EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (24) – QUINTA DECENA – Rosa 42

Quinta Decena:  De cómo debe rezarse el Rosario.
 
42a Rosa

119 Para rezar bien no basta expresar nuestra súplica con la más hermosa de las oraciones, que es el Rosario. Es preciso también hacerlo con gran atención. Porque Dios oye más la oración del corazón que la de los labios. Orar a Dios con distracciones voluntarias sería una irreverencia capaz de hacer infructuosos nuestros rosarios y llenarnos de pecados38 . ¿Cómo pretender que Dios nos escuche, cuando no nos oímos a nosotros mismos? ¿Si, mientras suplicamos a tan Augusta Majestad, nos distraemos voluntariamente corriendo tras una mariposa? Esto equivale a alejar de ti la bendición del Señor y arriesgarte a recibir más bien la maldición lanzada por El contra quienes realizan la obra de Dios con negligencia: Maldito el que ejecuta con flojera el trabajo que Yahvé le ha encomendado (Jr 48,10).

120 Es verdad que no podrás rezar el Rosario sin padecer algunas distracciones involuntarias. Te será aun difícil recitar un Avemaría sin que la imaginación, siempre inquieta, te robe parte de la atención. Pero, sí te es posible rezar sin distracciones voluntarias. Para disminuirlas y fijar la atención, debes utilizar toda clase de medios. Para ello: colócate en presencia de Dios, pensando en que El y su Santísima Madre te están mirando, que tu ángel de la guarda está a tu derecha recogiendo tus Avemarías bien dichas, como otras tantas rosas para tejer con ellas una corona a Jesús y a María y que, por el contrario, el demonio se halla a tu izquierda y merodea a tu alrededor para devorar tus Avemarías dichas sin atención, devoción ni modestia y anotarlas en su libro de muerte. Sobre todo, no omitas ofrecer cada decena en honor de los misterios. Represéntate en la imaginación al Señor y su Santísima Madre en el misterio que contemplas.

121 Se lee en la vida del Beato Hermann, premonstratense, que, cuando rezaba el Rosario con devota atención y meditando los misterios, se le aparecía la Santísima Virgen, resplandeciente de luz, hermosura y majestad. Habiéndose enfriado más tarde su devoción, rezaba el Rosario de carrera y sin atención. Se le apareció la Virgen María con el semblante arrugado, triste y repulsivo. Hermann se sorprendió por semejante cambio. Ella le explicó entonces: «Me presento ante tus ojos, como me hallo en tu alma. Pues me tratas como a persona ruin y despreciable. ¿Qué fue de aquellos tiempos en que me saludabas con respeto y atención y meditabas mis misterios y grandezas?»

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (23) – QUINTA DECENA – Rosa 41

Quinta Decena:  De cómo debe rezarse el Rosario.
 
41a Rosa

116) No es la duración, sino el fervor de nuestras oraciones lo que agrada a Dios y le gana el corazón. Una sola avemaría bien dicha tiene más mérito que ciento cincuenta mal dichas. Casi todos los católicos rezan el Rosario, al menos una parte o algunas decenas de avemarías. ¿Por qué, pues, hay tan pocos que se enmienden de  sus pecados y adelanten en la virtud, sino porque no hacen las oraciones como es debido?

117) Veamos, pues, el modo de rezar para agradar a Dios y hacernos santos. En principo, es preciso que la persona que reza el Santo Rosario se halle en estado de gracia o al menos resuelta a salir del pecado, pues la teología nos enseña que las oraciones y buenas obras hechas en pecado mortal son obras muertas que no pueden ser agradables a Dios ni merecer la vida eterna. En este sentido está escrito: “Non est speciosa laus in ore peccatoris” (1).
Ni la alabanza, ni la salutación angélica, ni aun la oración enseñada por Jesucristo son agradables a Dios cuando salen de la boca de un pecador impenitente: “Populus hic labiis me honorat, cor autem eorum longe est a me” (2).
Esas personas que ingresan en mis cofradías, dice Jesucristo, y rezan todos los días el Rosario o una parte de él sin contrición alguna de sus pecados, me honran con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. He dicho “o al menos resuelta a salir del pecado”:

1) Porque si fuera necesario estar absolutamente en gracia de Dios para hacer oraciones que le fuesen agradables, se seguiría que los que están en pecado mortal no deberían rezar, a pesar de que tienen más necesidad de ello que los justos; y por tanto, no debería aconsejarse nunca a un pecador que rezase el Rosario, ni una parte de él, porque le sería inútil, lo cual es un error condenado por la Iglesia.

2) Porque si con voluntad de permanecer en el pecado y sin intención alguna de salir de él se inscribiese en una cofradía de la Santísima Virgen, o rezase el Rosario, o una parte de él, u otra oración, se haría del número de los falsos devotos de la Santísima Virgen y de los devotos presuntuosos e impenitentes que bajo el manto de la Santísima Virgen, con el escapulario sobre su cuerpo y el Rosario en la mano, gritan: “¡Santa y bondadosa Virgen, Dios te salve, María!” y no obstante crucifican y desgarran cruelmente a Jesucristo con sus pecados y caen para su desgracia de las más santas cofradías de la Santísima Virgen a las llamas del infierno.

118) Aconsejamos el Santo Rosario a todos: a los justos, para perseverar y crecer en gracia de Dios, y a los pecadores, para salir de sus pecados. Pero no agrada ni puede agradar a Dios que exhortemos a un pecador a hacer del manto de protección de la Santísima Virgen un manto de condenación para ocultar sus crímenes y cambiar  el Rosario, que es el remedio de todos los males, en veneno mortal y funesto. “Corruptio optimi pessima.” Es necesario ser ángel de pureza, dice el sabio Cardenal Hugo, para acercarse a la Santísima Virgen y rezar la salutación angélica. Ella hizo que un impúdico que rezaba, por regla general diariamente, el Rosario pudiera ver hermosos frutos en un vaso manchado de inmundicias; y como se sintiera él horrorizado, le dijo la Señora: “He ahí como me sirves: me presentas rosas bellísimas en un vaso sucio y corrompido. Juzga si pueden resultarme agradables.”

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (22) – CUARTA DECENA – Rosas 39 Y 40

Excelencia del Santo Rosario demostrada por las maravillas que Dios ha hecho en su favor.

39a Rosa

112) El rector de una parroquia de Dinamarca contaba frecuentemente, para mayor gloria de Dios y con gran gozo de su alma, que había obtenido en su parroquia un resultado análogo al de este Obispo en su diócesis. “Había predicado -decía- sin éxito alguno las materias más urgentes y mas provechosas. No había fruto alguno. Al fin me resolví a predicar el Santo Rosario y expliqué su excelencia y su práctica, y puedo asegurar que, desde que mi pueblo gustó esta devoción, he visto un cambio evidente en seis meses. Tan cierto es que esta divina oración tiene especial poder para mover los corazones e inspirarles horror al pecado y amor a la virtud.” La Santísima Virgen dijo un día al Beato Alano: “Así como Dios ha escogido la salutación angélica para la Encarnación de su Verbo y para la Redención de los hombres, así quienes deseen reformar las costumbres de los pueblos y regenerarlos en Jesucristo deben honrarme y dirigirme la misma salutación. Yo soy -añadió- el camino por el cual vino Dios a los hombres, y
es necesario que después de Jesucristo obtengan la gracia y las virtudes por mi mediación.”

113) Yo, que esto escribo, he aprendido por experiencia propia la fuerza de esta oración para convertir los corazones más endurecidos. He encontrado algunos en los que las más terribles verdades predicadas en una misión no habían hecho impresión alguna; y en cambio, habiendo adquirido, por consejo mío, la costumbre de rezar diariamente el Santo Rosario, se convirtieron y se dieron a Dios. He podido observar la enorme diferencia de  costumbres entre pueblos y pueblos de las parroquias donde di misiones pues mientras unos, por haber abandonado la práctica del Rosario, habían vuelto a caer en las malas costumbres, otros, por haberla conservado, conservaban también la gracia de Dios y adelantaban todos los días en la vida cristiana.

40a Rosa

114) El Beato Alano de la Roche, el Padre Juan Dumont, el Padre Thomas, las crónicas de Santo Domingo y otros autores, que fueron muchos de ellos testigos oculares, refieren un gran número de conversiones milagrosas de pecadores y pecadoras después de veinte, treinta o cuarenta años en el mayor desorden, nada había podido convertirlos, y que se convirtieron por esta maravillosa devoción. Por temor a extenderme demasiado, no las referiré. Tampoco he de referirme a las que yo mismo he visto; todas las omito por diversas razones. Caros lectores, si practicáis y predicáis esta  devoción, aprenderéis por propia experiencia, y experimentaréis felizmente, el efecto maravilloso de las promesas hechas por la Santísima Virgen a Santo Domingo, al Beato Alano de la Roche y a cuantos hagan florecer esta devoción que le es tan grata, que instruye a los pueblos en las virtudes de su Hijo y en las suyas, inicia en la oración mental y conduce a la imitación de Jesucristo, a la frecuencia de los sacramentos, a la práctica sólida de las virtudes y toda clase de buenas obras; a ganar preciosas indulgencias que los pueblos ignoran porque los predicadores de  esta devoción apenas han hablado de ellas, contentándose con hacer del Rosario un sermón a la moderna, aunque sólo cause muchas veces admiración y ninguna instrucción.

115) En fin, me contento con deciros con el  Beato Alano de la Roche que el Rosario es manantial y depósito de toda clase de bienes:
Los pecadores obtienen el perdón, Las almas sedientas se sacian, Los que están atados ven sus lazos deshechos, Los que lloran hallan alegría, Los que son tentados hallan tranquilidad, Los pobres son socorridos, Los religiosos son reformados, Los ignorantes son instruidos, Los vivos vencen la decadencia espiritual, Los muertos alcanzan la misericordia por vía de sufragios.
Dijo un día la Santísima Virgen al Beato Alano: “Quiero que los devotos de mi Rosario obtengan la gracia y bendición de mi Hijo durante su vida, en la hora de la muerte y después de ella. Quiero que se vean libres de todas las esclavitudes y sean reyes verdaderos, con la corona en la cabeza y el cetro en la mano, y alcancen la gloria eterna. Amén.”

Oh dignísima Madre de la Sabiduría, acerca de cuya salutación, de qué forma debe rezarse, ya queda instruido este pueblo, te ruego para la salud de los fieles aquí presentes que obligues a estos tus enemigos a que abiertamente confiesen aquí la verdad completa y sincera.

Extraido de “El Secreto Admirable del Santo Rosario” de San Luis Grignon de Montfort (Descargar libro completo)

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (21) – CUARTA DECENA – Rosas 37 Y 38

Excelencia del Santo Rosario demostrada por las maravillas que Dios ha hecho en su favor.

37a Rosa

110) Un señor que tenía muchos hijos, metió a  una de las hijas en un monasterio que se encontraba a la sazón completamente desarreglado, pues las religiosas sólo respiraban vanidad y frivolidad. El confesor, hombre fervoroso y devoto del Santo Rosario, deseando dirigir a esta joven religiosa a la práctica de vida más perfecta, le ordenó rezar todos los días el Rosario en honor de la Santísima Virgen, meditando la vida, pasión y gloria de Jesucristo. Le agradó a ella mucho esta devoción y poco a  poco fue aborreciendo el desarreglo de sus hermanas y empezaron a gustarle el silencio y la oración, a pesar del desprecio y burlas de las otras religiosas, que interpretaban su fervor como gazmoñería. Habiendo ido por aquellos días a visitar el monasterio un santo Abad, tuvo una extraña visión mientras oraba; le pareció ver una religiosa en oración en su celda ante una Señora de admirable hermosura, acompañada de un coro de ángeles, los cuales con flechas encendidas arrojaban a la multitud de demonios que pretendía entrar; y estos espíritus malignos huían a las celdas de las demás religiosas, en figura de sucios animales, para excitarlas al pecado, en el cual muchas de ellas consentían. Conoció el Abad por esta visión el mal espíritu de este monasterio, creyó morir de pena, llamó a la joven religiosa y la exhortó a la perseverancia. Reflexionando sobre la excelencia del Santo Rosario, resolvió reformar a estas religiosas  con tal devoción; adquirió para ello hermosos
Rosarios que regaló a todas las religiosas persuadiéndolas de que lo rezasen todos los días y prometiéndoles, si así lo hacían, no violentarlas para que se reformasen. Recibieron complacidas los Rosarios y prometieron rezarlo  con esa condición. ¡Cosa admirable!: poco a poco dejaron sus vanidades, se dieron al recogimiento y al silencio y en menos de un año pidieron ellas mismas la reforma. El Rosario  pudo en sus corazones más de lo que hubiera conseguido el Abad con sus exhortaciones y su autoridad.

38a Rosa

111) Una condesa española, instruida por Santo Domingo en la devoción del Rosario, lo rezaba diariamente con maravilloso adelanto  en la virtud. Como aspiraba a la vida de perfección, pidió cierto día a un Prelado y célebre predicador algunas prácticas de perfección. Este Prelado le dijo que antes era preciso le declarase el estado de su alma y sus ejercicios de piedad, y ella contestó que el principal era el Rosario, que rezaba todos los días, meditando los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos con gran fruto espiritual para su alma. El Obispo, entusiasmado al oír explicar las raras enseñanzas encerradas en los misterios, le dijo: “Hace veinte años que soy doctor en teología, he leido muchas y excelentes prácticas de devoción, pero no he conocido nada más fructífero ni más conforme al cristianismo. Quiero imitaros; predicaré el Rosario.” Y así lo hizo, y con tal éxito, que al poco tiempo pudo ver un gran cambio de costumbres en su diócesis: muchas conversiones, restituciones y reconciliaciones; el libertinaje, el lujo y el juego cesaron; comenzaron a florecer la paz en las familias, la devoción y la caridad. Cambio tanto más admirable cuanto que este Obispo había trabajado mucho para conseguirlo y hasta entonces ineficazmente. Para inculcar mejor la devoción al Rosario, llevaba siempre uno muy hermoso, y enseñándolo al auditorio decía: “Sabed, hermanos míos, que el Rosario de la Santísima Virgen es tan excelente que yo soy vuestro Obispo, doctor en teología y en ambos derechos, me glorio de llevarlo siempre como el más ilustre signo de mi episcopado y doctorado.”

Extraido de “El Secreto Admirable del Santo Rosario” de San Luis Grignon de Montfort (Descargar libro completo)

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (20) – CUARTA DECENA – Rosas 35 Y 36

Excelencia del Santo Rosario demostrada por las maravillas que Dios ha hecho en su favor.

35a Rosa

108) El Beato Alano refiere que un Cardenal llamado Pedro, del título de Santa María del Tíber, instruido por Santo Domingo, su íntimo amigo, en la devoción del Santo Rosario, se interesó por ella de tal modo que fue su panegirista y la inculcaba a todos cuantos podía. El Cardenal fue enviado como legado a Tierra Santa entre los cristianos cruzados que combatían a los sarracenos, e hizo tales prosélitos en el ejército cristiano -practicando todos esta devoción para
conseguir el auxilio del cielo- en un combate, con sólo tres mil triunfaron sobre cien mil. Ya hemos visto que los demonios temen infinitamente al Rosario. Dice San Bernardo que la salutación angélica les quebranta y hace estremecer a todo el infierno. El Beato Alano asegura haber conocido varias personas que se habían  entregado al diablo en cuerpo y alma y que habían renunciado al bautismo y a Jesucristo y que, después de abrazar la devoción del Santo Rosario, fueron libertadas de su tiranía.

36a Rosa

109) En el año 1578 una mujer de Amberes se entregó al demonio, firmando el acta de entrega con su sangre. Algún tiempo después se arrepintió, y como sintiera gran deseo de reparar el mal que había hecho, buscó un confesor prudente y caritativo para conocer el medio de librarse del poder del diablo. Encontró efectivamente un sabio y virtuoso sacerdote que le aconsejó buscase al Padre Enrique, director de la Cofradía del Santo Rosario del convento de Santo Domingo, para que la inscribiese en la Cofradía y la confesara; y así se lo pidió, pero en vez del Padre encontró al demonio bajo la forma de un religioso que la reprendió severamente y le dijo que ninguna gracia podía esperar de Dios, ni había modo de revocar lo que había firmado; lo cual la afligió mucho. Pero no perdió por completo la esperanza en la misericordia del Señor, volvió a buscar al Padre y encontró nuevamente al diablo, que  la rechazó como en la ocasión anterior; mas repitiendo por tercera vez el intento, permitió el Señor que encontrase al Padre Enrique, a quien buscaba, el cual la recibió con caridad, exhortándola a confiar en la bondad de Dios y hacer una buena confesión; la admitió en la Cofradía y le ordenó que con frecuencia rezase el Santo Rosario. Y un día, durante la Misa que el Padre celebraba por la mencionada mujer, la Santísima Virgen obligó al diablo a devolverle  la cédula firmada; y quedó así libertada por la autoridad de María y la devoción al Rosario.

Extraido de “El Secreto Admirable del Santo Rosario” de San Luis Grignon de Montfort (Descargar libro completo)

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (19) – CUARTA DECENA – Rosas 33 Y 34

Excelencia del Santo Rosario demostrada por las maravillas que Dios ha hecho en su favor.

33a Rosa

101) Predicando Santo Domingo el Rosario cerca de Carcasona, le llevaron un hereje albigense poseso; el Santo le exorcizó en presencia de una gran muchedumbre; se cree que le escuchaban más de doce mil hombres. Los demonios que poseían a este miserable estaban obligados a responder, a su pesar, a las preguntas del Santo, que les hizo decir:
1) Que eran quince mil los que había en el cuerpo de aquel miserable, porque había atacado los quince misterios del Rosario.
2) Que con el Rosario, que él predicaba, llevaba el terror y el espanto a todo el infierno, y que era el hombre que más odiaban en todo el mundo a causa de las almas que les quitaba con la devoción del Rosario.
3) Revelaron otra porción de particularidades.
Santo Domingo arrojó su Rosario al cuello del poseso y les preguntó a cuál de los santos del cielo temían más y cuál debía ser más amado y honrado por los hombres. A esta pregunta prorrumpieron en gritos tan espantosos que la mayor parte del auditorio cayó en tierra sobrecogida de espanto. Entonces los espíritus malignos, para no responder, lloraban y se lamentaban de un modo tan lastimero y conmovedor que muchos de los asistentes,
movidos por natural piedad, lloraban también. Los demonios decían por boca del poseso con voz lastimera: “¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte daño! Tú que tienes compasión de los pecadores y miserables, ¡ten piedad de nosotros! ¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia!”

102) El Santo, sin inmutarse por las dolientes palabras de estos desgraciados espíritus, les respondió que no cesaría de atormentarles hasta que hubieran respondido a la pregunta. Dijeron los demonios que contestarían, pero en secreto y al oído y no delante de todos. Insistió el Santo, ordenándoles que hablasen muy alto. Los diablos no quisieron decir palabra a pesar de la orden que les había dado. Entonces el Santo, puesto de rodillas, hizo a la Santísima Virgen esta oración: “O excellentissima Virgo Maria, per virtutem psalterii et rosarii tui, compelle hos humani generis hostes questioni meae satisfacere.” “Oh excelentísima Virgen María, por la virtud de tu salterio
y Rosario, ordena a estos enemigos del género humano que contesten a mi pregunta.” Hecha esta oración, una llama ardiente sale de  las orejas, la nariz y la boca del poseso y hace temblar a todos, pero a nadie hace mal. Entonces los diablos exclamaron: “Domingo, te rogamos, por la pasión de Jesucristo y por los méritos de su santa Madre y los de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir nada, porque los ángeles cuando tú quieras te lo revelarán. Nosotros somos embusteros. ¿Por qué quieres creernos? No nos atormentes más, ten piedad de nosotros.” “Desgraciados sois” dice Santo Domingo, y, arrodillándose, dirigió esta oración a la Santísima Virgen: “O Mater sapientiae dignissima et de cujus salutatione quomodo illa fieri debeat jam edoctus est populus; pro salute populi circumstantis rogo: Coge hosce tuos adversarios, ut plenam et sinceram veritatem palam hic profiteantur” (1). Apenas había terminado esta oración, cuando vio cerca de él a la Santísima Virgen, rodeada de una multitud de ángeles, que con una varilla de oro que tenía en la mano golpeaba al endemoniado, diciéndole: “Contesta a la
pregunta de mi servidor Domingo.” Hay que advertir que el pueblo no veía ni oía a la Santísima Virgen, sino solamente Santo Domingo.

104) “¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por ti, ¡oh abogada de los pecadores, a quienes sacas del infierno; oh camino seguro del cielo!, seamos obligados -a pesar nuestro- a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas! ¡Oíd, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es
omnipotente, y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras intrigas, rompe nuestras redes y reduce a la inutilidad todas nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros. Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los
santos. La tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores.
Tened también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan gracias a su intercesión. ¡Ah! Si esta Marieta -así la llamaban en su furia- no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión -obligados por la
violencia que nos hacen- que nadie que persevere en el rezo del Rosario se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos.” Entonces Santo Domingo hizo rezar el Rosario a todo el pueblo muy lenta y devotamente, y a cada avemaría que el santo y el pueblo rezaban -¡cosa sorprendente!- salían del cuerpo de este desgraciado una gran multitud de demonios  en forma de carbones encendidos. Y cuando salieron todos los demonios y el hereje se vio  completamente libre, la Santísima Virgen dio, aunque invisiblemente, su bendición a todo el pueblo, que con ello experimentó sensiblemente gran alegría. Este milagro fue causa de la conversión de gran número de herejes, que incluso se inscribieron en la Cofradía del Santo Rosario.

34a Rosa

105) ¿Quién podrá contar las victorias que Simón, conde de Montfort, ganó a los albigenses bajo la protección de Nuestra Señora del Rosario?: fueron tan notables que jamás ha visto el mundo cosa parecida. Con quinientos hombres desbarató un ejército de diez mil herejes. Otra vez con treinta venció a tres mil. Después, con mil infantes y ochocientos de caballería, hizo pedazos el ejército del rey de Aragón, compuesto de cien mil hombres, perdiendo solamente ocho soldados de infantería y uno de caballería.

 106) ¡De cuántos peligros libró la Santísima Virgen a Alano de Lanvallay, caballero bretón que combatía por la fe contra los albigenses! Un día que se hallaba rodeado por todas partes de enemigos, la Santísima Virgen lanzó contra ellos ciento cincuenta piedras y le libró de sus manos. Otro día en que había naufragado su navío y estaba ya próximo a sumergirse, esta bonísima Madre hizo emerger ciento cincuenta colinas, por encima de las cuales llegó a Bretaña; y en memoria de los milagros que había hecho en su favor la Santísima Virgen, como recompensa del Rosario que diariamente le rezaba, fundó en Dinan un convento para religiosos de Santo Domingo y, después de hacerse él mismo religioso, murió santamente en Orleans.

107) Otero, soldado bretón de Vaucouleurs, hizo huir compañías enteras de herejes y de ladrones con su Rosario y con la espada al brazo. Sus enemigos, después de vencidos, le aseguraron haber visto resplandecer su espada, y una vez en su brazo un escudo que tenía pintadas las imágenes de Jesucristo, la Santísima Virgen y los santos, que le hacían invencible y le daban fuerza para atacar. En cierta ocasión, con diez compañías venció a veinte mil herejes sin perder ninguno de sus soldados, lo que impresionó de tal modo al general del ejército enemigo, que fue a ver a Otero,
abjuró de sus herejías y declaró que le había  visto cubierto de armas de fuego durante el combate.

Extraido de “El Secreto Admirable del Santo Rosario” de San Luis Grignon de Montfort (Descargar libro completo)

EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (18) – CUARTA DECENA – Rosas 31 Y 32

 Excelencia del Santo Rosario demostrada por las maravillas que Dios ha hecho en su favor.

31ª Rosa

98) Santo Domingo, al visitar a Doña Blanca,  reina de Francia, que en los doce años que llevaba de casada no había tenido hijos, y estaba afligida sobremanera, le aconsejó que rezara el Rosario todos los días para lograr del cielo la gracia de tener descendencia. Así lo hizo la reina, y su petición fue oída el año 1213, en que nació su primogénito, que fue llamado Felipe. Pero la muerte se lo arrebató, y más que nunca acudió ella a la Santísima Virgen, y distribuyó gran cantidad de Rosarios en la Corte y en varias ciudades del reino para que Dios la colmase con una completa bendición. Y esto sucedió el año 1215, en que vino al mundo San Luis, gloria de Francia y modelo de reyes cristianos.

99) Alfonso VIII, rey de Aragón y de Castilla, fue, a causa de sus pecados, castigado por Dios de varias maneras, y se vio obligado a retirarse a una ciudad de uno de sus aliados. Encontrándose Santo Domingo en la misma el día de Navidad, predicó, según su costumbre, el Rosario y las gracias que se obtienen de Dios por esta devoción, y dijo, entre otras cosas, que los que lo rezan devotamente obtendrán la victoria sobre sus enemigos y recobrarán todo lo
perdido. El rey advirtió bien estas palabras y envió a buscar a Santo Domingo y le preguntó si era cierto cuanto había predicado. El Santo respondió  que no había que dudar, y le prometió que si quería practicar esta devoción y apuntarse en la Cofradía, vería los efectos. Resolvióse el rey a rezar todos los días el Rosario, continuó así  durante un año, y el mismo día de Navidad, después de rezarlo se le apareció la Santísima Virgen y le dijo: “Alfonso, hace un año que me sirves devotamente con el Rosario. Vengo a recompensarte. Sabe que he obtenido de mi Hijo el perdón de todos tus pecados. Aquí tienes esto Rosario. ¡Te lo regalo! Llévalo siempre contigo y jamás podrán perjudicarte tus enemigos.” Desapareció, dejando al rey muy consolado; volvió él a su casa llevando en la mano el Rosario, y viendo a la reina le contó lleno de gozo el favor que acababa de recibir de la Santísima Virgen, le tocó los ojos con el Rosario y recobró la vista, que había perdido. Algún tiempo después, habiendo el rey reunido algunas tropas, con ayuda de sus aliados atacó osadamente a sus enemigos, les obligó a devolver  las tierras y a reparar los daños, los arrojó enteramente, y fue tan afortunado en la guerra que de todas partes iban soldados para combatir bajo su mando, porque las victorias parecían seguir por todas partes sus batallas. No debe sorprendernos, porque no entraba jamás en batalla sino después de haber rezado el Rosario de rodillas; había hecho ingresar en la Cofradía a toda la corte y exhortaba a sus oficiales y criados a ser devotos del Rosario. La reina se obligó igualmente y los dos perseveraron en el servicio de la Santísima Virgen y vivieron piadosamente.

32ª Rosa

100) Santo Domingo tenía un primo, llamado Don Pero o Pedro, que llevaba una vida muy disoluta. Habiendo oído que el Santo predicaba las maravillas del Rosario y que muchos se convertían y cambiaban de vida por este medio, dijo: “Había perdido la esperanza de mi salvación, pero comienzo a tomar confianza, es preciso que yo oiga a ese hombre de Dios.” Asistió, pues, un día al sermón de Santo Domingo. El Santo, al verle, redobló su ardor en atacar los vicios y rogó a Dios, desde lo íntimo de su corazón, que abriese los ojos de su primo para que conociera el estado miserable de su alma. Don Pero se asustó desde luego, pero no se resolvió a convertirse; volvió, sin embargo, a la
predicación del santo, y éste, viendo que este  corazón endurecido no se convertiría sin algo extraordinario, gritó en alta voz: “Señor Jesús, haced ver a todo este auditorio el estado en que se encuentra el que acaba de entrar en vuestra casa.” Entonces todo el pueblo vio a Don Pero rodeado de una multitud de diablos en forma de bestias horribles que le tenían atado con cadenas de hierro; huyeron todos, unos por aquí, otros por allá, y fue para él espantoso verse objeto del horror de todos. Santo Domingo hizo que todos se detuvieran, y dijo a Don Pero: “Conoced, desgraciado, el deplorable estado en que os encontráis; arrojaos a los pies de la Santísima Virgen. Tomad este Rosario, rezadlo con devoción y arrepentimiento de vuestros pecados y resolveos a cambiar de vida.” Se puso de rodillas, rezó el Rosario y se sintió movido a confesarse, lo que hizo con una gran contrición. El Santo le ordenó que rezase todos los días el Santo Rosario, y él prometió hacerlo y se inscribió en la Cofradía; su cara, que antes  había asustado a todos, al salir de la iglesia aparecía brillante como la de un ángel. Perseveró en la devoción al Santo Rosario, llevó una vida arreglada y murió dichosamente.

Extraido de “El Secreto Admirable del Santo Rosario” de San Luis Grignon de Montfort (Descargar libro completo)

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