EL SECRETO ADMIRABLE DEL SANTO ROSARIO (14) – TERCERA DECENA – Rosas 23 Y 24

Excelencia del Santo Rosario en la meditación de la vida y pasión de Nuestro Señor Jesucristo

23a Rosa
 
El Rosario, memorial de la vida y muerte de Jesús.

68) Jesucristo, el divino esposo de nuestras almas, nuestro dulcísimo amigo, desea que recordemos sus beneficios y los estimemos sobre todas las cosas. Tiene gloria accidental, como también la Santísima Virgen y todos los santos del cielo, cuando meditamos con afectuosa devoción los misterios sagrados del Rosario,  que son los más visibles efectos de su amor a nosotros y los más ricos presentes que pudo hacernos, pues por ellos gozan de la gloria la
Santísima Virgen y todos los santos. La Beata Ángela de Foligno pidió un día a Nuestro Señor que le indicara con qué ejercicio podía honrarle más. Y apareciéndosele en la Cruz, le dijo: “Hija mía, contempla mis llagas.” Aprendió de este amable Salvador que nada le es más agradable que la meditación de sus sufrimientos. Después le descubrió las heridas  de su cabeza y varias circunstancias de sus tormentos y le dijo: “He sufrido todo esto por tu salvación, ¿qué podrías hacer que iguale mi amor por ti?”

69) El Santo Sacrificio de la Misa honra infinitamente a la Santísima Trinidad, porque representa la pasión de Jesucristo y por medio de ella ofrecemos los méritos de su obediencia, de sus sufrimientos y de su sangre. Toda la corte celestial recibe con la Santa Misa gloria accidental, y varios doctores, con Santo Tomás, nos dicen, por la misma razón, que el cielo se alegra de la Comunión de los fieles, porque el  Santísimo Sacramento es un memorial de la pasión y muerte de Jesucristo, y por él participan los hombres de estos frutos y adelantan en el negocio de su salvación. Ahora bien, el Rosario -rezado con la meditación de los misterios sagrados- es un sacrificio de alabanzas a Dios por el beneficio de nuestra Redención y un devoto recuerdo de los sufrimientos, muerte y gloria de Jesucristo. Es, pues, cierto que el Rosario causa gloria, alegría accidental a Jesucristo, a la Santísima Virgen y a todos los bienaventurados, porque no desean más, para nuestra dicha eterna que vernos ocupados en un ejercicio tan glorioso para nuestro Salvador y tan saludable para nosotros.

70) Nos asegura el Evangelio que un pecador que se convierte y hace penitencia causa alegría a todos los ángeles. Si es suficiente para alegrar a los ángeles que un pecador deje sus pecados y haga penitencia, ¿qué alegría, qué júbilo será para toda la corte celestial, qué gloria para el mismo Jesucristo, vernos en la tierra meditar devotamente y con amor sus abatimientos, sus tormentos y su muerte cruel e ignominiosa? ¿Hay nada más eficaz para tocarnos y llevarnos a sincera penitencia? El cristiano que no medita los misterios del Rosario demuestra gran ingratitud hacia Jesucristo y la poca estima que hace de cuanto el divino Salvador ha sufrido por la salvación del mundo. Su conducta parece decir que desconoce la vida de Jesucristo, que pone poco cuidado en aprender lo que ha hecho, lo que ha sufrido para salvarnos. Este cristiano puede temer que, no habiendo conocido a Jesucristo, o habiéndole olvidado, lo rechace el día del juicio con este reproche: “En verdad te digo que no te conozco” (4). Meditemos, pues, la vida y sufrimientos del Salvador durante el Santo Rosario, aprendamos a conocerle y reconocer sus beneficios para que Él nos reconozca como hijos y amigos suyos en el día del juicio.

24a Rosa
 
La meditación de los misterios del Rosario es un gran medio de perfección.

71) Los santos hacían objeto principal de su  estudio la vida de Jesucristo, meditaban sus virtudes y sufrimientos, y por este medio llegaron a la perfección cristiana. San Bernardo empezó por este ejercicio, que continuó siempre. “Desde el principio de mi conversión -dice- hice un ramo de mirra compuesto con los dolores de mi Salvador, puse este ramo sobre mi corazón pensando en los azotes, las espinas y los clavos de la pasión y aplicaba todo mi ingenio a meditar todos los días estos misterios.” Éste es también el ejercicio de los santos mártires; nos admiran la forma como triunfaron de los más crueles tormentos, ¿de dónde pudiera  venir aquella admirable constancia de los mártires, dice San Bernardo, sino de las llagas de  Jesucristo, acerca de las cuales hacían ellos frecuente meditación? ¿Dónde estaba el alma de estos generosos atletas cuando su sangre corría y su cuerpo era triturado por los suplicios? Su alma estaba en las llagas de Jesucristo, y estas llagas los hacían invencibles.

72) La Santísima Madre del Salvador ocupó toda su vida en meditar las virtudes y sufrimientos de su Hijo. Cuando oyó a los ángeles entonar en su nacimiento cánticos de alegría, cuando vio a los pastores adorarlo en el establo, se  llenó de admiración y meditaba sobre todas estas maravillas. Comparaba las grandezas del Verbo encarnado con sus profundos abatimientos; la paja y el pesebre, con su trono y con el seno de su Padre; el poder de un Dios, con la debilidad de un niño; su sabiduría, con su sencillez. La Santísima Virgen dijo un día a Santa Brígida: “Cuando contemplaba la hermosura, la modestia, la sabiduría de mi Hijo, mi alma se sentía transportada de alegría, y cuando
consideraba que sus manos y sus pies habían de ser atravesados con clavos, vertía un torrente de lágrimas, partiéndoseme el corazón de dolor.”

73) Después de la Ascensión de Jesucristo, la Santísima Virgen dedicó el resto de su vida a visitar los lugares que este divino Salvador  había santificado con su presencia y con sus tormentos. Allí meditaba sobre el exceso de su caridad y los rigores de su pasión. Ése era también el ejercicio continuo de María Magdalena durante los treinta años que vivió en la Santa Cueva. En fin, San Jerónimo dice que ésa era la devoción de los primeros fieles. Iban, de todos los países del mundo, a Tierra Santa, para grabar más profundamente en sus corazones el amor y el recuerdo del Salvador de los hombres  con la vista de los objetos y lugares por Él consagrados con su nacimiento, sus trabajos, sus sufrimientos y su muerte.

74) Todos los cristianos tienen una sola fe, adoran a un solo Dios, esperan una misma felicidad en el cielo; sólo conocen un mediador, que  es Jesucristo; todos deben imitar este modelo divino y para ello considerar los misterios de su vida, sus virtudes y su gloria. Es un error imaginarse que la meditación de las verdades de la fe y de los misterios de la vida de Jesucristo es sólo para los sacerdotes, religiosos y aquellos que se han retirado fuera del mundo. Si los religiosos y eclesiásticos están obligados a meditar acerca de las grandes verdades de nuestra santa religión, para responder dignamente a  su vocación, los seglares están igualmente obligados, a causa de los peligros que tienen diariamente de perderse. Deben, pues, armarse con el frecuente recuerdo de la vida, de las virtudes y de los sufrimientos del Salvador, que nos representan los quince misterios del Santo Rosario.

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