EVANGELIO VIERNES 8 DE FEBRERO 2012

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 6,14-29.
El rey Herodes oyó hablar de Jesús, porque su fama se había extendido por todas partes. Algunos decían: “Juan el Bautista ha resucitado, y por eso se manifiestan en él poderes milagrosos.” Otros afirmaban: “Es Elías”. Y otros: “Es un profeta como los antiguos”.
Pero Herodes, al oír todo esto, decía: “Este hombre es Juan, a quien yo mandé decapitar y que ha resucitado”.
Herodes, en efecto, había hecho arrestar y encarcelar a Juan a causa de Herodías, la mujer de su hermano Felipe, con la que se había casado.
Porque Juan decía a Herodes: “No te es lícito tener a la mujer de tu hermano”.
Herodías odiaba a Juan e intentaba matarlo, pero no podía, porque Herodes lo respetaba, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo protegía. Cuando lo oía quedaba perplejo, pero lo escuchaba con gusto.
Un día se presentó la ocasión favorable. Herodes festejaba su cumpleaños, ofreciendo un banquete a sus dignatarios, a sus oficiales y a los notables de Galilea. La hija de Herodías salió a bailar, y agradó tanto a Herodes y a sus convidados, que el rey dijo a la joven: “Pídeme lo que quieras y te lo daré” Y le aseguró bajo juramento: “Te daré cualquier cosa que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”.
Ella fue a preguntar a su madre: “¿Qué debo pedirle?”. “La cabeza de Juan el Bautista”, respondió esta.
La joven volvió rápidamente adonde estaba el rey y le hizo este pedido: “Quiero que me traigas ahora mismo, sobre una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista”.
El rey se entristeció mucho, pero a causa de su juramento, y por los convidados, no quiso contrariarla. En seguida mandó a un guardia que trajera la cabeza de Juan. El guardia fue a la cárcel y le cortó la cabeza. Después la trajo sobre una bandeja, la entregó a la joven y esta se la dio a su madre. Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo sepultaron.
Palabra del Señor

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La noticia de Jesucristo se extendía por toda la región, y su fama le hizo llegar hasta los oidos del Rey Herodes. Hay que recordar que el padre de este rey fue el que ordenara la matanza de inocentes en Belén para acabar con Cristo al recibir la noticia de su nacimiento.

El actual rey Herodes se sintió turbado en su corazón al escuchar sobre Jesús y sus signos. Su conciencia no estaba tranquila, ya que acababa de hacer una barbaridad tal que le era imposible resistir frente al Santo de los Santos. Acababa de matar a aquel que quien dijo el mismo Cristo que era el hombre más grande nacido de mujer. Acababa de matar a Juan, el Bautista.

Y se nos narra los acontecimientos que propiciaron su asesinato.

Herodes estaba viviendo en pecado con la mujer de su hermano, y públicamente mostraban su adulterio sin temer ni a Dios ni a los hombres. Juan el Bautista les advirtiera en más de una ocasión de la aberración que habían hecho y del mal que hacían aferrándose al pecado, y sin embargo, pese a que Herodes lo reconocía como a un Santo enviado de Dios, desoyó sus consejos y llegó a odiarlo, casi tanto como su mujer Herodías, que día y noche buscaba su muerte, pues les hacía quedar como adúlteros cara a la sociedad y no podía permitirlo, pues el reconocer que su enlace era ilegítimo, implicaba poner en juego su estátus y su poder.

Y pese a que Herodes no deseaba ningún daño a Juan, por ser quien era, influenciado por Herodías, había aceptado a recluirlo en el presidio para conseguir su silencio. Herodes no veía pecado en esto, y prefería encerrarlo a matarlo como su compañera de adulterio le exigía.

Y así, pasando los días y acumulando un pecado tras otro, llegó el día del cumpleaños de Herodes. Todos los notables se congregaron allí para celebrar una gran fiesta. En ella fue invitada la hija de Herodías a bailar para todos, y cumpliendose el dicho que de tal palo tal astilla, comienza a provocar a su padre adoptivo y a los invitados que, habiendo pecado con su propia sobrina en su interior, y rendido a sus encantos le hace un juramento solemne a vista de todos, despreciando la Ley de Dios.

Os podeis imaginar que lo que comenzó con un pecado, con otro iba a terminar.

Y por supuesto, la que heredó de su madre las cualidades de meretriz, iba a seguirla tambien con las manos manchadas de sangre al pactar junto con ella el premio a tan deshonrosa exhibición.  Piden con todo el descaro la cabeza de Juan el Bautista, y Herodes, por no “deshonrar la Ley de Dios”, evita caer en perjurio y comete un pecado mayor: asesinar al enviado de Dios.

Y para los que no crean en las cadenas y la esclavitud del pecado, debemos rebobinar en la historia hasta el punto inicial.

Herodes no temía al Señor, eso le hizo dejarse llevar por sus antojos y tomar lo que le estaba vedado: la mujer de su hermano, que por su parte solo se adoraba a sí misma. El despreciar al Señor, les llevó a caer en las redes del adulterio, y su adulterio a odiar a todo lo que sonase a santidad y pudiese destapar su delito, su conducta pecaminosa a prostituir a su hija ante una muchedumbre ansiosa por poseerla, y esa ignominia a un asesinato, y no un asesinato cualquiera, sino del mismísimo Elegido de Dios.

Y lo que empieza por un pequeño “error” como dirían algunos, termina en el más terrible de las iniquidades, y todo esto sin considerar la condenación eterna que les aguardaría al final de las vidas tras dejar patente quien era su verdadero señor y demostrarlo con creces con sus actos.

Que el Señor permita que estemos atentos y nos mantengamos fieles a su palabra, para que las redes de pecado que constantemente nos lanza Satanás, no consigan enredarnos y arrastrarnos junto con él al más terrible de los abismos.

¡Viva Cristo Rey!

¡A Él todo el Honor y la Gloria por los siglos de los siglos!

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