LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA – CAPÍTULO III

CAPITULO III
EL RENACINIENTO, PUNTO DE INICIO DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA

En su admirable introducción a la Vida de Santa Isabel, M. de Montalembert dice del siglo XIII, que fue – al menos por lo que se refiere al pasado – el apogeo de la civilización cristiana: “Nunca quizás la Esposa de Cristo había reinado por un imperio tan absoluto sobre el pensamiento y sobre el corazón del pueblo… Entonces, más que en ningún otro momento de este rudo combate, el amor de sus hijos, su dedicación sin término, su número y valor cada día crecientes, y los santos que cada día veía nacer entre ellos, ofrecían a esta Madre inmortal, fuerzas y consolaciones, hasta el momento en que le fueron cruelmente arrebatadas. Gracias a Inocencio III, que continuó la obra de Gregorio VII, la cristiandad era una extensa unidad política, un reino sin fronteras, habitado por múltiples razas. Los señores y los reyes habían aceptado la supremacía pontifical. Fue necesario que viniera el protestantismo para destruir esta obra.”


Antes mismo del protestantismo, un primer y rudo golpe se dio a la sociedad cristiana de 1308. Lo que la sustentaba era, como dice M. de Montalembert, la autoridad reconocida y respetada del Soberano Pontífice, el jefe de la cristiandad, el árbitro de la civilización cristiana. Esta autoridad fue contradicha, insultada y golpeada por la violencia y por la astucia del rey Felipe IV, en la persecución que hizo sufrir al Papa Bonifacio VIII; esa misma autoridad fue también reducida, por la complacencia de Clemente V hacia este mismo rey, que llegó hasta trasladar temporalmente la sede del papado a Avignon en 1305. Urbano VI no debía volver a entrar a Roma hasta 1378. Durante este largo exilio, los papas perdieron una buena parte de su independencia y su prestigio se vio singularmente debilitado. Cuando volvieron a entrar en Roma, después de setenta años de ausencia, todo estaba listo para el gran cisma de Occidente que iba a durar hasta 1416 y que descabezó por un tiempo al mundo cristiano.

De esta manera, el poder comenzó a prevalecer sobre el derecho, como era antes de Jesucristo. Se ve renacer el carácter pagano de conquista y perderse el carácter de liberación. La “hija primogénita” [Francia] que había herido a su Madre en Agnani, sufre la primera de las consecuencias de su infracción: la Guerra de Cien años, Crécy, Poitiers. Azincourt. En los días de hoy, para no decir nada de lo que la precedió, la ocupación de Roma, la expansión de Prusia a costa de sus vecinos, la impasibilidad de Europa ante la masacre de los cristianos por los turcos, y la inmolación de un pueblo por las codicias del imperio británico, todo eso es fruto del espíritu pagano.

Pastor comienza en estos términos su Historia de los Papas de la edad media:

“La época en que se realiza la transformación de la antigüedad pagana por el cristianismo, no es menos memorable quizá que el período de transición que conecta la Edad Media con los tiempos modernos. A esa época, se le dio el nombre de Renacimiento.”

Bajo la influencia de una admiración excesiva, se podría decir enfermiza, para las bellezas de los escritores clásicos, se enarbola abiertamente el estandarte del paganismo; los adherentes de esta reforma pretendían modelar exactamente todo bajo el prisma de la antigüedad, las costumbres y las ideas, restablecer la preponderancia del espíritu pagano y destruir radicalmente el estado de cosas existente, cuestionados por ellos como estando en decadencia.

“La influencia desastrosa ejercida dentro de la moral por el humanismo se hizo sentir temprano y de una manera espantosa en el ámbito de la religión. Los adherentes del Renacimiento pagano consideraban la filosofía antigua y la fe de la Iglesia, como dos mundos enteramente distintos y sin ningún punto de contacto.”

Ellos querían que el hombre hiciese su felicidad sobre la tierra, que todas sus fuerzas, todas sus actividades estuviesen empleadas en obtener la felicidad temporal; decían que el deber de la sociedad es organizarse de modo que permita a cada uno satisfacer todos sus deseos y todos sus sentidos.
Nada de más opuesto a la doctrina y a la moral cristiana.

“Los antiguos humanistas, ha dicho muy bien Jean Janssen, no tenían menos entusiasmo para la herencia grandiosa legada por los pueblos de la antigüedad que tuvieron más tarde sus sucesores. Antes de éstos, ellos habían visto en el estudio de la antigüedad, uno de los más potentes medios de cultivar con éxito la inteligencia humana. Pero dentro de su pensamiento, los clásicos griegos y latinos no debían estudiarse con el fin de alcanzar en ellos y por ellos el fin de toda educación.

Se proponían ponerlos al servicio de los intereses cristianos; deseaban para el futuro, gracias a ellos, alcanzar una inteligencia más profunda del cristianismo y la perfección de la vida moral. Movidos por estos mismos motivos, los Padres de la Iglesia habían recomendado y fomentado el estudio de las lenguas antiguas. La lucha no comenzó y sólo se volvió necesaria hasta que los jóvenes humanistas rechazaron toda la antigua ciencia teológica y filosófica como bárbara, y afirmaron que todo concepto científico se encuentra únicamente contenido en las obras de los antiguos, entraron en lucha abierta con la Iglesia y el cristianismo, y muy a menudo lanzaron un desafío a la moral.”

La misma observación con respecto a los artistas.

“La Iglesia, dice el mismo historiador, había puesto el arte al servicio de Dios, pidiendo a los artistas cooperar a la propagación del reino de Dios sobre la tierra e invitándolos a “anunciar el Evangelio a los pobres”. Los artistas respondiendo exactamente a este llamado, no elevaban la belleza sobre un altar para hacer un ídolo y adorarlo para sí mismos; ellos trabajaban “para la gloria de Dios”. Por sus obras maestras ellos deseaban despertar y aumentar en las almas el deseo y el amor de los bienes celestiales.

Mientras el arte conservó los principios religiosos que le habían dado nacimiento, fue en constante progreso. Pero a medida que se desvanecía la fidelidad y la solidez de los sentimientos religiosos se vio esfumarse esa inspiración. Mientras más se admiró la divinidad extranjera, más la quiso resucitar y dar una vida artificial al paganismo, vino entonces a desaparecer su fuerza creativa, su originalidad; y, al final, cayó en una sequía y aridez completa”.

Bajo la influencia de estos intelectuales, la vida moderna tomó una dirección completamente nueva, opuesta a la verdadera civilización. Ya que, como muy bien dijo Lamartine:

“Toda civilización que no viene de la idea de Dios es falsa.
“Toda civilización que no alcanza la idea de Dios no permanece.
“Toda civilización que no se penetra de la idea de Dios es fría y vacía.
“La última expresión de una civilización perfecta es la que mejor ve a Dios, la que mejor lo adora, la que mejor es servida por los hombres.”

El cambio se operó en primer lugar en las almas. Muchos olvidaron la concepción según la cual el fin de todo está en Dios para adoptar aquella que quiere
que todo esté centrado en el hombre. “Al concepto del hombre decaído y regenerado, dice muy bien Beriot, el Renacimiento opone el concepto del hombre no caído ni regenerado, ascendiéndolo a una admirable altura por las únicas fuerzas de su razón y de su libre albedrío. El corazón ya no está para amar a Dios, ni el espíritu para conocerlo, ni el cuerpo para servirlo, y así merecer la vida eterna. La noción superior que la Iglesia había puesto tanto cuidado en fundar, y para la cual había tardado tanto tiempo, se borró en éste, en aquél, y en las multitudes; como en tiempos del paganismo, hicieron del placer, del disfrute, el objeto de la vida; buscaron los medios en la riqueza, y para adquirirlos, no se tuvo en cuenta los derechos de los otros. Para los Estados, la civilización ya no tuvo más como fin la santidad de todos, y las instituciones sociales abandonan los medios ordenados para preparar a las almas para el cielo. De nuevo volvieron a encerrar la función de la sociedad en el tiempo, sin respeto a las almas que están hechas para la eternidad.

¡Entonces, como hoy en día, llamaron a eso progreso. “Todo nos anuncia, decía con entusiasmo Campanello, la renovación del mundo. Nada detiene la libertad del hombre. ¿Cómo detener la marcha y el progreso del género humano?” Las nuevas invenciones, la imprenta, el telescopio, el descubrimiento del Nuevo Mundo, etc., sumándose al estudio de las obras de la antigüedad, causaron una embriaguez de orgullo que hizo decir: la razón humana se basta a sí misma para controlar sus asuntos en la visa social y política. No necesitamos una autoridad que apoye o rectifique la razón.

Así se invirtió el concepto sobre el cual la sociedad había vivido y por el cual ella había prosperado desde Nuestro Señor Jesucristo.

La civilización renovada de paganismo, actuó en primer lugar sobre las almas aisladamente, luego sobre el espíritu público, después sobre las costumbres y las instituciones. Sus devastaciones se manifestaron en primer lugar en el orden estético e intelectual; el arte, la literatura y la ciencia se retiraron poco a poco del servicio del alma para ponerse al servicio de la animalidad: lo que esta revolución trajo consigo en el orden moral y en el orden religioso fue la Reforma. Del orden religioso, el espíritu del Renacimiento alcanzó el orden político y social con la Revolución.

Y he aquí que atacando el orden económico con el Socialismo. Es lo que debía venir, allí encontrará su fin, o nosotros, el nuestro; su final, si el cristianismo reanuda su imperio sobre el pueblo asustado o más bien abrumado de los males que el socialismo hará pesar sobre ellos; el nuestro, si el socialismo consigue empujar hasta el final la experiencia del dogma del libre disfrute en este mundo y hacernos sufrir todas las consecuencias.

Esto sin embargo, no se realizó ni avanzó sin resistencia. Una multitud de almas permanecieron y permanecen siempre unidas al ideal cristiano, y la Iglesia está siempre allí, en la sociedad, en medio de este conflicto que lleva cinco siglos de duración, y que ha llegado hasta el estado crítico de nuestros días.

El Renacimiento es, pues, el inicio del estado actual de la sociedad. Todo esto que sufrimos proviene de allí. Si queremos conocer nuestro mal, y tomar de este conocimiento el remedio radical a la situación presente, es a ella que es necesario remontarse. ¡Y sin embargo, los Papas favorecieron lo que fue el inicio de la civilización moderna! Una palabra de explicación a esto se impone.

Los Padres de la Iglesia, recomendaron el estudio de los literatos de la antigüedad y esto por dos razones: encontraron en ellos un excelente instrumento de cultura intelectual, y sirvió como un pedestal a la Revelación; y así es como debe ser: la razón es el apoyo de la fe.

Fieles a esta dirección, la Iglesia y en particular los monjes, pusieron todos sus cuidados en salvar del naufragio de la barbarie a los autores antiguos, de copiarlos y estudiarlos, servirse de ellos para la demostración de la fe.

Era por tanto, muy natural, que cuando comenzó en Italia el renacimiento literario y artístico, los papas se hayan mostrado favorables.

A las ventajas arriba señaladas, se añadieron otras, de un carácter más inmediato y útil para esa época. A partir de la mitad del siglo XIII, se habían iniciado una serie de relaciones entre el papado y el mundo griego para obtener la vuelta de las iglesias de oriente a la Iglesia romana. Por una y otra parte se enviaban embajadas.El conocimiento del griego era necesario para discutir contra los cismáticos y ofrecerles la argumentación en su propio terreno.

La caída del imperio bizantino dio ocasión a esta clase de estudios un nuevo y decisivo impulso. Los científicos griegos, aportando en occidente los tesoros literarios de la antigüedad, excitaron un verdadero entusiasmo por las letras paganas, y este entusiasmo se manifestó más entre los religiosos que en ninguna otra parte. La imprenta sirvió para multiplicarlos y para adquirirlos a un costo muchísimo menor.

Finalmente la invención del telescopio y el descubrimiento del nuevo mundo abrían a los pensamientos horizontes más amplios. Aquí vemos el celo de los papas, en primer lugar, los de Avignon, de enviar misioneros a los países lejanos, y aportar un nuevo estímulo a la fermentación de los espíritus, buena en un principio, pero del que el orgullo humano abusó, tal como vemos en nuestros días abusar de los progresos de las ciencias naturales.

Los papas tuvieron, pues, por toda clase de circunstancias providenciales, la oportunidad de llamar y reunir junto a ellos a los representantes dignos del movimiento literario y artístico de que eran testigos. Lo tomaron como un deber y un honor. Prodigaron los pedidos, las pensiones, las dignidades a aquéllos que veían elevarse por sus talentos sobre otros. Desgraciadamente al fijar la mirada en el objetivo que querían alcanzar, no tomaron bastante guardia a la calidad de las personas que así fomentaban.

Petrarca a quien se le conoce como “el primero de los humanistas”, encontró en la corte de Avignon la más alta protección y obtuvo el cargo de secretario apostólico. Por lo tanto, se establece en la corte pontifical, la tradición de reservar las altas funciones de secretarios apostólicos a los escritores de mayor reputación, de suerte que pronto se volvió uno de los hogares más activos del Renacimiento.

Hay santos religiosos como el camáldulence Ambrosio Traversarui, pero desgraciadamente también los groseros epicuros como Pogge, Filelfe, Arétin y otros. A pesar de la piedad, y a pesar mismo de la austeridad personal de los papas que en ese tiempo edificaron la Iglesia, no supieron, en razón de la atmósfera que los envolvía, defenderse de una condescendencia demasiado grande para con los escritores, quienes, a pesar de estar a su servicio, pasaron a ser pronto, por la pendiente a la cual se abandonaron, los enemigos de la moral y de la Iglesia. Esta condescendencia se extendió a las propias obras de ellos, en resumen, ellos llegaron a ser la negación del cristianismo.

Todos los errores que vinieron a pervertir el mundo cristiano, todos los atentados perpetrados contra sus instituciones, tuvieron allí su fuente; se puede decir que todo esto que asistimos fue preparado por los humanistas. Ellos son los iniciadores de la civilización moderna. Ya Petrarca había dibujado en el comercio de la antigüedad sentimientos e ideas que habrían afligido a la corte pontifical, si hubiera medido las consecuencias. Él obviamente se inclinó siempre ante la Iglesia, su jerarquía, sus dogmas, su moral; pero no fueron así los que lo siguieron, y se puede decir que fue él quien los puso en el mal camino por donde entraron. Sus críticas contra el gobierno pontifical autorizaron a Valla a minar el poder temporal de los papas, acusarlos de enemigos de Roma y de Italia, y presentarlos como enemigos del pueblo. Llegó incluso hasta negar la autoridad espiritual de los Soberanos Pontífices en la Iglesia, negando a los papas el derecho de ser llamados “vicarios de Pedro”. Otros recurrieron al pueblo o al emperador para restablecer, o bien la República romana, o la unidad italiana, o un imperio universal; todas las cosas que vemos en nuestros días, han sido, o intentadas (1848), o realizadas (1870), o presentadas como el término de las aspiraciones de la francmasonería.

Alberti preparó otra clase de atentado, más característico de la civilización contemporánea. Jurista al mismo tiempo que literato, compuso un tratado de derecho.El proclama que “a Dios debe dejarse el cuidado de las cosas divinas, y que las cosas humanas son de competencia del juez”. Era, como observa Guiraud, declarar el divorcio entre la sociedad civil y la sociedad religiosa; era abrir las vías a los que quieren que los gobiernos sólo persigan fines temporales y sigan siendo indiferentes a los espirituales, defienden los intereses materiales y dejan a parte las leyes sobrenaturales de la moral y de la religión; decían que los poderes temporales son ineficaces o deben ser indiferentes en materia religiosa, que no tienen necesidad de conocer a Dios, que no tienen que hacer observar su ley. En una palabra, era la fórmula de la gran herejía social de los tiempos actuales, y arruinar en su base, la civilización de los siglos cristianos. El principio declarado por este secretario apostólico contenía en germen todas las teorías que reclaman nuestros modernos “partidarios de la sociedad laica”. Sólo había que dejar a este principio desarrollarse para llegar a todo esto de los cuales somos, en los días de hoy, tristes testigos.

Atacando así, por su base a la sociedad cristiana, los humanistas invertían al mismo tiempo en el corazón del hombre el concepto cristiano de su destino. “El cielo, escribía Collaccio Salutati, en su Tratado de Hércules, pertenece de derecho a los hombres enérgicos que emprenden grandes luchas o realizaron grandes trabajos sobre la tierra.” Sacaron de este principio las consecuencias. El ideal antiguo y naturalista, el ideal de Zenón, de Plutarco y de Epicuro, era multiplicar al infinito las energías de su ser desarrollando armoniosamente las fuerzas del espíritu y del cuerpo. Este pasó a ser el ideal que los fieles del Renacimiento substituyeron en sus costumbres, así como en sus escritos, a las aspiraciones sobrenaturales del cristianismo.

Es en nuestros días el ideal que Frederic Nietzsche promovió al extremo predicando la fuerza, la energía, el libre desarrollo de todas las pasiones que harán llegar al hombre a un estado superior al que se encuentra, para llegar a convertirse en el superhombre.

Para estos intelectuales, y para quienes los que los escucharon, y los que hasta nuestros días se consideran sus discípulos, el orden sobrenatural, queda completamente dejado de lado; la moral se convirtió en la búsqueda de satisfacer a todos los instintos; el gozo de la vida, bajo todas sus formas, fue el objeto de sus actos judiciales. La glorificación del placer era el tema preferido de las disertaciones de los humanistas. Laurent Valla afirmaba en su tratado De Voluptate que “el placer es el verdadero bien, y que no hay otros fuera del placer”. Esta convicción le llevó a él, y también a otros, a poetizar los peores vicios. De esta manera eran prostituidos los talentos que tendrían que ser empleados a vivificar la literatura y el arte cristianos.

Desde todos los puntos de vista, se venía venir el divorcio entre las tendencias del Renacimiento y las tradiciones del cristianismo. Mientras que la Iglesia seguía predicando la caducidad del hombre, afirmando su debilidad y la necesidad de una ayuda divina para la realización del deber, el humanismo alimentaba sus frentes en Jean Jacques Rousseau para declarar la bondad de la naturaleza: era la deificación del hombre.

Mientras que la Iglesia asignaba a la vida humana una razón y un objetivo sobrenaturales, colocando en Dios el término de nuestro destino, el humanismo, volviendo a ser pagano, limitaba a este mundo y al hombre el ideal de la vida.

Desde Italia, el movimiento alcanzó otras partes de Europa.

En Alemania, el nombre de Reuchlin fue, sin que este científico lo quisiera, el grito de guerra de todos los que trabajaron en destruir las Ordenes religiosas, la escolástica y, finalmente, la propia Iglesia. Sin el escándalo que se hizo en torno de él, Lutero y sus discípulos nunca se hubieran atrevido a soñar lo que ellos realizaron.

En los Países Bajos, Erasmo preparó, también, las vías a la Reforma por su Elogio a la locura. Lutero no hizo más que proclamarlo mucho más alto. Y realizar audazmente lo que Erasmo no había dejado de insinuar.

Francia también se había apresurado a acoger en su casa las letras humanas; no hubo punto alcanzado, al menos en el orden de las ideas, por tan nefastos efectos.

No fue así mismo para las costumbres. “Desde que las costumbres de los extranjeros comenzaron a agradarnos – es el gran canciller Vair, que vio esto que nos lo dice – los nuestros se pervirtieron y corrompieron tanto que podemos decir: Hace tiempo que ya no somos franceses.”

En ninguna parte, las elites de la sociedad tuvieron la bastante clarividencia para separa de lo que allí había de sano de lo que allí había de infinitamente peligroso en el movimiento de ideas, sentimientos, aspiraciones que recibió el nombre de Renacimiento. De modo que, por todas partes, la admiración para la antigüedad pagana pasó a transformarse en la base de las letras, del arte y de la civilización. Y la civilización comenzó a transformarse para llegar a ser lo que es hoy, y lo que esperamos ver será mañana.

Dios sin embargo, no dejó a su Iglesia sin ayuda, esto se puede afirmar con toda seguridad. Muchos santos, entre ellos San Bernardino de Siena, no dejaron de señalar y denunciar el peligro. Sin embargo no se les escuchó. Y por eso el renacimiento generó la Reforma y la Reforma la Revolución cuyo objetivo bien conocido, es destruir la civilización cristiana y substituirla en todo el universo por la llamada civilización moderna.

CAPITULO III
EL RENACINIENTO, PUNTO DE INICIO
DE LA CIVILIZACIÓN MODERNA
En su admirable introducción a la Vida de Santa Isabel, M. de Montalembert dice
del siglo XIII, que fue – al menos por lo que se refiere al pasado – el apogeo de la
civilización cristiana: “Nunca quizás la Esposa de Cristo había reinado por un imperio
tan absoluto sobre el pensamiento y sobre el corazón del pueblo… Entonces,
más que en ningún otro momento de este rudo combate, el amor de sus hijos, su
dedicación sin término, su número y valor cada día crecientes, y los santos que cada
día veía nacer entre ellos, ofrecían a esta Madre inmortal, fuerzas y consolaciones,
hasta el momento en que le fueron cruelmente arrebatadas. Gracias a Inocencio
III, que continuó la obra de Gregorio VII, la cristiandad era una extensa unidad
política, un reino sin fronteras, habitado por múltiples razas. Los señores y los reyes
habían aceptado la supremacía pontifical. Fue necesario que viniera el protestantismo
para destruir esta obra.”
Antes mismo del protestantismo, un primer y rudo golpe se dio a la sociedad
cristiana de 1308. Lo que la sustentaba era, como dice M. de Montalembert, la autoridad
reconocida y respetada del Soberano Pontífice, el jefe de la cristiandad, el
árbitro de la civilización cristiana. Esta autoridad fue contradicha, insultada y golpeada
por la violencia y por la astucia del rey Felipe IV, en la persecución que hizo
sufrir al Papa Bonifacio VIII; esa misma autoridad fue también reducida, por la
complacencia de Clemente V hacia este mismo rey, que llegó hasta trasladar temporalmente
la sede del papado a Avignon en 1305. Urbano VI no debía volver a
entrar a Roma hasta 1378. Durante este largo exilio, los papas perdieron una buena
parte de su independencia y su prestigio se vio singularmente debilitado. Cuando
volvieron a entrar en Roma, después de setenta años de ausencia, todo estaba listo
para el gran cisma de Occidente que iba a durar hasta 1416 y que descabezó por un
tiempo al mundo cristiano.
De esta manera, el poder comenzó a prevalecer sobre el derecho, como era antes
de Jesucristo. Se ve renacer el carácter pagano de conquista y perderse el carácPágina
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ter de liberación. La “hija primogénita”1 que había herido a su Madre en Agnani,
sufre la primera de las consecuencias de su infracción: la Guerra de Cien años,
Crécy, Poitiers. Azincourt. En los días de hoy2, para no decir nada de lo que la precedió,
la ocupación de Roma, la expansión de Prusia a costa de sus vecinos, la impasibilidad
de Europa ante la masacre de los cristianos por los turcos, y la inmolación
de un pueblo por las codicias del imperio británico, todo eso es fruto del espíritu
pagano.
Pastor comienza en estos términos su Historia de los Papas de la edad media:
“La época en que se realiza la transformación de la antigüedad pagana por el
cristianismo, no es menos memorable quizá que el período de transición que conecta
la Edad Media con los tiempos modernos. A esa época, se le dio el nombre de
Renacimiento.
“Bajo la influencia de una admiración excesiva, se podría decir enfermiza, para
las bellezas de los escritores clásicos, se enarbola abiertamente el estandarte del
paganismo; los adherentes de esta reforma pretendían modelar exactamente todo
bajo el prisma de la antigüedad, las costumbres y las ideas, restablecer la preponderancia
del espíritu pagano y destruir radicalmente el estado de cosas existente,
cuestionados por ellos como estando en decadencia.
“La influencia desastrosa ejercida dentro de la moral por el humanismo se
hizo sentir temprano y de una manera espantosa en el ámbito de la religión. Los
adherentes del Renacimiento pagano consideraban la filosofía antigua y la fe de la
Iglesia, como dos mundos enteramente distintos y sin ningún punto de contacto.”
Ellos querían que el hombre hiciese su felicidad sobre la tierra, que todas sus
fuerzas, todas sus actividades estuviesen empleadas en obtener la felicidad temporal;
decían que el deber de la sociedad es organizarse de modo que permita a cada
uno satisfacer todos sus deseos y todos sus sentidos.
Nada de más opuesto a la doctrina y a la moral cristiana.
“Los antiguos humanistas, ha dicho muy bien Jean Janssen3, no tenían menos
entusiasmo para la herencia grandiosa legada por los pueblos de la antigüedad que
1 Nota nuestra: Francia era llamada la hija primogénita de la Iglesia, ya que esta fue la primera nación que se
convirtió oficialmente al cristianismo bajo el reinado de Clovis, rey de los francos.
2 Nota nuestra: recordamos que esta obra fue escrita a comienzos del siglo XX.
3 L’ Allemagne à la fin du moyen âge.
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tuvieron más tarde sus sucesores. Antes de éstos, ellos habían visto en el estudio
de la antigüedad, uno de los más potentes medios de cultivar con éxito la inteligencia
humana. Pero dentro de su pensamiento, los clásicos griegos y latinos no
debían estudiarse con el fin de alcanzar en ellos y por ellos el fin de toda educación.
Se proponían ponerlos al servicio de los intereses cristianos; deseaban para el
futuro, gracias a ellos, alcanzar una inteligencia más profunda del cristianismo y la
perfección de la vida moral. Movidos por estos mismos motivos, los Padres de la
Iglesia habían recomendado y fomentado el estudio de las lenguas antiguas. La
lucha no comenzó y sólo se volvió necesaria hasta que los jóvenes humanistas rechazaron
toda la antigua ciencia teológica y filosófica como bárbara, y afirmaron
que todo concepto científico se encuentra únicamente contenido en las obras de los
antiguos, entraron en lucha abierta con la Iglesia y el cristianismo, y muy a menudo
lanzaron un desafío a la moral.”
La misma observación con respecto a los artistas. “La Iglesia, dice el mismo
historiador, había puesto el arte al servicio de Dios, pidiendo a los artistas cooperar
a la propagación del reino de Dios sobre la tierra e invitándolos a “anunciar el
Evangelio a los pobres”. Los artistas respondiendo exactamente a este llamado, no
elevaban la belleza sobre un altar para hacer un ídolo y adorarlo para sí mismos;
ellos trabajaban “para la gloria de Dios”. Por sus obras maestras ellos deseaban
despertar y aumentar en las almas el deseo y el amor de los bienes celestiales.
Mientras el arte conservó los principios religiosos que le habían dado nacimiento,
fue en constante progreso. Pero a medida que se desvanecía la fidelidad y la solidez
de los sentimientos religiosos se vio esfumarse esa inspiración. Mientras más
se admiró la divinidad extranjera, más la quiso resucitar y dar una vida artificial al
paganismo, vino entonces a desaparecer su fuerza creativa, su originalidad; y, al
final, cayó en una sequía y aridez completa1”.
1 M Emile Mâle que publicó los estudios tan sabios y tan interesantes sobre L’ ART RELIGIEUX AU XIII SIECLE
y sobre L’ART RELIGEUX A LA FIN DU MOGEN AGE, termina la segunda de estas obras con estas
palabras: Es necesario reconocer que el principio del arte de la Edad Media estaba en oposición completa con el principio
del arte del Renacimiento. La Edad Media que terminaba había impreso todos los lados humildes del alma: sufrimiento,
tristeza, resignación, aceptación de la voluntad divina. Los santos, la Virgen, el mismo Cristo, a veces débiles aparecen a
los pobres pueblos del siglo XV no tienen otra radiación que aquella que viene del alma. Este arte es de una humildad
profunda, el verdadero espíritu cristiano estaba contenido en él. El arte del renacimiento es totalmente diferente, su principio
oculto es el orgullo. Desde ahora el hombre se basta a sí mismo y aspira a ser un dios. La más alta expresión del arte
es el cuerpo humano desnudo: la idea de una caída, de una decadencia del ser humano, que alejaron por largo tiempo los
artistas del desnudo, ya no se presenta más en su espíritu. Hacer del hombre un héroe radiante de fuerza y de belleza,
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Bajo la influencia de estos intelectuales, la vida moderna tomó una dirección
completamente nueva, opuesta a la verdadera civilización. Ya que, como muy bien
dijo Lamartine:
“Toda civilización que no viene de la idea de Dios es falsa.
“Toda civilización que no alcanza la idea de Dios no permanece.
“Toda civilización que no se penetra de la idea de Dios es fría y vacía.
“La última expresión de una civilización perfecta es la que mejor ve a Dios, la
que mejor lo adora, la que mejor es servida por los hombres1.”
El cambio se operó en primer lugar en las almas. Muchos olvidaron la concepción
según la cual el fin de todo está en Dios para adoptar aquella que quiere
que todo esté centrado en el hombre. “Al concepto del hombre decaído y regenerado,
dice muy bien Beriot, el Renacimiento opone el concepto del hombre no caído
ni regenerado, ascendiéndolo a una admirable altura por las únicas fuerzas de
su razón y de su libre albedrío. El corazón ya no está para amar a Dios, ni el espíritu
para conocerlo, ni el cuerpo para servirlo, y así merecer la vida eterna. La noción
superior que la Iglesia había puesto tanto cuidado en fundar, y para la cual había
tardado tanto tiempo, se borró en éste, en aquél, y en las multitudes; como en
tiempos del paganismo, hicieron del placer, del disfrute, el objeto de la vida; buscaron
los medios en la riqueza, y para adquirirlos, no se tuvo en cuenta los derechos
de los otros. Para los Estados, la civilización ya no tuvo más como fin la santidad
de todos, y las instituciones sociales abandonan los medios ordenados para
preparar a las almas para el cielo. De nuevo volvieron a encerrar la función de la
sociedad en el tiempo, sin respeto a las almas que están hechas para la eternidad.
¡Entonces, como hoy en día, llamaron a eso progreso. “Todo nos anuncia, decía con
entusiasmo Campanello, la renovación del mundo. Nada detiene la libertad del
hombre. ¿Cómo detener la marcha y el progreso del género humano?” Las nuevas
invenciones, la imprenta, el telescopio, el descubrimiento del Nuevo Mundo, etc.,
sumándose al estudio de las obras de la antigüedad, causaron una embriaguez de
orgullo que hizo decir: la razón humana se basta a sí misma para controlar sus
escapando a las fatalidades de la raza, para elevarse hasta el tipo que ignora el dolor, la compasión, la resignación; he aquí
bien (con toda suerte de matices) el ideal de Italia del siglo XVI.
1 Citado por Mons. Perraud, obispo de Autun, en la fiesta del centenario del poeta.
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asuntos en la visa social y política. No necesitamos una autoridad que apoye o rectifique
la razón.
Así se invirtió el concepto sobre el cual la sociedad había vivido y por el cual
ella había prosperado desde Nuestro Señor Jesucristo.
La civilización renovada de paganismo, actuó en primer lugar sobre las almas
aisladamente, luego sobre el espíritu público, después sobre las costumbres y las
instituciones. Sus devastaciones se manifestaron en primer lugar en el orden estético
e intelectual; el arte, la literatura y la ciencia se retiraron poco a poco del servicio
del alma para ponerse al servicio de la animalidad: lo que esta revolución trajo
consigo en el orden moral y en el orden religioso fue la Reforma. Del orden religioso,
el espíritu del Renacimiento alcanzó el orden político y social con la Revolución.
Y he aquí que atacando el orden económico con el Socialismo. Es lo que debía
venir, allí encontrará su fin, o nosotros, el nuestro; su final, si el cristianismo reanuda
su imperio sobre el pueblo asustado o más bien abrumado de los males que
el socialismo hará pesar sobre ellos; el nuestro, si el socialismo consigue empujar
hasta el final la experiencia del dogma del libre disfrute en este mundo y hacernos
sufrir todas las consecuencias.
Esto sin embargo, no se realizó ni avanzó sin resistencia. Una multitud de almas
permanecieron y permanecen siempre unidas al ideal cristiano, y la Iglesia
está siempre allí, en la sociedad, en medio de este conflicto que lleva cinco siglos de
duración, y que ha llegado hasta el estado crítico de nuestros días.
El Renacimiento es, pues, el inicio del estado actual de la sociedad. Todo esto
que sufrimos proviene de allí. Si queremos conocer nuestro mal, y tomar de este
conocimiento el remedio radical a la situación presente, es a ella que es necesario
remontarse1.
¡Y sin embargo, los Papas favorecieron lo que fue el inicio de la civilización
moderna! Una palabra de explicación a esto se impone.
1 Jen Guiraud, profesor de la Facultad de letras de Besançon, que acaba de publicar un excelente libro bajo el
título La Iglesia y los orígenes del Renacimiento, nos servirá de quía para recordar sumariamente lo que pasó en
esta época. Este volumen hace parte de la “Biblioteca de la enseñanza de la Historia eclesiástica” publicada en
Lecoffre.
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Los Padres de la Iglesia, recomendaron el estudio de los literatos de la antigüedad
y esto por dos razones: encontraron en ellos un excelente instrumento de
cultura intelectual, y sirvió como un pedestal a la Revelación; y así es como debe
ser: la razón es el apoyo de la fe.
Fieles a esta dirección, la Iglesia y en particular los monjes, pusieron todos sus
cuidados en salvar del naufragio de la barbarie a los autores antiguos, de copiarlos
y estudiarlos, servirse de ellos para la demostración de la fe.
Era por tanto, muy natural, que cuando comenzó en Italia el renacimiento literario
y artístico, los papas se hayan mostrado favorables.
A las ventajas arriba señaladas, se añadieron otras, de un carácter más inmediato
y útil para esa época. A partir de la mitad del siglo XIII, se habían iniciado
una serie de relaciones entre el papado y el mundo griego para obtener la vuelta de
las iglesias de oriente a la Iglesia romana. Por una y otra parte se enviaban embajadas.
El conocimiento del griego era necesario para discutir contra los cismáticos y
ofrecerles la argumentación en su propio terreno.
La caída del imperio bizantino dio ocasión a esta clase de estudios un nuevo y
decisivo impulso. Los científicos griegos, aportando en occidente los tesoros literarios
de la antigüedad, excitaron un verdadero entusiasmo por las letras paganas, y
este entusiasmo se manifestó más entre los religiosos que en ninguna otra parte. La
imprenta sirvió para multiplicarlos y para adquirirlos a un costo muchísimo menor.
Finalmente la invención del telescopio y el descubrimiento del nuevo mundo
abrían a los pensamientos horizontes más amplios. Aquí vemos el celo de los papas,
en primer lugar, los de Avignon, de enviar misioneros a los países lejanos, y
aportar un nuevo estímulo a la fermentación de los espíritus, buena en un principio,
pero del que el orgullo humano abusó, tal como vemos en nuestros días abusar
de los progresos de las ciencias naturales.
Los papas tuvieron, pues, por toda clase de circunstancias providenciales, la
oportunidad de llamar y reunir junto a ellos a los representantes dignos del movimiento
literario y artístico de que eran testigos. Lo tomaron como un deber y un
honor. Prodigaron los pedidos, las pensiones, las dignidades a aquéllos que veían
elevarse por sus talentos sobre otros. Desgraciadamente al fijar la mirada en el objetivo
que querían alcanzar, no tomaron bastante guardia a la calidad de las personas
que así fomentaban.
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Petrarca a quien se le conoce como “el primero de los humanistas”, encontró
en la corte de Avignon la más alta protección y obtuvo el cargo de secretario
apostólico. Por lo tanto, se establece en la corte pontifical, la tradición de reservar
las altas funciones de secretarios apostólicos a los escritores de mayor reputación,
de suerte que pronto se volvió uno de los hogares más activos del Renacimiento.
Hay santos religiosos como el camáldulence Ambrosio Traversarui, pero desgraciadamente
también los groseros epicuros como Pogge, Filelfe, Arétin y otros. A
pesar de la piedad, y a pesar mismo de la austeridad personal de los papas que en
ese tiempo edificaron la Iglesia1, no supieron, en razón de la atmósfera que los envolvía,
defenderse de una condescendencia demasiado grande para con los escritores,
quienes, a pesar de estar a su servicio, pasaron a ser pronto, por la pendiente a
la cual se abandonaron, los enemigos de la moral y de la Iglesia. Esta condescendencia
se extendió a las propias obras de ellos, en resumen, ellos llegaron a ser la
negación del cristianismo.
Todos los errores que vinieron a pervertir el mundo cristiano, todos los atentados
perpetrados contra sus instituciones, tuvieron allí su fuente; se puede decir
que todo esto que asistimos fue preparado por los humanistas. Ellos son los iniciadores
de la civilización moderna. Ya Petrarca había dibujado en el comercio de la
antigüedad sentimientos e ideas que habrían afligido a la corte pontifical, si hubiera
medido las consecuencias. Él obviamente se inclinó siempre ante la Iglesia, su
jerarquía, sus dogmas, su moral; pero no fueron así los que lo siguieron, y se puede
decir que fue él quien los puso en el mal camino por donde entraron. Sus críticas
contra el gobierno pontifical autorizaron a Valla a minar el poder temporal de los
papas, acusarlos de enemigos de Roma y de Italia, y presentarlos como enemigos
del pueblo. Llegó incluso hasta negar la autoridad espiritual de los Soberanos
1 Martín V tuvo un gusto constante por la justicia y la caridad. Su devoción era grande; dio pruebas brillantes
en sucesivas ocasiones, sobre todo cuando trajo de Ostia las reliquias de Santa Mónica. Soportó con una resignación
profundamente cristiana los lutos que vinieron a afectarlo golpe sobre golpe en sus más costosos afectos.
En su juventud, había distribuido la mayor parte de sus bienes entre los pobres.
Eugenio IV conservó en el trono pontificio sus prácticas austeras de religioso. Su simplicidad y su frugalidad le
habían hecho llamar por su ambiente con el apodo de Abstenius. Es con razón que Vespasiano celebró la santidad
de su vida y de sus costumbres.
Nicolás V quiso tener en su intimidad el espectáculo continuo de las virtudes monásticas. Para ello, llamó ante
él a Nicolás de Cortona y a Lorenzo de Mantua, dos camaldulences con los cuales gustaba hablar de las cosas
del cielo en medio de las torturas de su última enfermedad.
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Pontífices en la Iglesia, negando a los papas el derecho de ser llamados “vicarios de
Pedro”. Otros recurrieron al pueblo o al emperador para restablecer, o bien la República
romana, o la unidad italiana, o un imperio universal; todas las cosas que
vemos en nuestros días, han sido, o intentadas (1848), o realizadas (1870), o presentadas
como el término de las aspiraciones de la francmasonería.
Alberti preparó otra clase de atentado, más característico de la civilización
contemporánea. Jurista al mismo tiempo que literato, compuso un tratado de derecho.
El proclama que “a Dios debe dejarse el cuidado de las cosas divinas, y que las cosas
humanas son de competencia del juez”. Era, como observa Guiraud, declarar el divorcio
entre la sociedad civil y la sociedad religiosa; era abrir las vías a los que quieren
que los gobiernos sólo persigan fines temporales y sigan siendo indiferentes a los
espirituales, defienden los intereses materiales y dejan a parte las leyes sobrenaturales
de la moral y de la religión; decían que los poderes temporales son ineficaces
o deben ser indiferentes en materia religiosa, que no tienen necesidad de conocer a
Dios, que no tienen que hacer observar su ley. En una palabra, era la fórmula de la
gran herejía social de los tiempos actuales, y arruinar en su base, la civilización de
los siglos cristianos. El principio declarado por este secretario apostólico contenía
en germen todas las teorías que reclaman nuestros modernos “partidarios de la
sociedad laica”. Sólo había que dejar a este principio desarrollarse para llegar a
todo esto de los cuales somos, en los días de hoy, tristes testigos.
Atacando así, por su base a la sociedad cristiana, los humanistas invertían al
mismo tiempo en el corazón del hombre el concepto cristiano de su destino. “El
cielo, escribía Collaccio Salutati, en su Tratado de Hércules, pertenece de derecho a
los hombres enérgicos que emprenden grandes luchas o realizaron grandes trabajos
sobre la tierra.” Sacaron de este principio las consecuencias. El ideal antiguo y
naturalista, el ideal de Zenón, de Plutarco y de Epicuro, era multiplicar al infinito
las energías de su ser desarrollando armoniosamente las fuerzas del espíritu y del
cuerpo. Este pasó a ser el ideal que los fieles del Renacimiento substituyeron en sus
costumbres, así como en sus escritos, a las aspiraciones sobrenaturales del cristianismo.
Es en nuestros días el ideal que Frederic Nietzsche promovió al extremo
predicando la fuerza, la energía, el libre desarrollo de todas las pasiones que harán
llegar al hombre a un estado superior al que se encuentra, para llegar a convertirse
en el superhombre.1
1 La glorificación de lo que los americanistas llaman, “las virtudes activas”, parecen venir de aquí, por medio
del protestantismo.
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Para estos intelectuales, y para quienes los que los escucharon, y los que hasta
nuestros días se consideran sus discípulos, el orden sobrenatural, queda completamente
dejado de lado; la moral se convirtió en la búsqueda de satisfacer a todos
los instintos; el gozo de la vida, bajo todas sus formas, fue el objeto de sus actos
judiciales. La glorificación del placer era el tema preferido de las disertaciones de
los humanistas. Laurent Valla afirmaba en su tratado De Voluptate que “el placer es
el verdadero bien, y que no hay otros fuera del placer”. Esta convicción le llevó a
él, y también a otros, a poetizar los peores vicios. De esta manera eran prostituidos
los talentos que tendrían que ser empleados a vivificar la literatura y el arte cristianos.
Desde todos los puntos de vista, se venía venir el divorcio entre las tendencias
del Renacimiento y las tradiciones del cristianismo. Mientras que la Iglesia seguía
predicando la caducidad del hombre, afirmando su debilidad y la necesidad de
una ayuda divina para la realización del deber, el humanismo alimentaba sus frentes
en Jean Jacques Rousseau para declarar la bondad de la naturaleza: era la deificación
del hombre.
Mientras que la Iglesia asignaba a la vida humana una razón y un objetivo
sobrenaturales, colocando en Dios el término de nuestro destino, el humanismo,
volviendo a ser pagano, limitaba a este mundo y al hombre el ideal de la vida.
Desde Italia, el movimiento alcanzó otras partes de Europa.
En Alemania, el nombre de Reuchlin fue, sin que este científico lo quisiera, el
grito de guerra de todos los que trabajaron en destruir las Ordenes religiosas, la
escolástica y, finalmente, la propia Iglesia. Sin el escándalo que se hizo en torno de
él, Lutero y sus discípulos nunca se hubieran atrevido a soñar lo que ellos realizaron.
En los Países Bajos, Erasmo preparó, también, las vías a la Reforma por su
Elogio a la locura. Lutero no hizo más que proclamarlo mucho más alto. Y realizar
audazmente lo que Erasmo no había dejado de insinuar.
Francia también se había apresurado a acoger en su casa las letras humanas;
no hubo punto alcanzado, al menos en el orden de las ideas, por tan nefastos efectos.
No fue así mismo para las costumbres. “Desde que las costumbres de los extranjeros
comenzaron a agradarnos – es el gran canciller Vair, que vio esto que nos
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