LA PASIÓN DE LA IGLESIA

Actualmente, la Iglesia está pasando por uno de los momentos más difíciles de su historia. Salta a la vista de cualquiera que el estado de la Iglesia actual, no es el mismo que el que era hace un tiempo.

A día de hoy, cualquier osado que proclame públicamente que ama a la Iglesia no encontrará más que desprecios y risas a su costa, y le serán enumerados todos y cada uno de los pecados de la Iglesia, del Sumo Pontífice y de los religiosos y religiosas en general. Seguramente muchos de vosotros os quedasteis mudos ante tales acusaciones, y comenzasteis a plantearos qué hay de cierto hay en todo esto, y sobre todo, porqué la Iglesia, en el último cuarto del Siglo XX comenzó a ir de capa caída sin que nadie haga nada por detenerlo.

La razón es que estamos viviendo los tiempos de la Pasión de la Iglesia, y no podemos entender lo que sucede sin remitirnos a la misma Pasión de Cristo, pues la Esposa ha de padecer al igual que su Esposo. Y remitiéndonos a la historia, podemos establecer analogías para comprender lo que sucede.

 La Iglesia naciente se ha encontrado de frente con la persecución del imperio romano y de las autoridades judías, y pese a los innumerables mártires de este periodo,  resistió firme hasta que por obra y gracia del Espíritu Santo fue proclamada la región oficial del Imperio, del mismo imperio que la perseguía pocos años atrás. Esto nos puede evocar a la persecución de Cristo a manos de Herodes nada más nacer.

Posteriormente a esto, apareció un periodo de paz más o menos estable, donde, pese a persecuciones puntuales, el evangelio fue proclamado por el mundo entero. Estas persecuciones permitieron la santificación de muchas almas, que enfrentándose con la prueba pudieron dar testimonio de su amor por el Señor hasta la misma muerte. Se podría decir que fue el tiempo del Anuncio de la Buena Noticia. Su equivalente lo tiene en Cristo mismo, que pese a ser acusado en múltiples ocasiones y encontrarse con muchos que querían su muerte, no pudieron hacer nada en su contra hasta que llegó su hora.

 En los días próximos a su Pasión, Cristo anunció que esto sucedería, para que sus discípulos no se escandalizasen cuando lo vieran caer en manos del enemigo. Igualmente la Iglesia ha advertido desde aproximadamente 1700, los peligros que corría la Iglesia.

El Papa Clemente XII, en 1738 escribe una encíclica en la que se advierte al mundo entero que un nuevo enemigo se está levantando. Se presenta bajo diferentes formas y bajo diferentes nombres pero su objetivo es el mismo: acabar con la Iglesia y con el Nombre de Dios en la tierra, para el establecimiento del reinado del Anticristo.

La bien conocida Masonería, fue destapada, junto con todas sus maquinaciones, sin embargo, pese a que los sucesivos papas desde entonces no cesaron en advertir de lo que iba a suceder, no pudieron hacer nada por detenerla y sus errores se extendieron como una plaga por el mundo entero.

Su objetivo atacando al Papado era el mismo que cuando pretendían la muerte de Cristo en su momento: “Heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas” (Mt 26, 31)

Su Santidad León XIII recibió una visión donde pudo ver los dolores por los que tenía que pasar la Iglesia. En su oración a San Miguel escribe lo siguiente:

”Los enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado y le han dado de beber ajenjo, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales para realizar todos sus impíos designios. Allí, en el lugar sagrado donde está constituida la Sede del beatísimo Pedro y Cátedra de la Verdad para iluminar a los pueblos, allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad, para que, con el designio inicuo de herir al Pastor, se dispersen las ovejas.”

Y tristemente lo están consiguiendo. Al herir al Pastor, como sucedió con Cristo cuando lo detuvieron, la inmensa mayoría de los suyos huyeron.

Recordemos que eran muchos los pecados de los que acusaron a Cristo y muchos comenzaron a dudar de Él, aun cuando habían visto sus obras. Con la Iglesia sucede lo mismo, aunque en este caso hay una salvedad.

La Santa Iglesia, a diferencia de Cristo, está formada por pecadores. Todos y cada uno de nosotros somos pecadores en mayor o menor medida, y quien diga lo contrario, como dice San Juan en sus cartas, miente.

Es nuestro deber saber que los pecados individuales de los miembros no afectan para nada a la Santidad de la Iglesia, y que todos los atropellos que oímos a diario son lo que son: ataques con el único objetivo de destruir a la Iglesia.

Es bien sabido que en estos últimos tiempos, han entrado agentes de iniquidad en la Iglesia que, haciéndose pasar por ovejas, su único objetivo es destruir desde dentro con sus atrocidades y alejar consigo al mayor número de fieles.

¿Qué ganamos nosotros alejándonos de la única Fuente de Salvación? ¿Vamos a caer en las artimañas del enemigo, que solo pretenden alejarnos y condenarnos?

Las dudas sobre la verdadera naturaleza de Cristo comenzaron a brotar por no comprender su cometido. Las acusaciones que se hacían sobre Él eran tan insoportables como sus padecimientos.

¿Acaso si fuera verdaderamente el Hijo de Dios iba a dejar que lo tratasen así?

¿Por qué permanece en silencio y no se defiende?

Pues en la historia nos encontramos también con este punto, en el último cuarto del siglo XX, cuando la mano inicua de la impiedad comienza a profanar y desgarrar a la Santa Iglesia a su antojo sin que se pueda percibir una señal de alarma su parte.

Esto desconcierta a muchos, pero ¿acaso Cristo se quejó? ¿pidió ayuda? Su momento había llegado y así debía suceder: “Permaneció en silencio, como cordero llevado al matadero” (Is 53, 7)

 Durante la Pasión de Cristo, los suyos huyeron. Igualmente, vemos ahora como las iglesias se están quedando vacías, y como muchos católicos, en lugar de tratar de frenar al enemigo con todas sus fuerzas, pierden el tiempo acusando a la Iglesia de su propia desolación. Y al igual que sucedió con Cristo, la mayoría de los que se encontraba en su camino al calvario, aquellos que días antes lo recibían como Rey, renegaban de Él, le insultaban y hacían lo posible por causarle más daño aunque ya apenas podía caminar bajo el peso de la cruz. Se peleaban por hacer leña del árbol caído.

 El silencio de Cristo era desconcertante, pero ni un segundo Él dejó de ser quien es, y lo mismo sucede con la Iglesia: por mucho que se la profane, jamás dejará de ser Santa.

 Y con la Iglesia sucederá al igual que con Cristo, cuando le llegue el momento de ser crucificada, al pie de su cruz se agolparán multitudes para seguir blasfemando en su contra, y solo unos pocos, un resto, permanecerá fiel a su lado pase lo que pase.

 Allí estaba María, su Madre, totalmente destrozada en su interior por ver a su Hijo en esas condiciones. Pese a que se le partía el alma contemplando todo el daño que le infringían a su Hijo, no retrocedió, no apartó la vista, ni siquiera para ahorrarse dolor a sí misma.

Allí estaba Juan, su discípulo amado, aquel que había seguido a Cristo desde sus comienzos, no pudo abandonarlo cuando más necesitado estaba.

Allí estaban las santas mujeres, que no amaron tanto sus vidas que temieran perderlas por seguir a Aquel que tenía palabras de Vida, aun cuando apenas quedaba parte de su Cuerpo sin ser destrozada.

 ¿De qué lado estaremos nosotros? ¿Abandonaremos a la Esposa de Cristo cuando más nos necesita o permaneceremos con ella al pie de la Cruz?

 Pensemos por un momento: ¿es que acaso se perdió la validez del mensaje de Cristo porque padeciera en manos del enemigo? Pues del mismo modo, la Santa Doctrina, que el Magisterio de la Iglesia ha custodiado durante aproximadamente 2000 años, no puede perder su validez porque el enemigo pretenda destruirla, y afirmar su nulidad sería poco menos que un acto suicida, ya que sabemos que no solo son las Escrituras, sino las Escrituras y la Tradición Apostólica las que contienen la Verdad salvífica, pues como bien dice San Pablo, no todo se ha transmitido por escrito.

Jamás perdamos la esperanza, ni en Cristo, ni en su Iglesia, pues es necesario pasar por la Cruz para llegar a la Gloria.

¡Viva Cristo Rey!

¡A Él todo el Honor y la Gloria por los siglos de los siglos!

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