice el panegirista que acabamos de citar. Los perseguidores quisieron que firmase una fórmula inaceptable del juramento de fidelidad. El P. Almond se negó a ello y propuso en cambio esta otra fórmula: «Yo profeso en mi alma y en mi corazón tal lealtad al rey Jaime, a quien Dios bendiga ahora y siempre, que ningún monarca cristiano podría esperarla mayor, por la ley natural ni por la ley de Dios, ni por la ley positiva de la Iglesia verdadera, ya sea la nuestra o la vuestra». Los perseguidores no aceptaron esa fórmula y le encarcelaron en Newgate.

Nueve meses más tarde, el santo fue juzgado por el delito de alta traición de ser sacerdote ordenado y ejercer su ministerio en Inglaterra. Los jueces le condenaron a muerte. El 5 de diciembre de 1612 fue conducido a Tybum en una carreta. Después de arengar a la multitud, respondió públicamente a las objeciones de un ministro protestante. En seguida arrojó a la multitud cuanto tenía en la bolsa, es decir, tres o cuatro libras de plata, quejándose de que el carcelero de Newgate le hubiese dejado tan poco. Después dijo: «Una hora sigue a la otra, y la muerte acaba por llegar. Pero la muerte no es morir; es la puerta por la que entramos en la felicidad de la vida eterna. La vida es muerte para los que no se preparan a pasar por la muerte, pues las penas, las desgracias y los infortunios los turban constantemente. Para nosotros esta vida es el camino que conduce a la vida eterna a través de la muerte». El santo pidió que alguno de los presentes le prestara su pañuelo para cubrirse los ojos, y murió con el nombre de Jesús en los labios.

San Juan Almond, ruega por nosotros.

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